No importan tanto las palabras,
sino quién las dice.
Lewis Carrol
Alicia en el País de las Maravillas
Quizás sea algo impersonal, lo reconozco, pero es excesivamente cómodo. Suelo dirigirme a amigos con palabras como hermano, campeón, papá. Con ellas no sucede mucho lo contrario. Generalmente utilizo monosílabos, apócopes, del tipo: Car, Jo, Lú, Ga, Cin, Ce, Lau, Gra, Le, Ro, No, etc. Claro, no puedo evitar muchas veces, para ahorrarme el esfuerzo mental, tirar algún hermosa, linda, preciosa, campeona o el camionero y favorito bebota.
Con K nos encontrábamos meta hermosa de acá, criatura de allá, que hermosa pim, que criatura pam. Comenzamos a divagar sobre este tipo de conductas y llegamos a una serie de interesantes conclusiones.
Primeramente, y esto no es novedad, al llamar al otro de cualquier manera, especialmente cuando las palabras escogidas implican adularlo, insultarlo, regañarle, aconsejarle, o lo que fuere, desde lo discursivo no solo definimos qué o quién es el otro, sino al mismo tiempo y de forma indirecta nos definimos a nosotros mismos. Al decirte hermosa, o al llamarte amigo, no sólo te adulo a vos, sino que indirectamente también me adjetivizo a mí mismo, pues de la vinculación que nos une surge que yo soy una persona que aprecia la belleza, o que aprecia la amistad.
Yo leo a Kant, ay sí, soy re inteligente.
Yo escucho a Madonna, ay sí, tengo toda la onda.
Yo miro fútbol, ay sí, soy re apasionado.
X, sos una chica re inteligente (Sí, y yo estoy en posición de juzgar eso, pues soy inteligente).
X, sos re capa (sí, y yo estoy en posición de juzgar eso, pues yo sé que es ser capo).
X, sos un reverendo idiota. (sí, y yo estoy en condición de juzgar eso, idiota!).
Por esta misma razón alguna vez entendí que quién adora sufre de un goce superior a aquel que es adorado. K muy bien lo expuso. El otro se convierte en un objeto. Y por cierto, este objeto nos hace sentir muy bien, pues nos liga a algo que nos trasciende, algo superior, excelso, quizás hasta absoluto. Uno accede a las sensaciones extraordinarias que tan feliz hacían a un Lord Henry, y que nos alejan del tedio. Tal y como la música o el arte en general para muchos.
Ahora, ¿qué sucede cuando yo mismo soy objeto de mi propia adoración? En este caso, paralelamente revestiré una condición dual que consistirá en entenderme como objeto y como sujeto. Esta percepción de mi propia naturaleza siempre se ha hecho extensiva al resto de la gente de mi entorno. Pero, ¿cómo renunciar yo mismo a ser sujeto? ¿Cómo renunciar a ser quién define? Esto es casi imposible. Lleva a una serie de contradicciones que nos harán sentir presos de un torbellino. En cierto sentido, entramos en una crisis. Una crisis constante, una suerte de dialéctica: ese pendular desde la sensación vana de plenitud hacia el desesperante y angustiante vacío.
¿Por qué adorarme como objeto y no como sujeto? Porque adorarme como sujeto pleno implica aceptar mi imperfección. ¿Y qué romanticismo cabe en eso? Como objeto, al adorarte a vos mismo, sentís goce. Y por ser adorado (así sea por uno mismo), uno siente vanidad, y al mismo tiempo, cae en la mentira de percibirse pleno, perfecto. Sentimiento que es ladino, que es ilusión, pero que al comprarlo, al embebernos en él... Oh! Qué dichoso es ese instante!
Pero, ¿Cuánto puede durar esa mentira? ¿Unos segundos? ¿Unos minutos tal vez? ¿Quizás más? Llegado el caso, realmente no importa. Llegará el momento de chocar con la realidad, y ese momento será muy doloroso. Con la desilusión, con el volver a ser sujeto, uno deja de estar conforme.
Vuelvo a utilizar viejas fórmulas, pero no por viejas están caducas: la existencia es conflicto. Uno es preso de procesos, por más que no logre percibir a través de sus sentidos otra cosa sino estadios. Y en este proceso constante, infinito, muchas veces nos cuesta estar seguros de nada.
¡Con lo mucho que lo quisiéramos! ¿O no, hermosa?
Con K nos encontrábamos meta hermosa de acá, criatura de allá, que hermosa pim, que criatura pam. Comenzamos a divagar sobre este tipo de conductas y llegamos a una serie de interesantes conclusiones.
