María aguardaba con impaciencia en el pasillo al doctor. Por más desagradable que siempre le hubiese parecido, había estado masticando el borde externo de las uñas de sus dedos producto de la ansiedad y, por primera vez en su vida, odió no haber desarrollado nunca el hábito de fumar.
Finalmente el doctor apareció. No pudo sostenerle la vista y ella interpretó aquello como un augurio nefasto. Se estremeció y justo cuando el médico se disponía a hablarle, ella lo interrumpió.
- ¿Cómo está doctor? ¿Está muy grave? Digame por favor que se va a recuperar. Pero, ¿qué es lo que le pasa? Hable hombre, por amor de Dios.
- Tranquilicese, señora Trujillo. Su marido se encuentra estable y en poco tiempo lo tendrá con usted en su casa.María suspiró, su cuerpo temblando, y con las lágrimas rebosantes en sus ojos rió histéricamente. Su euforía no obstante sería aplacada con precisión de cirujano.
- Sin embargo, señora, debe saber qué la condición de su esposo es delicada y no hay mucho que podamos hacer. Lo derivaré inmediatamente a un psiquiatra para que lo trate y lo acompañe, pero no creo que su condición sea modificada por el uso de narcóticos. A lo sumo se lo podrá sedar.
- Pero doctor... ¿qué me dice? ¿Qué es lo que tiene mi marido?
- Me temo que su marido sufre de misantropía, señora. Ello explica la excesiva irritabilidad de la cual nos habló y también da cuenta de la razón por la cual se cometió esas lesiones a sí mismo. Verá usted. Generalmente quienes se odian a sí mismo suelen destrozar los espejos que les devuelven su propia imagen. Eso hacen por lo menos los criminales con sus víctimas, a quienes ven como tales. Por ello, además, hay quienes tienen una gran propensión a irritarse por el desprecio de los otros. Algunos colegas míos sostendrían que en un caso de autovejamiento como el de su marido el paciente infiere sobre sí mismo el odio que por distintas razones no se atreve a inferir sobre otros. Estas razones pueden ser sentimiento de culpa, miedo a ser reprendido, imposibilidad material o cualquier otra cosa que los conduzca a afirmar que dentro de un corset social al individuo no le queda otra opción más que permitir que su violencia se exprese sobre aquel pequeño espacio de libertad y soberanía del que dispone. Por el contrario, yo sostengo que su marido se ha inflinjido daño a sí mismo por el odio que tiene para con los demás, por reconocerse uno de ellos. En algún sentido - debemos reconocercelo al hombre, claro - no ha incurrido en el necio y cobarde estratagema del aspirante a misántropo que consiste en negar su propia pertenencia al grupo que aborrece. Diría yo que sería más fácil odiar a los otros y practicar el discurso beligerante del héroe herido en la tierra de los infames. Es lo que hacen el marxista, el peronista, el energumeno prepotente de la camioneta 4x4, el colectivero, la viuda de barrio norte, el rockerito, el chupasirios, el pequeño empresario, el oligarca, el sindicalista, el chorro y el empleado público. Son resentidos que se aferran a los chivos expiatorios que les eximen de culpa, porque si hay algo que todos sentimos por el sólo hecho de existir, señora, es culpa. Sólo hay un mayor resentido que aquél que no goza de los beneficios del sistema, y es aquél que los goza.María no entendía nada. ¿De qué carajo le hablaba ese hombre y de dónde salió toda esa mierda? Ella tan sólo quería saber cómo estaría su marido y sentía que el tipo se estaba perdiendo en un monólogo narcisista.
- ¿Puedo verlo? Necesito ver a mi Eustabio.
- Sí señora, puede verlo, pero no creo que pueda hablarle. En estos momentos deben haberle hecho total efecto los sedantes que le aplicamos. Pero si insiste, acompañemé. Por aquí por favor.
Finalmente el doctor apareció. No pudo sostenerle la vista y ella interpretó aquello como un augurio nefasto. Se estremeció y justo cuando el médico se disponía a hablarle, ella lo interrumpió.
- ¿Cómo está doctor? ¿Está muy grave? Digame por favor que se va a recuperar. Pero, ¿qué es lo que le pasa? Hable hombre, por amor de Dios.
