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Imaginaos un hombre esclavo de una obsesión que cual Tántalo le condena a una angustia sin fin. Imaginadle esclavo de aquella obsesión resultante de la obstinada insatisfacción del más hondo deseo. Hacedse la imagen de él famélico, sumido en el desesperado deseo de conocer y aprehenderlo todo, presuroso por profundizar su experiencia en esto y aquello pero siempre con la impresión de que se le escapa lo sustancioso. Imaginad precisamente a esa su cruz: la certeza de que lo que debe poseer está ahí afuera, pero disfrazado, amorfo, ingente, escurridizamente anónimo, irreductiblemente voluble. La insidia de sus grilletes tiene por naturaleza un oximorón, pues la certeza de su impotencia es consecuencia de una grosera y cuantiosa inseguridad que le acompaña desde siempre.
Aquellas cosas que ama son las que le sofocan. Y tanto más ama, mayor la aflicción. Pues ante el placer que siente al evocar a su familia, le arremete con violencia la consciencia de la infinidad de momentos en los cuales no ha estado con ellos. Le turba la convicción inevitable de no haber podido atestiguar ni mucho menos compartir pesares y alegrías, así como le inquieta saberse ajeno al conocimiento absoluto de cada uno de los pormenores de cada uno de ellos. Entended que le hiere con aguda ponzoña saberse vedado de conocer con profundidad la intimidad de los corazones, las mentes y los días de cada uno de sus seres queridos. Está convencido de haber aprehendido sólo fragmentos imperfectos de sus vidas, de sus ideas, de sus valores y de sus biografías. Pero comprended que su angustia troca en patética culpa que le perfora y vacía el alma cuando le penetra la convicción de haberles fallado y haber hecho lo propio consigo mismo a la vez. Le pesa como a Tántalo la certeza de que pagará las consecuencias y que por ello se desgarrará lastimoso su corazón.
Las bibliotecas y librerías son un infierno en el cual tanto se deprime como se irrita. Haced un esfuerzo y comprended como su congénita impotencia se hace tanto más evidente cuando cada título y cada escrito le grita «aquí, aquí, yo albergo mundos maravillosos, respuestas necesarias, metáforas y alegorías soñadas». Ved como otros le susurran y como aquellos se sonrién. Sentid como él el torbellino de gritos, risas y ruegos que le tienen por epicentro. ¡Sentid el vértigo, clamad ofuscados por piedad!
Cada goce nuevo llega como un mensajero venenoso y burlón que corre a contarle que como él hay infinitos más. ¿Como experimentarles a todos? ¿Cómo vibrar de placer alzándose feliz al cielo y no errar triste a través de bosques de incertidumbre, ignorando haber omitido o no en el tiempo y lugar correctos el disfrute de aquello sagrado? ¿Cómo convivir con el hecho de haberse perdido cosas maravillosas? Sabedle gritando con lágrimas ardientes y furibundas que brotan de sus ojos al temer que su impericia le haya conducido lejos de lo sublime.
Imaginadle sufriendo en su reflexión: «¿Cómo abordar lo inabarcable? ¿Cómo atestiguar la totalidad y eternidad del cosmos y no perder jamás porción alguna de la belleza que le es propia? ¿Cuál es la clave para identificar lo sustancioso? ¿Cómo evitar los desaciertos para que ya nunca se nos escape nuestro destino o lo que sea que estamos llamados a hacer pero privados de oportunidad? ¿Cómo romper nuestras cadenas y dar muerte a toda crisis, a toda revolución? ¿Cómo hacer absurda la necesidad de toda crítica?»
Vedle enredarse. Atestiguad su tragedia. Reíros de su infamia y sorprenderos de su insensatez.
Un hombre así no sólo es infeliz. Es además un rotundo estúpido.
¿Pero de qué sino de estúpido barro están forjados acaso los hombres?
La eterna insatisfacción persistirá allí donde la estupidez sea mayor a la ceguera. ¡Y cómo envidia en vergonzoso secreto el estúpido al ciego!
Aquellas cosas que ama son las que le sofocan. Y tanto más ama, mayor la aflicción. Pues ante el placer que siente al evocar a su familia, le arremete con violencia la consciencia de la infinidad de momentos en los cuales no ha estado con ellos. Le turba la convicción inevitable de no haber podido atestiguar ni mucho menos compartir pesares y alegrías, así como le inquieta saberse ajeno al conocimiento absoluto de cada uno de los pormenores de cada uno de ellos. Entended que le hiere con aguda ponzoña saberse vedado de conocer con profundidad la intimidad de los corazones, las mentes y los días de cada uno de sus seres queridos. Está convencido de haber aprehendido sólo fragmentos imperfectos de sus vidas, de sus ideas, de sus valores y de sus biografías. Pero comprended que su angustia troca en patética culpa que le perfora y vacía el alma cuando le penetra la convicción de haberles fallado y haber hecho lo propio consigo mismo a la vez. Le pesa como a Tántalo la certeza de que pagará las consecuencias y que por ello se desgarrará lastimoso su corazón.
Las bibliotecas y librerías son un infierno en el cual tanto se deprime como se irrita. Haced un esfuerzo y comprended como su congénita impotencia se hace tanto más evidente cuando cada título y cada escrito le grita «aquí, aquí, yo albergo mundos maravillosos, respuestas necesarias, metáforas y alegorías soñadas». Ved como otros le susurran y como aquellos se sonrién. Sentid como él el torbellino de gritos, risas y ruegos que le tienen por epicentro. ¡Sentid el vértigo, clamad ofuscados por piedad!
Cada goce nuevo llega como un mensajero venenoso y burlón que corre a contarle que como él hay infinitos más. ¿Como experimentarles a todos? ¿Cómo vibrar de placer alzándose feliz al cielo y no errar triste a través de bosques de incertidumbre, ignorando haber omitido o no en el tiempo y lugar correctos el disfrute de aquello sagrado? ¿Cómo convivir con el hecho de haberse perdido cosas maravillosas? Sabedle gritando con lágrimas ardientes y furibundas que brotan de sus ojos al temer que su impericia le haya conducido lejos de lo sublime.
Imaginadle sufriendo en su reflexión: «¿Cómo abordar lo inabarcable? ¿Cómo atestiguar la totalidad y eternidad del cosmos y no perder jamás porción alguna de la belleza que le es propia? ¿Cuál es la clave para identificar lo sustancioso? ¿Cómo evitar los desaciertos para que ya nunca se nos escape nuestro destino o lo que sea que estamos llamados a hacer pero privados de oportunidad? ¿Cómo romper nuestras cadenas y dar muerte a toda crisis, a toda revolución? ¿Cómo hacer absurda la necesidad de toda crítica?»
Vedle enredarse. Atestiguad su tragedia. Reíros de su infamia y sorprenderos de su insensatez.
Un hombre así no sólo es infeliz. Es además un rotundo estúpido.
¿Pero de qué sino de estúpido barro están forjados acaso los hombres?
La eterna insatisfacción persistirá allí donde la estupidez sea mayor a la ceguera. ¡Y cómo envidia en vergonzoso secreto el estúpido al ciego!
3 comentarios:
Si, lo imagino.
¿Y ese dios con mayúscula?
¿Qué hay con él? ¿Qué Dios? ¿Cuál de todos ellos?
volvi.
(ah,me vi en tus links. Pero ¡antes era secreta! Buh)
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