Primeramente, y esto no es novedad, al llamar al otro de cualquier manera, especialmente cuando las palabras escogidas implican adularlo, insultarlo, regañarle, aconsejarle, o lo que fuere, desde lo discursivo no solo definimos qué o quién es el otro, sino al mismo tiempo y de forma indirecta nos definimos a nosotros mismos. Al decirte hermosa, o al llamarte amigo, no sólo te adulo a vos, sino que indirectamente también me adjetivizo a mí mismo, pues de la vinculación que nos une surge que yo soy una persona que aprecia la belleza, o que aprecia la amistad.
Yo leo a Kant, ay sí, soy re inteligente.
Yo escucho a Madonna, ay sí, tengo toda la onda.
Yo miro fútbol, ay sí, soy re apasionado.
X, sos una chica re inteligente (Sí, y yo estoy en posición de juzgar eso, pues soy inteligente).
X, sos re capa (sí, y yo estoy en posición de juzgar eso, pues yo sé que es ser capo).
X, sos un reverendo idiota. (sí, y yo estoy en condición de juzgar eso, idiota!).
Por esta misma razón alguna vez entendí que quién adora sufre de un goce superior a aquel que es adorado. K muy bien lo expuso. El otro se convierte en un objeto. Y por cierto, este objeto nos hace sentir muy bien, pues nos liga a algo que nos trasciende, algo superior, excelso, quizás hasta absoluto. Uno accede a las sensaciones extraordinarias que tan feliz hacían a un Lord Henry, y que nos alejan del tedio. Tal y como la música o el arte en general para muchos.
Ahora, ¿qué sucede cuando yo mismo soy objeto de mi propia adoración? En este caso, paralelamente revestiré una condición dual que consistirá en entenderme como objeto y como sujeto. Esta percepción de mi propia naturaleza siempre se ha hecho extensiva al resto de la gente de mi entorno. Pero, ¿cómo renunciar yo mismo a ser sujeto? ¿Cómo renunciar a ser quién define? Esto es casi imposible. Lleva a una serie de contradicciones que nos harán sentir presos de un torbellino. En cierto sentido, entramos en una crisis. Una crisis constante, una suerte de dialéctica: ese pendular desde la sensación vana de plenitud hacia el desesperante y angustiante vacío.
¿Por qué adorarme como objeto y no como sujeto? Porque adorarme como sujeto pleno implica aceptar mi imperfección. ¿Y qué romanticismo cabe en eso? Como objeto, al adorarte a vos mismo, sentís goce. Y por ser adorado (así sea por uno mismo), uno siente vanidad, y al mismo tiempo, cae en la mentira de percibirse pleno, perfecto. Sentimiento que es ladino, que es ilusión, pero que al comprarlo, al embebernos en él... Oh! Qué dichoso es ese instante!
Pero, ¿Cuánto puede durar esa mentira? ¿Unos segundos? ¿Unos minutos tal vez? ¿Quizás más? Llegado el caso, realmente no importa. Llegará el momento de chocar con la realidad, y ese momento será muy doloroso. Con la desilusión, con el volver a ser sujeto, uno deja de estar conforme.
Vuelvo a utilizar viejas fórmulas, pero no por viejas están caducas: la existencia es conflicto. Uno es preso de procesos, por más que no logre percibir a través de sus sentidos otra cosa sino estadios. Y en este proceso constante, infinito, muchas veces nos cuesta estar seguros de nada.
¡Con lo mucho que lo quisiéramos! ¿O no, hermosa?
17 comentarios:
Siempre queremos lo que no tenemos, y digo que me llamen Juan, que los chicos de Escocés me digan Albus no me va, realmente...
Me pone nervioso la gente que me trata de negri, negrito o querido, realmente lo odio.
Sos un re peón súper -rethimótico,dialéctico Aitor!!
La verdad es que me perdí, papá!
Un abrazo de ignorante, tío!!!
:)
Debo reconocer que nunca fue mi fuerte expresarme con fluidez y en términos sencillos. Se necesita mucha inteligencia para eso. Igual la idea es seguir intentándolo, pues de la práctica y con el tiempo seguramente algo mejor saldrá. A no desesperar.
"Debo reconocer que nunca fue mi fuerte expresarme con fluidez y en términos sencillos. Se necesita mucha inteligencia para eso."
¿Cómo es eso?
Ehm. No da para hablar de esto vía comments...se vuelve tedioso tratar de encontrar la palabra justa y la expresión que mejor ilustre...
Perdoneme, señor, pero yo soy de la idea que con un café de por medio, la palabra de a dos, es cuando más y mejor fluye (al menos, más límpida en tanto tono y gesto)!
