5.6.05

Encender y avivar la augusta imaginación

"...la senda misteriosa, extensa y estrecha, la ausencia de sol en el cielo, el tremendo frío y lo extraño y sombrío de todo aquello no impresionó para nada al hombre. Y no porque estuviese acostumbrado a ello. Era un recién llegado a la región, un chchaquo, y ése era su primer invierno. Lo que le pasaba era que carecía de imaginación. Era veloz y agudo en las cosas de la vida, pero sólo en las cosas de la vida y no en sus significados. Veinticinco grados bajo cero equivalían a un frío desagradable, pero nada más. Este hecho no lo llevaba a meditar acerca de su fragilidad en tanto criatura de temperatura, ni sobre la vulnerabilidad del hombre en general, capaz de vivir sólo dentro de ciertos estrechos límites de frío y calor, y a partir de allí no lo conducía al campo conjetural de la inmortalidad y al papel del hombre en el universo. Veinticinco grados bajo cero significaban para él la mordedura de la helada que hacía doler, y de la que había que protegerse usando mitones, orejeras, mocasines abrigados y calcetines gruesos.
Veinticinco grados bajo cero eran para él ni más ni menos que veinticinco grados bajo cero. Que pudiese significar algo más que eso era un pensamiento que jamás había tenido cabida en su mente."

Fragmento de Encender un fuego
Jack London

La imaginación es sin dudas una hermosa virtud, y no sólo eso, creo que es la puerta de entrada a una mayor humanidad, a profundizar aún más en aquello que nos hace "divinos", trascendentales, o en términos llanos, distintos a los seres del reino animal y vegetal. La racionalidad privada de imaginación se me antoja tal desperdicio como un planeta con agua, temperaturas propicias para que el estado de la misma sea principalmente líquido y luz solar en cantidad ni excesiva ni insuficiente, pero aún así planeta estéril, sin ninguna forma de vida que lo habite.
En general, la imaginación abundante en una persona no tardará en convertirla a ésta en soñadora independientemente de lo que exteriorice en sociedad pues no siempre uno facilita a otros ver eso que se guarda para su intimidad. Muchas veces porque dicha esencia, la de ser soñador, es vivida en dualidad: como un tesoro hermoso y preciado, y como una debilidad avergonzante.
Es la imaginación un tesoro porque nos faculta para desligarnos de lo "real", calificación que se le asigna paradojalmente al evaluarse lo "real" en términos subjetivos y por tanto proclives a carecer de realidad en el sentido de verdad absoluta. Pues esos términos subjetivos son por un lado, nuestra apreciación de la realidad a través de nuestros sentidos (¿quién nos dice que es real lo que vemos, oímos, gustamos, etc?) y por otro, la observación empírica del causa-efecto que es el mayor sustento de quienes se enorgullecen de ser realistas. Observación empírica y limitada, señores, ergo subjetiva. Pues sabemos que factores ajenos a nuestra observación por trascendernos en términos temporales o por desconocimiento (o lo que en este caso es lo mismo, el no-conocimiento de la existencia de los mismos) pueden alterar y transformar en errado cualquier juicio que emitiéramos. Amé a Córtazar por jugar con esto constantemente en cuentos como "La noche boca arriba" o en la novela "62: Modelo para armar". ¡Vamos! Que con mayor sencillez es lo que pretende todo aceptable policial o thriller.
Por tanto, me parece un tanto obvio que todo realista no es sino un reduccionista, alguien que toma la porción de la verdadera realidad que está a su alcance para entenderla y/o manipularla. Por el contrario, la imaginación que nos convierte en soñadores no conoce límites. Y al desligarnos de la esclavitud de los sentidos y de la conjunción espacio tiempo, somos cuasi divinos, o divinos al fin, navegando por universos de percepción ricos, donde verdades ocultas son develadas, donde hermosos ideales son atestiguados, donde podemos encontrarnos con cualquier afecto, con cualquier idea, con cualquier sensación, con cualquier recuerdo, y a la vez podemos jugar con los mismos.
Sostenía anteriormente que la imaginación muchas veces es vivida como una debilidad avergonzante. ¿¡Qué clase de crimen es ése?! ¿Dónde está lo avergonzante en la voluntad augusta de conocer otras posibles realidades? ¿No es ese acaso el espíritu que conduce a la voluntad de progreso? Para autómatas están las máquinas, los objetos arrojados al vacío, o presos del accionar de la inercia, la fuerza de gravedad o los instintos. ¿Avergonzarnos de aquello que nos diferencia de una computadora o un animal? ¿No les parece una locura? Obviamente, y hay que señalarlo porque nunca falta quién lo señale cuando está dicho tácitamente, los extremos son odiosos. Vivir mirando hacia adentro sin comprometerse jamás con la vida no es una opción viable, sino, y sólo en casos respetables, una etapa necesaria en algunos casos.
No es mi ánimo el de menospreciar ni desprestigiar tontamente, pero no creo que la imaginación pase por el tamaño de los sables láser, mayores y mejores explosiones o variedad de elfos y trolls. Eso sería limitarnos tan sólo a lo superficial. De películas hermosas como Cinema Paradiso, Belleza Americana, Amelie, El gran Pez y Buscando nunca jamás rescaté un mensaje que siempre me acompaña como la mayor enseñanza que mis viejos de forma reiterada y en cada ejemplo de vida me han obsequiado: la importancia de vivir al mundo con ojos de niño a la vez que disfrutamos de la belleza de todas aquellas pequeñas cosas.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

"Protegedme de la sabiduría que no llora, de la filosofía que no ríe y de la grandeza que no se inclina ante los niños."
Khalil Gibrán

...Say no more. Besos.

Anónimo dijo...

Protegedme de la amargura, de los vanos deseos, del tedio y de las veleidosas expectativas.

Que febril la mirada

Twenty-something-me, luego de la sorpresa y la incredulidad, encontraría sociego en la idea de que la apertura que he vivido los últimos año...