11.1.14

Wanderwall

If you are going through hell...

¿Me estás echando? ¿Me estás echando? ¿Sí? ¿No me respondés? ¿Significa eso que sí? Entonces me voy.
No soporto más este dolor.

Cruzo el umbral y lo hago llorando. Enojado por el desprecio inmerecido. Paradójicamente, lo hago alojando la certeza de mi insuficiencia cual cáncer en mi pecho. Si alguna vez viví la dicha de sentir que yo era para vos tan trascendental y axiomático como vos para mí, si alguna vez gocé de la divina fortuna de sentir que yo era para vos tan fundamental como vos para mí, la actual revelación me priva de fundamento, de dicha, de sentido. No me sentís digno de vos. Soy desecho. Me siento deshecho. Y que vos no me sientas digno de vos, que mi presencia te irrite, que mi ausencia sea la extirpación de un agente inhibidor, que sobrevengan a mi partida la liberación y el suspiro optimista, me conflictúan profundamente. Te amo tanto que es lo que me define como persona. Te quiero dichosa, feliz, desarrollándote según tus necesidades, según tus deseos. Tu desamor, sin embargo, que para mí no es otra cosa sino la voluntad homicida de quien hiere espuria y mortalmente con una desaprensiva estocada a aquél órgano donde se aloja la dignidad, me obliga a sentirme agraviado, despierta en mi pasiones horribles que me hacen sentir miserable. Ira y culpa se trenzan y serpentean dentro mío como un bestial demonio maléfico.
No soporto más este dolor.

De cara a la puerta, en el umbral de ingreso a nuestro hogar, lugar por el que dije salir decidido pero del cual me es imposible alejarme, lloro, blasfemo, me yergo como un fantasma que pide misericordia y amenaza indistintamente. Busco respuestas y sólo escucho el frío silencio primero, las también fantasmales risas, secretas y extrañas, desde dentro después. Llueve y hace frío. El sol se clava sobre mi cabeza y me asa inclemente después. El tiempo parece haberse suspendido, denso, en esta horrible sensación de abandono. El mundo parece haberse convertido en un cráter estéril, un desierto hostil. ¿Cómo puede ser que esta puerta esté sellada? ¿En qué momento esta costra de óxido la inutilizó? La puerta no es más puerta, es un muro.
No soporto más este dolor.

Decido dar la vuelta y caminar. Tengo ganas de morirme y me avergüenzo de mi mismo. Soy un discurso doliente y reivindicativo, soy el discurso del odio, y me avergüenzo de mi mismo. Estoy desesperado y no me basta conmigo mismo y me avergüenzo de mi mismo: ¡si hasta yo mismo me abandono!
No soporto más este dolor.

El primer paso es titubeante. Mis piernas parecen querer fallarme y renunciar al mandato de sostener el peso del resto de mi cuerpo. Que sirvan las emociones negativas como combustible, me digo, y avanzo decidido. Entro en crisis. Lloro como jamás lloré en mi vida. Soy un feto que yace en el sucio y frío suelo de una cocina. Que sirvan las emociones positivas como combustible, entonces. Vuelvo a entrar en crisis. Caen lágrimas ácidas y ardientes sobre el rostro duro de un cadáver de piedra. Tengo que moverme. Para nacer hay que romper un mundo. Para nacer hay que matar a la muerte. No puedo quedarme quieto. Debo caminar.
No soporto más este dolor.

Me abro. Trato de volver a confiar. Me reencuentro conmigo mismo, como hombre, como sujeto digno de amor. Hago lo que puedo. Parezco un torpe y temeroso principiante, trato de convencer a todo el mundo de lo contrario. Probablemente las acusaciones sean reales. No doy todo lo que debería. Soy mezquino. Tengo miedo, ¿está mal? ¿Sabés qué? Es verdad, no estoy listo para esto. No quiero esto. Basta.
No merezco este dolor.

Sigo caminando. Deben ser ya muchos kilómetros. Mis piernas parecen ahora vigorosas y decididas. La apatía cede. Me siento mejor, quizás por ello decido darme vuelta y observar el camino recorrido. Cierro los ojos, inspiro profundamente y junto valor. El camino por delante es especialmente empinado y peligroso. Estoy llamado a salir del cráter y al parecer no hay manera de hacerlo sino cuesta arriba. Uno, dos, tres... Doy media vuelta y me sobresalto. ¡Me encuentro parado aún en el umbral! ¿¡Patético caracol, será el final allí donde partiste!? ¡La puerta está abierta y sosteniéndola me mirás! Me mirás con ojos que reconozco. La costra dura que reviste mi piel se cae, me descascaro y transmuto en etérea pasión. La emoción me nubla la vista y a vos te asalta la angustia y el desconcierto. Sin mayor violencia y con aire ceremonial la puerta se vuelve a cerrar. Trato de digerir lo sucedido, me tomo un tiempo. Observo la puerta cerrada a un lado, observo las rocas porosas y cortantes en la escarpada e invisible senda del otro. Qué derrota lastimosa la de las causas hermosas, qué nostalgia obstinada la del amor suspendido, qué conflictiva revelación la del abrazo que quedará eternamente postergado, la de la espera incierta en el umbral. Me sigas o no, permanecer inmóvil no es una opción.
No merezco este dolor.


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