Aunque deberíamos juntarnos todos los que comentamos en tu blog, claro. Sería un griterío.-
La imperfección me resulta hermosa. Y en la imperfección esta el romanticismo. Adorarse como objeto y como sujeto te lleva definirte y pensarte en el mundo, no lo veo para nada mal.
Es largo opinar de todo esto, opino como alguien ahí arriba, pero me gusta la forma en la que encaraste todo.
Saludos!
Un tal Lacan dijo alguna vez que el metalenguaje no existe, el mismo "muchacho" solía sostener q el otro nos define y que nosotros lo definimos, que existen muchos otros, y no se refería al numero de ellos sino a sus cualidades los otros A y los otros a, acorde al lugar q ocupen en nuestra psiquis, realmente nunca entendí muy bien cual de ellos es cual sin embargo también creo q no importa tanto, si hasta su mismo formulador los confundía...
Sin embargo siempre adherí a los que sostienen; q lo q veo en los otros habla mas de quien soy yo que de quien es el otro, o acaso no lo expuso el alter-ego de Sir. Henry, un par de párrafos antes de darle vida a su mordaz personaje, cuando exponía en su maravilloso prologo q no existen obras de arte buenas ni malas solo existen quienes ven cosas malas o cosas buenas en ellas.
Lamento y festejo las bestias que se crear, pero la próxima vez q discutan mi tesina en mi ausencia me voy a ofender :P
Ga
Ey, capo (!), me quedé pensando mucho en este post. Son las cinco de la mañana, no puedo dormirme, recién llego de un pub...Y me detuve en tu texto.
Tiene un aire kantiano este post. Pero no quiero suspender el juicio, quiero emitir uno, papurri (!). Pienso que todo es subjetivo, que en el lenguaje todo es posible. LAS VACAS VUELAN, es una afirmación verdadera, por ejemplo...Y así como esa proposición es afirmativa, lo mismo puede decirse cuando uno dice a otro capo o papurri o genio o etcétera. Es verdad eso de que uno al adjetivar o disponer una cualidad a otro, también se está adjetivando a sí mismo. Pero, ¿no seríamos unos reprimidos si suspendiéramos siempre el juicio?
pd: la verdad que estoy muy cansado, así que si mi comentario fue cualquiera, pido disculpas, jaja...Un abrazo grande.
Miss Tirabombas: Tener la capacidad de ordenar las ideas, de sintetizar los conceptos y lograr exponer la dinámica de alguna cosa, no es tarea sencilla. Solo pocos pueden hacerlo. El arrojar obstaculos intelectuales en el desarrollo de una idea suele ser una forma de vanidad.
Dimitri: Me sigue gustando tu imagen. Y en breve tomaré unos mates con Luli y tu vieja. Leru leru.
Mi otro yo: Tramposo/a. Vos ya sabés la respuesta. :)
Aspasia: Lacan abordó toda esta problemática hasta profundidades tales en las cuales es posible que uno con facilidad se confundiera. No lo he leído lo suficiente como para saber si realmente lo hizo. No obstante, me consta que al leerlo el que se confundirá más de una vez seré yo. :P
Adrianófanes: Tocayo de signos chinos y zodiacales! Es verdad que nos es imposible comunicarnos sin necesariamente definir a los otros, y que como seres sociales no podemos evitar dirigirnos a otros. Por tanto somos algo así como esclavos de nuestra condición de parlantes, con el triste corolario de la imposibilidad de poder hacernos entender al 100%, ever. Un abrazo.
Ah! Por cierto... Qué lindo estar en Santa Cruz otra vez, aunque más no sea por unos días. :)
Leopoldo...por mí...¡te juro que no te envidio!
A mi me cuesta más estar segura de algo...un dilema interesante el suyo, con ruido a ritmo de caminos dispares...Interesante...
Saluditos
Qué bueno blog de autoayuda.
Me re copa encontrar gente inteligente como yo.
Saludos
Bertold
Yo también quiero que me aparezca un mensajito amarillo cada vez que posiciono el mouse sobre algún texto!!!!! Tell me HOW!!!!
agregame al msn:
ariznabarret@gmail.com
El usuario anónimo es genial....
Uy, es cierto lo que decís, campeón (perdón, tenía que hacer el chiste)
Lo unico que si, yo suelo llamar a la gente por el diminutivo más pequeño de su nombre. Una amiga Cecilia le digo C; a un Santiago, San. Uno de los pocos casos en los que llamo a otro por algo que no es su nombre es cuando lo llamo a mi novio: muchas veces como Fede -o sus nicks: Caramonchon, por ejemplo- pero la mayoría, como "amor".
Curioso. Y eso que no soy una experta en la manera en la que lo llamo.
Como sea.
Saludos!
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