Entre las muchas razones que dieron nacimiento a este blog, una de ellas fue la necesidad de satisfacer mis ansias por encontrar un espejo en el cual mirarme para reconocerme, o mejor aún, para conocer quién es aquel que soy yo. Claro que al igual que frente a un espejo, uno ensaya muecas, rostros serios, expresiones que procuran vestirnos de belleza o interés, monólogos que procuran ser diálogos y otros que no se gastan en aparentar ser otra cosa más que aquello que son. Uno se detiene por momentos en el brillo lloroso de la mirada, en las imperfecciones y asimetrías, en la luminosidad que da una sonrisa, y entonces juega a reconocer qué aspectos remiten a un padre, un hermano, un tío, un abuelo, para luego, en un juego recurrente, buscar encarnizadamente aquellos elementos propios y particulares, aquellos originales y que justifican nuestra existencia como un valor distinto que no se reduce a una fusión de otros ya existentes, sino que dan fe de que nuestra presencia enriquece de alguna forma el mundo. Todo esto, creo, es una necesidad natural, muy humana.
Este espejo, que no es tampoco tal, ha sido un espacio lúdico en el cual he podido jugar a lo que entendí desde un principio como la dialéctica de mi propio ser, de mi identidad. La lógica discursiva tampoco fue original. Acusar con un solemne enunciado aquello de lo cual busco distanciarme, para con ello, manifestar de alguna forma quién soy. Esta estrategia argüida para romper con la confusión y la desorientación, efectiva en un primer momento, en el transcurrir del tiempo me evidenciaría que lo sostenido con firmeza en un principio, luego se me antojaría inocente, dogmático, patético, sagaz, pretencioso, brillante, aburrido. Y así fue. Con el tiempo he ido - no siempre inconscientemente, no siempre voluntariamente - discurriendo en movimientos positivos y negativos, en los cuales decía A, para luego decir no-A, movimiento pendular incesante que en una reconstrucción que anhela escapar a la contradicción afirmaría luego cosas como B + (A o no A) y con ello sonreiría creyéndome, otra vez, más listo que yo. ¡Qué necesaria la dialéctica de la construcción de mi identidad! ¡Qué juego divertido, por otro lado! Porque, sin dudas, hay tanto de lúdico como de egocéntrico en este mirarme al espejo. No sólo busco escaparle a las angustias éticas a las que conduce el propio desconocimiento, la recurrente cuasi amorfidad de nuestra identidad (y con ella, el impreciso conocimiento del peso de los valores que rigen nuestros actos), sino que además busco escaparle al nefasto tedio que uno siente cuando percibe que en su vida todo transcurre sin tener que enfrentarse a verdaderas decisiones, a verdaderos retos, como un pasivo espectador en un viaje a ninguna épica. Mi búsqueda, otra vez muy humana, no sólo pretende encontrar a ese yo que soy en el espejo, sino que juega, y no carente de angustia por momentos, a encontrar el Sentido que explique la necesidad de mi existir. Es el mío, narcisista, un escape hacia mí, pero que, paralelamente, busca reconciliarme con el mundo en el que vivo.
Por los testimonios que recojo a diario, mis metamorfosis, mis violentos cambios de vestimenta y de horizontes, no sólo son parte de la vida, sino que quizás sean ellos la esencia de la vida misma. Por mucho tiempo me creí impulsado irresistiblemente a un futuro promisorio, de tranquila prosperidad, sin verdaderas penas, sin verdaderas dudas. Pensé que tendría que representar siempre el papel de aquel a quién las cosas se le dan con esfuerzo y sacrificio, pero sin sentir verdadera desesperación salvo por la urgencia de satisfacer mi necesidad de amor y compañía, algo así como un actor que conoce el final de la comedia de la cual es protagonista pero que interpreta respetuosamente los gestos y ademanes serios que le corresponden por amor al arte y respeto a los espectadores. Esa fue mi niñez y se extendió hasta no hace mucho. Sinceramente, siempre seré en alguna medida un niño. No obstante, me es innegable que he mordido el fruto prohibido y se me ha develado como complejo y lastimoso no sólo el mundo, sino principalmente mi propio ser. Conozco ya y experimento recurrentemente no sólo lo que significa no tener suelo firme sobre el cual erguirse, flotando en una nada ingrávida, sino también lo que significa no reconocer las propias piernas ni el propio cuerpo para saber a través de ellos sí uno puede sujetarse de algo, nadar, flotar o alzarse sobre el suelo. Ahora sé que no unicamente el mundo puede ser difuso. Uno también puede serlo. Mi vehemencia por la filosofía nació justo en el momento en el cual se me presentaban violentamente mis limitaciones, otra vez, a la salud de Nietzsche, demasiado humanas. Amor y certera estocada, como una filosa flecha de cupido. Nada que no pocos filósofos que admiro no hubiesen aprobado con paternal y compasiva sonrisa: la filosofía como la puerta de entrada a los propios límites, a las propias dudas y cuestionamientos, y no a mayores certezas, sino a mejores preguntas. La filosofía como pedregoso camino y no como oasis o exclusivo paraíso.
