Todo lo que los poetas e historiadores nos han dicho al respecto ha sido errado. Los libros de texto reproducen en forma de mito inapelable una versión de los hechos que se desvía sensiblemente de lo que efectivamente pasó.
Nos enseñaron que la manzana de la discordia fue arrojada sobre la mesa en aquella celebración con la inscripción “para la más bella”, y que ante el tumulto y la tensión crecientes, se dispuso que habría de ser un mortal el que escogiera entre Hera, Atenea y Afrodita.
Cada una de las diosas, tratando de influir en la decisión del pastor que había sido escogido para emitir veredicto y zanjar la disputa, le ofreció a éste distintas recompensas por su preferencia.
Hera le ofreció riqueza y poder. Sería un rey entre hombres. Atenea, por su parte, le ofreció ser el más formidable de los guerreros e inconmensurable sabiduría. Por último, Afrodita le prometió en recompensa el corazón de la más bella y sensual de las mortales.
Según leímos y nos contaron, de esta elección se desencadenarían luego los sucesos que dieron lugar a la sangrienta guerra de Troya, una vez Paris hubiera de elegir la oferta de Afrodita.
Falso.
Por lo menos parcialmente.
Valga este descargo como denuncia de una infame mentira.
Lo cierto es que hasta entonces, Paris había vivido una vida relativamente recluida, distante de los conflictos de los hombres y de los dioses. Su condición de pastor le confinaba a lugares remotos en los cuales sus rebaños pastoreaban. Una vida de algunos esfuerzos, sí, pero por lo general apacible. Sus días se sucedían en el marco de ciertas obligaciones, ciertas estructuras, ciertos horarios, pero contaba con la fortuna de poder apreciar diariamente la belleza de los campos, la sensualidad de las colinas y de los ríos serpenteantes, el amistoso refugio bajo las copas de los árboles, de la refrescante y sanadora generosidad de manantiales y arroyos. Salvo la ocasional amenaza de depredadores o vándalos, su vida diurna era telúrica, y estaba plagada de placeres sencillos. El sentido de sus días era explorar o volver a visitar paisajes que atesoraba y sentía sagrados, como templos. Pocas amistades, pero francas. Relaciones generalmente cordiales con peregrinos. Vastedad y silencio.
Por las noches, era turno de soñar despierto los enigmas del espíritu y lo etéreo. Una vez escogido el punto en el cual habría de transitar la nocturnidad, resignaba horas de sueño para contemplar agradecido y emocionado el firmamento. Dadivosos los cielos, le ofrecían la frondosidad de estrellas titilantes. Hacían de sus noches una celebración de los misterios más hermosos, aquellos que Apolo parecía querer ocultar tras un recurso en apariencia benévolo, su luz enceguecedora, el velo. La luz de la racionalidad, del cálculo utilitario, del pragmatismo.
Fue en el marco de estas noches de contemplación, reflexión, sensibilidad y misticismo, que desarrolló una profunda admiración por la luna y su plateada luminiscencia, la que desafiaba al oscuro vacío y dibujaba graciosas sombras por doquier. Se volvió estudioso de sus ciclos, de ese parcimonioso danzar que no le impedía hacerse visible incluso cuando el sol se izaba para acallar al resto de los astros en el cielo. No se doblega ante nadie, reflexionaba. Su generosidad es tal que se hace presente para velar por el sueño de todos nosotros. Atestigua desde su trono el paso del tiempo y permanece fiel a sí misma. Su arcana esencia parece secretamente regir los ciclos de la naturaleza. Su magnetismo es evidente y condiciona sutilmente nuestros humores.
Cuando a Paris le fue informado que debería elegir quién era la más bella, su inicial incredulidad fue sucedida por confusión. ¿Por qué debía recaer sobre él una evaluación de esas características, si seguramente era menos versado que muchos otros para emitir sentencia en el asunto?