- Tranquilicese, señora Trujillo. Su marido se encuentra estable y en poco tiempo lo tendrá con usted en su casa.María suspiró, su cuerpo temblando, y con las lágrimas rebosantes en sus ojos rió histéricamente. Su euforía no obstante sería aplacada con precisión de cirujano.
- Sin embargo, señora, debe saber qué la condición de su esposo es delicada y no hay mucho que podamos hacer. Lo derivaré inmediatamente a un psiquiatra para que lo trate y lo acompañe, pero no creo que su condición sea modificada por el uso de narcóticos. A lo sumo se lo podrá sedar.
- Pero doctor... ¿qué me dice? ¿Qué es lo que tiene mi marido?
- Me temo que su marido sufre de misantropía, señora. Ello explica la excesiva irritabilidad de la cual nos habló y también da cuenta de la razón por la cual se cometió esas lesiones a sí mismo. Verá usted. Generalmente quienes se odian a sí mismo suelen destrozar los espejos que les devuelven su propia imagen. Eso hacen por lo menos los criminales con sus víctimas, a quienes ven como tales. Por ello, además, hay quienes tienen una gran propensión a irritarse por el desprecio de los otros. Algunos colegas míos sostendrían que en un caso de autovejamiento como el de su marido el paciente infiere sobre sí mismo el odio que por distintas razones no se atreve a inferir sobre otros. Estas razones pueden ser sentimiento de culpa, miedo a ser reprendido, imposibilidad material o cualquier otra cosa que los conduzca a afirmar que dentro de un corset social al individuo no le queda otra opción más que permitir que su violencia se exprese sobre aquel pequeño espacio de libertad y soberanía del que dispone. Por el contrario, yo sostengo que su marido se ha inflinjido daño a sí mismo por el odio que tiene para con los demás, por reconocerse uno de ellos. En algún sentido - debemos reconocercelo al hombre, claro - no ha incurrido en el necio y cobarde estratagema del aspirante a misántropo que consiste en negar su propia pertenencia al grupo que aborrece. Diría yo que sería más fácil odiar a los otros y practicar el discurso beligerante del héroe herido en la tierra de los infames. Es lo que hacen el marxista, el peronista, el energumeno prepotente de la camioneta 4x4, el colectivero, la viuda de barrio norte, el rockerito, el chupasirios, el pequeño empresario, el oligarca, el sindicalista, el chorro y el empleado público. Son resentidos que se aferran a los chivos expiatorios que les eximen de culpa, porque si hay algo que todos sentimos por el sólo hecho de existir, señora, es culpa. Sólo hay un mayor resentido que aquél que no goza de los beneficios del sistema, y es aquél que los goza.María no entendía nada. ¿De qué carajo le hablaba ese hombre y de dónde salió toda esa mierda? Ella tan sólo quería saber cómo estaría su marido y sentía que el tipo se estaba perdiendo en un monólogo narcisista.
- ¿Puedo verlo? Necesito ver a mi Eustabio.
- Sí señora, puede verlo, pero no creo que pueda hablarle. En estos momentos deben haberle hecho total efecto los sedantes que le aplicamos. Pero si insiste, acompañemé. Por aquí por favor.
María tomó su mano con las suyas y lo miró en silencio. En el pasillo se escuchaba a dos enfermeras susurrar y reir esporádicamente. La grisasea luz invernal que se colaba a través de las polvorientas cortinas le imprimían un aspecto más frío a la habitación. Independientemente de las drogas que hubiesen utilizado y en las cantidades que las hubieren suministrado, Eustabio aún gemía, aunque no con la intensidad de hace unas horas atrás, y sus extremidades se ponían rígadas alternadamente, aunque sin la frecuencia anterior. Confundida e impotente, María lloró. Sintió nuevamente la vulnerabilidad que sólo antes de conocerle, al pelearse y cortar relación de forma definitiva con su padre por sus accesos violentos.
Al despertar al día siguiente, Eustabio se mostró primeramente confundido y con posterioridad abiertamente molesto. Insistía en que lo que le había sucedido había sido un accidente e intentó infructuosamente agilizar su alta médica. Si bien hizo caso omiso, se percató de la distancia y la frialdad extraños con los que su mujer le había tratado. Luego de una serie de discusiones y de la intervención de distintos profesionales médicos, logró el alta con el compromiso de someterse a un tratamiento y de no cortar con las drogas recetadas.