Mi fanática lectura de la obra de Schopenhauer, suerte de amorosa seducción, tuvo en mí la contundencia que puede tener en una niña su menarca: se me hizo patente que las cosas ya no serían como antes. Fue algo así como el certificado que me invitaba a un nuevo estadio de mi vida. Lo que en un principio pareció ser una brillante y convincente revelación de los secretos de la vida, luego, cosa que en un primer momento me hubiese parecido imposible, fue derribada por nuevos escepticismos, por un nuevo alejarme de mí. Pues lo relevante no fue que había sangrado, sino que, de ahora en más, lo haría períodicamente. Soy consciente de una cosa: criticar el pensamiento de un genial y original crítico, de un constructor de universos explicativos, es, para quién admira su obra, casi una obligación. Sin embargo, no creo haber tomado distancia sólo por la necesidad de emularle, actitud propia del niño que admira al padre. Creo, más bien, que fue justamente por "amarle", por haberme sentido íntimamente ligado a él, por haberme transformado en el proceso de leerlo azorado, que me fue necesario alejarme de su ética del renunciamiento, del enaltecimiento de la vida contemplativa. Quizás sea necio tomar posición. Ambas razones explican simultanea y suficientemente lo sucedido. Aunque también quizás sea cobarde no tomar posición alguna. No importa, pues en definitiva, lo he hecho. Cierto es que, cada uno en su medida, Nietzsche, Simmel, Aristóteles, Arendt, Ricoeur y Taylor han ido facilitándome de nuevas revelaciones, de nuevas preguntas, de nuevos estandartes que defender.
Toda esta reflexión no es gratuita. Me encuentro en un punto en el cual siento que es justamente la filosofía la cual me aleja de la filosofía, para volver a ella, como un movimiento que me aleja del objeto a alcanzar para luego de tomar impulso asirlo con mayor ímpetu. O para ser menos equívoco, será mejor decir que estoy en un punto en cual la filosofía (todo lo que de ella he conocido y que en mí ha prendido) me aleja de la filosofía (y con ello me refiero a la vida de ostracismo, ascetismo y dedicación absoluta que pareciera implicar, es decir, la filosofía no como una simpatía sino como "forma de vida"), para volver a ella (ya no como un mero conjunto de prácticas sistemáticas que implican sesudas lecturas, sacrificios duros mas gratificantes, como una atrofia de distintos aspectos de nuestras vidas para hiperdesarrollar la vida contemplativa, sino la filosofía como una forma de pararse ante la vida y los desafíos que ella nos antepone o, mejor aún, que nosotros elegimos anteponernos). Otra vez siento la nauseabunda alegría del desconcierto. Otra vez me doy cuenta que no soy el nuevo ideal de mí que erigí esta vez para contemplar gozoso y perezosamente.
