4.10.07

Artilugios emocionales del instinto de conservación

Sus sueños petulantes de alcanzar la máxima virtud en cualquier arte habían sido siempre manifiestos para quienes le conocían y por ello se sentía avergonzado. Estos siempre traían como necesario corolario el reconocimiento de otros a la propia excelencia, y ante un panorama semejante, se le ocurría pensar que se liberaría de toda ansiedad. Tiempo después su terapeuta le hizo entender que esa ansiedad de la cual decía huir era producto de un cuestionamiento ético y natural de todo ser humano. Alcanzar la virtud y el reconocimiento para él significan dar por entierro a las miradas inquisitivas de quienes le rodeaban, aquellas que preguntan quién sos. Pero por otro lado, ser alguien que por ser reconocido no debe presentar credenciales de ningún tipo ni a terceros ni a sí mismo, implicaba por otro lado olvidarse de todo cuestionamiento a la hora de actuar o decidir, pues nada resulta más fácil al momento de hacerlo que obrar determinado por la propia condición, de forma irresistible e irrecusable. Como de vez en cuando ocurre, ese comentario le resultó inquietante y permaneció latente hasta que finalmente Julián un día se percató de que su terapeuta, con él, le había dicho de una manera muy agradable y diluída que era un cobarde que no pretendía otra cosa que escudarse en una identidad inmóvil e inmutable, cualquiera que fuera aquella que dictara su virtud. Entonces, luego de putearlo con una sonrisa, entendió que la lógica escondida detrás de esa idea era convincente y hasta aguda: ¡qué solución más conveniente para deshacerse de sus inseguridades y titubeos humillantes!
A propósito de eso recordó un escrito. Lo buscaba entre los muchos que tenía tachados y borroneados en distintos cuadernos, carpetas y hasta en hojas sueltas, jurando por septuagésima vez que en algún momento habría de ordenarlos o pasarlos a una computadora. Hacía tiempo que, más por facilidad que por seguir metodología premeditada alguna, utilizaba sus sueños de inspiración para escribir o pintar. Le era tan provechoso obrar de esta manera que sentía una suerte de culpa jamás reconocida ante nadie, la cual residía en el hecho de que a nivel consciente y en estado de vigilia jamás se le ocurría idea alguna. Se sentía algo así como un espía o un ladrón furtivo que por las noches se incursionaba en territorios no resguardados para arrebatar un testimonio crucial, un objeto preciado y ajeno. Algo le reconfortó enterarse por accidente que el mismo Borges decía hacer lo mismo. Finalmente encontró el texto. El mismo había sido la transcripción de un diálogo imaginario que jamás se había animado a sostener realmente y en el cual narraba un sueño. Entonces, se sentó cómodo sobre el piso, al costado de la cama, y comenzó a leer.

Como suele suceder, no recuerdo con exactitud el comienzo del mismo, sino que, como el sonido de un tren que se acerca a toda velocidad pero desde lejanas distancias se va haciendo más y más nítido al acercarse a nosotros, a medida que más intento recordar el comienzo, más inaprehensible parece todo...
Pero sí me recuerdo a mí mismo, un día al aire libre, en una quinta o algún lugar similar. Recuerdo haber comido bien y estar rodeado de mucha gente desconocida, pero junto a quienes me sentía muy cómodo y feliz. En algún momento me encontré a mi mismo jugando al basquet o algún deporte similar. Tengo muy presentes las corridas, el sudor caliente que brotaba de los poros de mi frente y que se deslizaba lenta pero decididamente por el contorno de mi cara. Recuerdo también sonrisas y carcajadas, alguna que otra gastada que me tenía por centro, la predecible réplica, pero todo nunca con saña. Puedo verme cinematograficamente reír tal y como un nene, como sucede cuando las gastadas no buscan sino manifestar apertura y confianza, es decir, como sucede cuando la gastada es una señal de que la fraternidad emerge...
En un momento una pelota se escapa fuera del juego y me arrojo intentando salvarla... Yaciendo aún en el suelo y sin figurarme cómo, apareciste vos y te acurrucaste al lado mío, dándome la cara... Pero fijate vos qué curioso. Desde este punto en adelante, todo lo recuerdo en blanco y negro, siendo que rara vez sueño en blanco y negro. Más extraño aún, dos objetos llamaron fuertemente mi atención... Y ellos fueron tus ojos. Eran distintos, vívidos, de un color profundo. Tal y como oís. Esos ojos marrones tuyos en mi sueño eran verdes. Y eran lo único que se veía a color, en un tono pálido, que por ello mismo no era intenso, sino más bien sutilmente verde. No eran verde esmeralda, tampoco verde loro. Entendeme. No soy un erudito en colores. Apenas distingo los del arcoiris.
Sonreías como una nena, con esa excitación tan linda que se tiene cuando uno es chiquito y está pasándola bien, divirtiéndose... Esa risita nerviosa tan linda e infantil, generosa en dientes y acompañada de un nervioso temblor, ¿entendés?
Me inspiraste tanta ternura que atiné sin miedo a abrazarte, dándome cuenta a la vez que lo hacía que estabas con el torso descubierto, totalmente desnudo. Me sorprendí especialmente no por tu desnudez que no era tal dado que tenías puesto un pescador, sino porque tu torso era el de una nena chiquita, todavía impúber. Eso creo que me consternó. Quizás por la culpa de saber que mis intenciones no eran del todo pías al querer acariciarte. Eran algo así como un mandato que traía por el que había sido hasta entonces mi deseo encubierto pero que a la luz de las circunstancias me ubicaban en una posición francamente detestable.
Con clara sorpresa y en un grito te pregunté qué hacías semidesnuda, a lo cual vos muy suelta de cuerpo respondiste que estabas cómoda y en familia y no veías la razón para no estarlo. ¡Belleza! ¡Con qué gracioso y convincente tono infantil lo dijiste! ¿Necesito aclararte que eso me gustó muchísimo y hasta me generó un poco modesto orgullo?
Acaricié tiernamente tu cabecita, los dos sonreíamos, y mientras cedía al influjo hipnótico de tus ojos desperté.

El texto estaba inconcluso. La idea original era en algún momento tomar a éste y a otros tantos y en una suerte de collage, en un ambicioso experimento frankensteiniano, procurar hacer de ellos una novela sin que nadie notara los retazos en el resultado final.
Ahora, a la distancia, podía observar como aquel sueño había tenido algo de oracular, algo de confesional.
El deseo que la tuvo a ella por objeto jamás había sido otra cosa más que una muy segura vía de escape. Una suerte de bastón con el cual apoyarse pero a la vez con el cual espantar a los lobos. Pues el deseo de un amor imposible e irreal fue la mejor forma de evadir otros amores, los potenciales y terriblemente reales, los que un corazón destrozado no puede siquiera ver sin llorar.


1 comentario:

Casandra dijo...

Bello...

Que febril la mirada

Twenty-something-me, luego de la sorpresa y la incredulidad, encontraría sociego en la idea de que la apertura que he vivido los últimos año...