La gris monotonía preñó los días sucesivos y entre los Trujillo cada vez se hizo más extraño el intercambio de palabras. Las visitas al terapeuta fueron prontamente abandonadas pero de alguna manera Eustabio se las ingenió para conseguir muchas dosis de los sedantes que le habían recetado. Esa situación de aislamiento y ostracismo, ese retiro recetado, sumado a la si bien inevitable compañía de su mujer, ahora por lo menos silenciosa y distante, le sentaban muy cómodas. Comenzó a gozar cierta satisfacción. Descubrió que hacía mucho tiempo que no sentía la paz que ahora sí. María no había expresado malestar alguno con la situación, pero sin embargo no se la veía conforme con la misma tampoco. En algún punto era inquietante su comportamiento, pero Eustabio no quería arruinar la dicha conquistada a fuerza de drogas y silencio. La sabía frágil y prefería disfrutarla mientras durara.
Sumidos en ese claustro que anteriormente habría aspirado a ser un hogar, los ritos fueron perdiendo razón de ser y el único reloj que terminó imperando sobre la pareja fue el biológico. Eventualmente, María comenzó a pasar mucho tiempo en la cama. Con el pasar del tiempo prefirió ya no levantarse. Eustabio vió así como su alegría se veía progresivamente asaltada por una rara y molesta ansiedad.
Poco antes de que María falleciera en la aquella clínica donde meses atrás se había mordido las uñas, el mismo hombre que en aquella ocasión le diagnosticare misantropía a su marido ahora le daba su parte médico a éste.
- Ciertamente es ésta una situación trágica, señor Trujillo. Debería saber usted que cuando conocí a su mujer en aquellas horas tan angustiosas para ella causó en mí tan honda impresión que desde entonces no he podido olvidarla. Su lealtad hacía usted, ese amor úfano que le profesaba, tan evidente hasta para el más despistado y que debo reconocer me causó no poca envidia, parecían propios de una tragedia isabelina. Y es ahora el momento en el que comprendo que aquel turbulento presentimiento tenía su razón de ser, pues ella, como Romeo fue hasta su catacumba a buscar a su amor, y como Julieta, quiso morir junto al cadáver de su amado. Su estado es actualmente muy delicado y el desenlace inevitable no se hará esperar. Me temo que ahogada en la desesperación, decidió montarse sobre ese pegaso oscuro que es la depresión y que en su afán de llegar hasta donde usted se encontraba tuvo que permitir a cambio que su espíritu sea consumido por el cáncer de la apatía. Pero no se ponga mal hombre, yo en su lugar estaría orgulloso. Ya casi no se ven estrellas en el firmamento, mucho menos tan brillantes como la del sentimiento radical de amor que su mujer le profesaba. Junto con mis disculpas, acepte mi humilde y franca envidia.
Habiendo tenido por bautismo de fuego el funeral de su mujer, desde entonces Eustabio se comprometió religiosamente a la bebida, y, en más de una ocasión, en alguna de sus tristes borracheras, lloró a carcajadas su humillante secreto: la muerte de María, su martirización, además de ser lo más bello que jamás nadie pudiera haber hecho por él - y si bien significó un diestro y certero martillazo que resquebrajó la consistente certeza de su misantropía - le confirió de sentido a su vida, pero un sentido que más que haberla hecho valiosa de ser vivida, la hizo valiosa de ser sufrida.
Al despertar al día siguiente, Eustabio se mostró primeramente confundido y con posterioridad abiertamente molesto. Insistía en que lo que le había sucedido había sido un accidente e intentó infructuosamente agilizar su alta médica. Si bien hizo caso omiso, se percató de la distancia y la frialdad extraños con los que su mujer le había tratado. Luego de una serie de discusiones y de la intervención de distintos profesionales médicos, logró el alta con el compromiso de someterse a un tratamiento y de no cortar con las drogas recetadas.
