Numerosas veces me ha llegado el mensaje, a través de disímiles voces, de que la vida nos lleva a sorprender en nosotros mismos, con el devenir de los años, inclusive a aquellas cosas que nos molestaban de nuestros viejos. Por tanto, no me sorprenderá que algún día en tono burlón - en el tono de «Pá, qué pesado!!» - me llamen la atención por contar recurrentemente la misma anécdota, el mismo chiste, utilizar las mismas estructuras para contar algo que viene vestido en pilchas de espontáneo pero que en realidad ha sido tantas veces utilizado que los receptores del mensaje podrían interpretar mis lineas con una calidad de detalle increible. Tanta frescura como una flor de plástico, pero sin embargo un objeto que no debe ser acusado cruelmente pues no busca otra cosa que procurarnos una alegría o recocijo a los sentidos, pero de tipo económico eficiente (por eso de buscar el menor costo a largo plazo).
Un poco de eso hay en lo que copiaré a continuación: un texto que escribí ya hace unos años, que acabo de releer, y cuya "vigencia" - en términos estrictamente subjetivos, es decir, en términos de mi vida - me ha sorprendido.
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Nietzsche y su maldita doctrina, a la cual, aún tiempo antes de conocerla, intentaba ajustarme. Porque deseaba ser un superhombre. Me sentía con derecho a ser tal. Me regocijaba el saber tener el potencial para serlo. Estar más allá de los ordinarios. Voluntad, espiritualidad e inteligencia alistados y conjugados para encontrar el equilibrio. Ese equilibrio que tan ausente está en todos, y que por ausente justifica la confusión y polaridad histérica que nos caracteriza como especie. Presente en todos, presente en mí.
Porque para mi vergüenza y desgracia, soy tan humano que me duele. Pendulo constantemente entre todos los polos posibles. Guardo cierta línea lógica pero poseo cierta predisposición hacia alguno de los polos en cada uno de sus matices. Intento fatigosamente el anhelado punto medio, pero mi humanísima sensibilidad hace de cada nuevo estimulo externo un elemento desbalanceador, y el impacto, que obliga a considerar lo utópico de mi deseado equilibrio, sacude las aguas que jamás habrán de reposar estáticas, inertes, tranquilas.
¡Cómo desearía estar más allá de las cosas! Me abrazaría satisfecho a mi existencia y podría observar objetivamente el mundo. ¡Qué regocijo estar más allá de la frivolidad, del rencor, de la indiferencia, de la necedad y la hipocresía! Abandonar para siempre ese caprichoso ir y venir entre la sensación vana y ladina de omnipotencia y autosuficiencia; y ese sentimiento horrible que comprime mi pecho al sentirme patéticamente pequeño e insignificante. Renunciar al abuso de mi cínico análisis, que cada día, como en la mía, más se arraiga en las mentes resignadas. Saberme digno pleno de admiración, y orientar mi superioridad a solucionar problemas que me angustian, los cuales se desprenden de esa maldita impotencia que en pocas pero desesperantes situaciones se hace presente.
Quisiera destrozar a hachazos la coronilla de la vieja usurera sin ser víctima de la culpa. No flaquear como Rodion Romanovich Raskolnicov. Así me demostraría ser uno de esos seres con autoridad suficiente para cometer cualquier tipo de exceso amparado en el hecho no poco desdeñable de tener mis propios motivos (motivos superiores), que siempre habrán de resultar positivos, justos y acertados. "Oye chaval, que si el vasco lo dice debe de ser lo correcto"
Pero me toco ser igual a ustedes. Tan solo soy uno más. Sueño, y me angustio. Amo y sufro. Me acompaña mucha gente, pero por momentos no puedo sino sentirme solo. Porque Sabato y su metafórico túnel describen en parte lo que muchas veces he de sentir. Mi cuerpo cansado y dolido caminando a través de las húmedas paredes. La obscuridad alternándose por momentos con esos tramos en los cuales observo lo que afuera del túnel se encuentra. Y entonces atónito miro los bellos jardines que, junto a alguna cara conocida, que me busca y camina junto a mi, pero siempre del otro lado, son razones que en ocasiones me llenan de esperanza, pero en otras tan solo de impotencia. Igualmente, mejor eso a estar solo en la obscuridad. Y prosigo caminando, muchas veces con la ilusión de encontrar la salida, de abrazarme al mundo exterior, pero en general sencillamente camino porque seria demasiado doloroso y angustiante quedarse quieto.
¿Debo conformarme con lo que me toca? Por suerte no es poco. En realidad es mucho. Tan solo soy ambicioso. Quisiera todo. Poder, seguridad absoluta, amor infinito. Nada que me hiera. Pero de última, hay que ser lo suficientemente inteligente para disfrutar de cada una de las cosas que nos toca vivir, incluso el dolor. Debo aprender a gozar de mi humanidad.
2 comentarios:
Muy buen texto Leopoldo... y si, la vigencia de tu texto coincide con muchos de los autores q me atormentan últimamente
Todos queremos en punto u otro ser un puente hacia el superhombre, el punto esta en que superhombre queremos construir, y en particular como peleamos para lógralo
Si mal no recuerdo; tanto Nietzsche como Kant consideraban que lo único verdadero es el arte, donde todo exceso esta permitido y donde nuestros problemas se plasman en CREACIONES, la palabra que mejor nos define como humanos, la palabra por la que vale la pena ser humanos…
Citando al filosofo popular Herbert Vianna (cantante de los paralamas) “Cuando esta oscuro y nadie te oye, cuando llega la noche y podés llorar hay una luz en el tunel de los desesperados, hay un puerto donde amarrar para quienes quieren llegar”...
...Disculpa la cursileria pero ultimamente ando como John Cusack en “High Fidelity” y esa es un de mis 5 mejores canciones para no bajar los brazos.
Una cita bíblica diría que somos lo que somos.
No se si Niestche tenía o no razón, pero la vida dura apenas un rato, nomás. Parafraseando a Aspacia de Mileto (quien me precede),cito al filósofo popular Ricardo Soulé (antiguo y principal compositor de Vox Dei)que señaló tan bien "todo me demuestra que al final de cuentas termino cada día, empiezo cada día. Creyendo en mañana fracaso hoy"
Un abrazo, que siempre tendrá vigencia!!!
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