Dicha confusión fue luego mutando en una vanidad incómoda. Toda forma de reconocimiento, por más fortuita que fuere, podía ser en principio percibida como un elogio, pero caído el embriagador acto reflejo narcisista, sintió el peso de una distinción que no había solicitado, para la que no se sentía calificado y que en paralelo le parecía un esfuerzo fatuo, inconducente. Si algo había aprendido al caminar senderos y platicar con extraños era que todos y cada uno disponían de inclinaciones distintas respecto de lo bello, lo deseable y lo justo.
¿Cómo habría él, tan distinto a los demás, de dictaminar de forma justa, categórica e inobjetable quién era merecedora del título a la más bella, mucho más aún si dicha elección estaba enmarcada en un condescendiente juego de extorsiones? Porque lo intuía. La elección no sería gratuita. La terna que se le presentaba ofreciéndole recompensas daría lugar al favor de una diosa pero también al rencor de dos.
Paris buscó excusarse, pero operó la coerción irresistible de los dioses. Debería emitir sentencia. Tendría hasta la aurora del día siguiente para emitir su juicio.
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Generalmente concebida como la Diosa de la Luna y hermana más o menos antagónica de Apolo, Artemisa reunía una serie de condiciones que la hacían distinta. Si había una característica que la hacía digna de admiración pero también de silenciosa censura por parte de los espacios de poder en el Olimpo, era su condición de soberana absoluta de sí misma. Era celebrada como diosa de la caza y la naturaleza, y también recibía reverencia por ser generosa benefactora de las mujeres jóvenes en edad reproductiva.
Su título de diosa virgen nos ha llegado tergiversado, ya sea por una mala interpretación de las palabras antiguas o por una asociación forzada con figuras de otros cultos. Para el mundo antiguo, la virginidad de una mujer, y en particular de Artemisa, no estaba dada por no haber transitado nunca el encuentro amoroso con un amante. Su virginidad no era una título o distinción que diera fe de su condición de inmaculada, de pureza.
Seguramente risible a los ojos de Artemisa misma: ¿cómo habría de manchar el honor o la valía de una mujer su capacidad de amar y conectar con un amante? No, su condición de virgen estaba dada por algo que era observado con admiración y terror prácticamente iguales.
Artemisa era virgen porque no pertenecía a nadie.
Porque no se había entregado en matrimonio a hombre o dios alguno.
Porque no era exclusiva a nadie, no era propiedad de nadie.
Era de ella.
Por ello correteaba sin culpa por los bosques de noche.
Por ello respondía a sus propios designios.
Por ello nadie la había propuesto para la terna junto a Hera, Atenea y Afrodita.
Porque para los dioses, que la más bella de todas fuera una mujer que no podía ser conquistada, poseída o reclamada, era un problema.
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Luego del ultimátum, llegó la noche y Paris sintió un peso indecible sobre sus hombros. No es que no fuera sensible a la oferta de las diosas. Podía ver el valor en la vida de comodidad y poder que ofrecía Hera, en la vida de aventuras y profundo conocimiento que ofrecía Atenea, y en la vida de placeres amorosos que ofrecía Afrodita. En definitiva, cada una a su manera, le ofrecían alguna distinción que de alguna u otra manera se traducían esencialmente en lo mismo: enarbolarlo como uno de los mortales más poderosos por la posesión de algo que otros deseaban para sí, ampliando su incidencia e importancia en los asuntos humanos, sacándolo del anonimato de sus praderas, colocándolo en un lugar de envidia y admiración por parte de otros.
Ahora, ¿era esto lo que él realmente quería?
Mirando al cielo para mirar dentro de sí, se debatía intensamente. La luna brillaba esplendorosa en el cielo nocturno. Tan bella como siempre. Aquella noche, Paris no había prendido fuego, y el vaivén de las siluetas de los árboles del bosque a la vera del cual se guarecía dejaban entrever claros en los cuales la luz argenta vestía todo de una luminosidad cautivante. Pasivamente absorto en el goce de los juegos de luces y sombras, no tan distante, fue que la vió. Se movía a brincos, como bailando, lúdica. Reía para sí misma, con la seriedad con la que lo hace una infante cuando se toma en serio sus propios juegos. Sus brazos y piernas le parecieron encantadores y agraciados. Vestía un ligero lienzo satinado, que con elegancia confería de mayor solemnidad y belleza a cada uno de sus movimientos.
