Dame todo lo que tengas, gritó lleno de odio a la vez que el cañón del arma se presionaba contra sus sienes. ¡No me mirés con esa cara de idiota, hijo de puta, y dame todo lo que tengas te dije!, gritó una vez más, esta vez presionando con cizaña el cañón del arma, como si apagara nerviosa y violentamente un cigarrillo sobre un cenicero.
Y vaya que algo de justicia había en sus dichos y que podía afirmarse que la expresión en su rostro era la de un idiota sorprendido e irreverente, por lo menos hasta que comenzó a hablar. En ese momento, en un tono que parecía entre resignado y paternal, comenzó la que parecía una respuesta largamente rumiada, quizás hasta ensayada.
Darte todo lo que tengo significaría darte lo más valioso que tengo pero también darte mis miserias. Lejos de hacerte un favor o sacar provecho alguno de la situación, probablemente te sorprenderías víctima del estupor y con ello, lejos de sentir que tomaste ventaja de mí a través de este acto, seguramente me odiarías aún más de lo que tus ojos dicen odiarme ahora mismo. Darte todo lo que tengo significaría entregarte una colección de sueños rotos, de fracasos. Cargar sobre vos las frustraciones resultantes del desengaño, consecuencia del convencimiento de un destino próspero y digno frente a mí que con el discurrir de mis yerros y pasiones se tradujo en una inmisericordiosa y cruenta guerra, la guerra de amarme más allá de cualquier ideal de mi mismo que haya alguna vez entronado.
Darte todo lo que tengo es darte a mis amigos y dudo que quisieras eso. Son mis mayores críticos, son los primeros en reírse de mis defectos, son los primeros en enojarse de mis desaciertos y desinteligencias, pero también son mi guardia real y no te perdonarían nunca lo que estás haciendo.
Darte todo lo que tengo sería confiarte a quienes amo y lo que siento por ellos y sinceramente dudo que tu corazón soporte la violencia que eso significaría. No creas que te subestimo, que no lo hago. Pero la sinceridad es mi motor y me debo a la verdad. Nadie lo discute: confiarte a quienes amo y lo que siento por ellos es confiarte mi dicha, mi verdadera fortuna. Pero no son pocas las veces en que este corazón, que se ha ido forjando en un músculo superdesarrollado y gigantezco a través de los años gracias a ellos, aún así experimenta una vez cada tanto serios problemas para soportar el esfuerzo y en esas ocasiones se para el tiempo; entre embriagado y aplastado soporto la sobrecarga, me falta el aire, me mareo, mis ojos se humedecen y siento una pequeña escisión, una pequeña herida, una pequeña muerte que no entristece ni a la que temo, porque sólo es momentánea, una interrupción a la que da fin la misma fuerza que la causa. Insisto en el hecho de que no quiero ofenderte ni subestimarte, pero me invade la convicción de que esa violencia, tiernito como te encontraría, te haría estallar por dentro y morirías desangrado.
Darte todo lo que tengo es darte aplomo, darte angustia, darte una terca llama de esperanza, darte un cementerio de sueños, darte alegrías que no comprenderías, darte amor...y esas palabras permanecieron suspendidas en el aire, al tiempo que sus ojos se humedecían en una expresión indescifrable.
Antes de salir corriendo presa de una fría y sudorosa taquicardia, antes de tropezar, caer imbécil e incorporarse como quien huye del espanto, quien ahora parece una bestia ciega que huye por su vida, en un ademán lleno de odio, sintiéndose de alguna manera timado y agraviado, jaló resoluto el gatillo y baño de sangre y sesos el rancio y oscuro pasillo.
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