La gris monotonía preñó los días sucesivos y entre los Trujillo cada vez se hizo más extraño el intercambio de palabras. Las visitas al terapeuta fueron prontamente abandonadas pero de alguna manera Eustabio se las ingenió para conseguir muchas dosis de los sedantes que le habían recetado. Esa situación de aislamiento y ostracismo, ese retiro recetado, sumado a la si bien inevitable compañía de su mujer, ahora por lo menos silenciosa y distante, le sentaban muy cómodas. Comenzó a gozar cierta satisfacción. Descubrió que hacía mucho tiempo que no sentía la paz que ahora sí. María no había expresado malestar alguno con la situación, pero sin embargo no se la veía conforme con la misma tampoco. En algún punto era inquietante su comportamiento, pero Eustabio no quería arruinar la dicha conquistada a fuerza de drogas y silencio. La sabía frágil y prefería disfrutarla mientras durara.
Sumidos en ese claustro que anteriormente habría aspirado a ser un hogar, los ritos fueron perdiendo razón de ser y el único reloj que terminó imperando sobre la pareja fue el biológico. Eventualmente, María comenzó a pasar mucho tiempo en la cama. Con el pasar del tiempo prefirió ya no levantarse. Eustabio vió así como su alegría se veía progresivamente asaltada por una rara y molesta ansiedad.
Poco antes de que María falleciera en la aquella clínica donde meses atrás se había mordido las uñas, el mismo hombre que en aquella ocasión le diagnosticare misantropía a su marido ahora le daba su parte médico a éste.
- Ciertamente es ésta una situación trágica, señor Trujillo. Debería saber usted que cuando conocí a su mujer en aquellas horas tan angustiosas para ella causó en mí tan honda impresión que desde entonces no he podido olvidarla. Su lealtad hacía usted, ese amor úfano que le profesaba, tan evidente hasta para el más despistado y que debo reconocer me causó no poca envidia, parecían propios de una tragedia isabelina. Y es ahora el momento en el que comprendo que aquel turbulento presentimiento tenía su razón de ser, pues ella, como Romeo fue hasta su catacumba a buscar a su amor, y como Julieta, quiso morir junto al cadáver de su amado. Su estado es actualmente muy delicado y el desenlace inevitable no se hará esperar. Me temo que ahogada en la desesperación, decidió montarse sobre ese pegaso oscuro que es la depresión y que en su afán de llegar hasta donde usted se encontraba tuvo que permitir a cambio que su espíritu sea consumido por el cáncer de la apatía. Pero no se ponga mal hombre, yo en su lugar estaría orgulloso. Ya casi no se ven estrellas en el firmamento, mucho menos tan brillantes como la del sentimiento radical de amor que su mujer le profesaba. Junto con mis disculpas, acepte mi humilde y franca envidia.
Habiendo tenido por bautismo de fuego el funeral de su mujer, desde entonces Eustabio se comprometió religiosamente a la bebida, y, en más de una ocasión, en alguna de sus tristes borracheras, lloró a carcajadas su humillante secreto: la muerte de María, su martirización, además de ser lo más bello que jamás nadie pudiera haber hecho por él - y si bien significó un diestro y certero martillazo que resquebrajó la consistente certeza de su misantropía - le confirió de sentido a su vida, pero un sentido que más que haberla hecho valiosa de ser vivida, la hizo valiosa de ser sufrida.
5 comentarios:
hermoso
hermoso!!!
y me tapé la cara
y me rasqué la cabeza
y sonreí en silencio
como hago siempre que algo me gusta mucho
wow, qué buen cuento leopold!
hacía mucho no te leía y este texto es de hace rato, pero me gustó haber pasado a leerte... Me enganché enseguida!
Es concreto y no le falta el toque filosófico que tienen tus textos :) jeje
Espero que estés/n bien!!
=)
Besos!
Pd: Y ahora me pregunto como andaran Aitor y Leopoldo y aquel tercero en discordia cuyo nombre no recuerdo? =)
Amado Hijo Pablito:
Saboreando un tinto nocturno, acompañado por un cigarrito armado, deleitándome con tus gnomos/fantasmas/personajes...
Hijo, que maravilla sos.
Besos a la reina de tu vida. Brindo por ustedes tres, Rocío, la nena a nacer, (mi nieta) tus hermanitos y tu madre.
Salúd y namasté.-
Papá.-
Excelente! (Diria el señor Burns).
"...María no entendía nada. ¿De qué carajo le hablaba ese hombre y de dónde salió toda esa mierda?..." jajaja esa parte me mato!! me quede riendo un rato largo... =P
A ver si le volves a dar un poco de bola a esto y escribis alguna otra cosilla!.
Un abrazo.-
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