Sin dudarlo, Paris se incorporó y la siguió. Lo hizo con prisa pero intentando acercarse sin hacer ruido alguno. Su condición de pastor no le excluía de ser excelente cazador y cada tanto se daba al gusto de propiciarse alimento a través de la caza.
Artemisa parecía inadvertida de su presencia, pero lo cierto es que nada se le escapaba a la diosa. Lo había visto ya muchas veces, y si bien no representaba para ella nada especial, lo valoraba por su mirada profunda y su condición apacible. No percibía en él amenaza alguna, como en casi nadie, y le pareció divertido ver la transformación en su semblante, minutos antes contrariada y con pesares, ahora curiosa y vistosamente cautivada.
Paris se acercaba sin emitir ruido alguno, dando pequeños y sutiles pasos, procurando no llevarse por delante el follage ni las ramas, pero cuando Artemisa se detuvo ante un pequeño arroyo, tropezó y cayó prácticamente frente a ella. Sintió que su corazón se detenía. Pasó de cazador a presa en un segundo. Sintió un agudo dolor en el pecho al pensar que ella se daría a la fuga, o se sentiría ofendida.
Primero se puso pálido. Casi inmediatamente se sonrojó y ella, divertida, le sonrió. Sus ojos titilantes y llenos de vida, su figura pequeña y esbelta, todo la hacía irresistible. Artemisa le ofreció un brazo y le ayudó a incorporarse.
¿Quién eres?, preguntó él.
Tú sabes quién soy, le contestó ella divertida.
No quise ser inoportuno ni invadir tu privacidad.
Y sin embargo es algo que haces, dijo ella. Puedes acompañarme, pero sólo mientras lo considere oportuno.
El aceptó la denuncia, la invitación y las condiciones. Lo hizo con solemnidad y agradecimiento.
Caminaron por horas, conversando de todo tipo de cuestiones. Lo hicieron respecto de las cosas que ambos gustaban hacer en tiempo libre primero. Lo hicieron respecto de la naturaleza del arte y del amor después. Pasaron las horas conversando y recorriendo el bosque. En un infantil y torpe ademán, Paris intentó tomarla de la mano, y ella, que hasta entonces se había mostrado cómoda y divertida, rechazó el intento.
Perdón, no quise incomodarte, dijo él apenado y con vergüenza.
No te sientas mal, no es algo que suela hacer, no en estas circunstancias, dijo ella a continuación, con una emoción imposible de descifrar.
Paris confesó lo innecesario. Se sentía amorosamente atraido a ella. Lo hizo con torpeza, pero también francamente y con respeto. Esto agradó a Artemisa, o eso pareció.
Siguieron caminando. Retomaron temas de conversación anteriores. Mientras lo hacían, Paris recordó que aún debía decidir a quién de las tres diosas debía entregarle la manzana. Conversó con Artemisa sobre muchas cosas, pero no sobre éste asunto. No entendía por qué debía escoger a una de aquellas tres, si para él la diosa de la luna las superaba en belleza, gracia y dignidad.
De repente, se detuvo. Quiero mostrarte algo, le dijo. Ante su titubeo, con una intención menos solemne y más juguetona y juvenil que la que él tuvo en su intento original, le tomó de la mano y lo guió. Cómo podía una mano tan pequeña resultar tan suave y firme, no lo podía comprender.
Se perdieron en la frondosidad de una sección espesa del bosque y ascendieron por una ladera inclinada. Las ramas de los árboles parecían ceder de un lado al otro para que ambos transitaran el ascenso sin mucho esfuerzo. Se preguntaba entonces si acaso ella comenzaba a sentir lo mismo que él. Poco después, habían llegado.