Por los testimonios que recojo a diario, mis metamorfosis, mis violentos cambios de vestimenta y de horizontes, no sólo son parte de la vida, sino que quizás sean ellos la esencia de la vida misma. Por mucho tiempo me creí impulsado irresistiblemente a un futuro promisorio, de tranquila prosperidad, sin verdaderas penas, sin verdaderas dudas. Pensé que tendría que representar siempre el papel de aquel a quién las cosas se le dan con esfuerzo y sacrificio, pero sin sentir verdadera desesperación salvo por la urgencia de satisfacer mi necesidad de amor y compañía, algo así como un actor que conoce el final de la comedia de la cual es protagonista pero que interpreta respetuosamente los gestos y ademanes serios que le corresponden por amor al arte y respeto a los espectadores. Esa fue mi niñez y se extendió hasta no hace mucho. Sinceramente, siempre seré en alguna medida un niño. No obstante, me es innegable que he mordido el fruto prohibido y se me ha develado como complejo y lastimoso no sólo el mundo, sino principalmente mi propio ser. Conozco ya y experimento recurrentemente no sólo lo que significa no tener suelo firme sobre el cual erguirse, flotando en una nada ingrávida, sino también lo que significa no reconocer las propias piernas ni el propio cuerpo para saber a través de ellos sí uno puede sujetarse de algo, nadar, flotar o alzarse sobre el suelo. Ahora sé que no unicamente el mundo puede ser difuso. Uno también puede serlo. Mi vehemencia por la filosofía nació justo en el momento en el cual se me presentaban violentamente mis limitaciones, otra vez, a la salud de Nietzsche, demasiado humanas. Amor y certera estocada, como una filosa flecha de cupido. Nada que no pocos filósofos que admiro no hubiesen aprobado con paternal y compasiva sonrisa: la filosofía como la puerta de entrada a los propios límites, a las propias dudas y cuestionamientos, y no a mayores certezas, sino a mejores preguntas. La filosofía como pedregoso camino y no como oasis o exclusivo paraíso.
Mi fanática lectura de la obra de Schopenhauer, suerte de amorosa seducción, tuvo en mí la contundencia que puede tener en una niña su menarca: se me hizo patente que las cosas ya no serían como antes. Fue algo así como el certificado que me invitaba a un nuevo estadio de mi vida. Lo que en un principio pareció ser una brillante y convincente revelación de los secretos de la vida, luego, cosa que en un primer momento me hubiese parecido imposible, fue derribada por nuevos escepticismos, por un nuevo alejarme de mí. Pues lo relevante no fue que había sangrado, sino que, de ahora en más, lo haría períodicamente. Soy consciente de una cosa: criticar el pensamiento de un genial y original crítico, de un constructor de universos explicativos, es, para quién admira su obra, casi una obligación. Sin embargo, no creo haber tomado distancia sólo por la necesidad de emularle, actitud propia del niño que admira al padre. Creo, más bien, que fue justamente por "amarle", por haberme sentido íntimamente ligado a él, por haberme transformado en el proceso de leerlo azorado, que me fue necesario alejarme de su ética del renunciamiento, del enaltecimiento de la vida contemplativa. Quizás sea necio tomar posición. Ambas razones explican simultanea y suficientemente lo sucedido. Aunque también quizás sea cobarde no tomar posición alguna. No importa, pues en definitiva, lo he hecho. Cierto es que, cada uno en su medida, Nietzsche, Simmel, Aristóteles, Arendt, Ricoeur y Taylor han ido facilitándome de nuevas revelaciones, de nuevas preguntas, de nuevos estandartes que defender.
Toda esta reflexión no es gratuita. Me encuentro en un punto en el cual siento que es justamente la filosofía la cual me aleja de la filosofía, para volver a ella, como un movimiento que me aleja del objeto a alcanzar para luego de tomar impulso asirlo con mayor ímpetu. O para ser menos equívoco, será mejor decir que estoy en un punto en cual la filosofía (todo lo que de ella he conocido y que en mí ha prendido) me aleja de la filosofía (y con ello me refiero a la vida de ostracismo, ascetismo y dedicación absoluta que pareciera implicar, es decir, la filosofía no como una simpatía sino como "forma de vida"), para volver a ella (ya no como un mero conjunto de prácticas sistemáticas que implican sesudas lecturas, sacrificios duros mas gratificantes, como una atrofia de distintos aspectos de nuestras vidas para hiperdesarrollar la vida contemplativa, sino la filosofía como una forma de pararse ante la vida y los desafíos que ella nos antepone o, mejor aún, que nosotros elegimos anteponernos). Otra vez siento la nauseabunda alegría del desconcierto. Otra vez me doy cuenta que no soy el nuevo ideal de mí que erigí esta vez para contemplar gozoso y perezosamente.
1 comentario:
Te banco.
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