Este es mi lugar favorito de este bosque, dijo ella.
Ya veo por qué, dijo él. La vista es increíble. Digna de ti.
Frente a ellos, una pequeña cascada se vertía sobre una olla. Alta en el cielo, la luna parecía encender con una luminosidad especial al espejo de agua. El aire perfumado y húmedo era peculiar y placenteramente refrescante. Parecía un altar. Era un lugar sagrado, especial.
Sonriendo, inspiró profundamente y la miró con los ojos agradecidos, feliz.
Entonces la sorpresa. Ella lo besó, lo abrazó, se montó sobre él. Al principio, apenas se atrevió a tocarla, como si hacerlo significara una afrenta. Pero Artemisa no se apartó. En la penumbra, sus cuerpos se encontraron y comenzaron a danzar con gracia, inventando un lenguaje que les fue propio. Primero con suavidad, luego con la intensidad de una tormenta que se había anunciado y ya no podía ser contenida. De forma creciente, con cada caricia, con cada suspiro compartido, entendió que aquella unión no era solo deseo, sino una elección, una bendición, un momento de verdad sagrada. Yacieron allí, juntos, abrazados de todas las maneras concebibles, hasta poco antes del amanecer. Ella le había advertido que compartirían ese encuentro, pero que ella partiría.
Preso de un impulso, bajo sospecha de que tal decisión podría costarle el malestar o rencor de otros dioses, Paris la llamó y le ofreció una manzana dorada. Ella lo miró nuevamente divertida, tal y como lo había hecho cuando él se tropezó frente a ella.
Quiero dártela a tí.
¿Qué es? ¿Una manzana? No entiendo, no te pedí que me dieras nada. De cualquier manera, gracias. Eres muy tierno.
¿Nos volveremos a ver?
No lo sé, es probable que no, pero quién sabe. No dejes que eso te apene.
Sonrió. Y así como ella reemprendió su camino, él decidió regresar a su campamento, lugar en el que encontró a quienes esperaban conducirlo al lugar donde debería emitir su juicio.
Cuando el emisario del Olimpo, ante la ausencia de la manzana, preguntó a Paris qué había sucedido y comprendió la gravedad del asunto, hizo saber a Zeus la inoportuna decisión del jóven.
¡Pagarás muy caro por tu ofensa! dijo un colérico Zeus.
No entiendo por qué debería de hacerlo. Hice exactamente lo que me encomendaron. Le entregué la manzana a la más bella de todas, y algo en tu semblante me hace sospechar que lo sabes. No entiendo cuales son las razones por las que restringieron mi decisión a esas tres diosas, pero sí sé que honré la consigna original y cumplí con lo que solicitaste. Si hay un crimen, nos tiene por cómplices. Yo no pedí que me dieran a emitir juicio alguno, ustedes me escogieron para ello. Y cuando lo hice, obré de buena fe.
Y es aquí donde la historia se pone confusa, en una maraña de versiones contrariadas.
Tenemos razones para sospechar que Zeus decidió reemplazarlo por otro hombre, quizás un homónimo, a quién le entregó una réplica de la manzana original y le pidió que emitiera juicio ante las diosas. Hay quienes sostienen en cambio que quién tomó la decisión fue Héctor, a quien se lo suele proponer como el héroe de Troya.
Lo cierto es que las versiones más confiables sostienen que Paris no escogió a ninguna de las tres diosas de la terna. Hay evidencias de que pasó el resto de sus noches contemplando a la luna, escribiéndole poemas, celebrando aquel encuentro e invitándole a hablar de amor.
Se dice que Zeus, en una sentencia ejemplificante pero no sin dejar de guardar cierta cuota de piedad ante el crimen compartido, lo condenó a vivir solo de por vida, recluido en una cueva. Las mismas fuentes sostienen que ocasionalmente, para su fortuna, el plateado efluvio de la luna besaba aquel rostro que jamás dejó de soñar despierto.


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