Creo que es la primera vez que me siento a escribir una entrada para este blog sin saber premeditadamente qué es lo que quiero decir, ni cómo lo quiero decir.
Hace años que dejé de sentir la necesidad, el mandato.
Tan reconfortante como significó el hacer de éste un espacio en el cual volcar creativamente lo que en ningún otro lugar podía excretar, lo mismo de reconfortante me fue también el hecho de independizarme de él.
Sólo después comprendí en serio que mi búsqueda, que era una búsqueda de mi mismo, de mi identidad, se encontraba viciada de origen. El investigador, el perito y el artista que bosquejaba eran los ropajes de los que se valía no un idealista, no, sino un idealizador, que no es lo mismo. Un idealizador atormentado por un terror visceral a las decepciones, tanto a las propias como a las ajenas.
En consecuencia, todo descubrimiento realizado, tan pronto como la luz se echaba sobre el mismo, era a su vez objeto de una irresistible y pronta idealización. Y con ello me obligaba a cosas que quería genuinamente, pero que por confundir deseo con obligación, por trabucar cual un aspirante a Midas al viento y las aguas del río, se cargaban mis deseos y mis sueños de una rigidez y pesadez que en un principio pensaba que me dignificaban por aquello del desafío, del "oh, miren que monumento/cruz tan grande carga ese joven sobre sus hombros", pero llegó un momento en el que ya no. Era suicidio. Basta, loco.
Y entonces fue así que mandé a todo a la mierda y me miré el ombligo y me di el gusto de sufrir y gozar todo lo que no había podido sufrir y gozar anteriormente. Estuvo bueno.
Luego, lógicamente, me aburrí. O la vida me ofreció la posibilidad de vivir una hermosa nueva etapa. Y ya no fui más ser amputado. Ya no fui más centro. No. Elena llegó y con ella, mi pequeño y hermoso sol, mi Amateratsu, la plenitud. La Tierra dejó de ser el centro del universo. Mis angustias metafísicas pasaron a ser menos angustiantes. Mis angustias metafísicas pasaron a ser angustias materiales ¡y estas últimas me son tanto más faciles de llevar!
El idealista es un déspota. El idealista o el idealizador, para el caso es lo mismo. Es aquel fanático, ese terco investigador que niega constantemente el afuera o que sólo lo acepta en tanto y cuanto se adapte su propia idea preconcebida del mismo. "El mundo es tal cosa" dice creyendo ser un profeta iluminado y queriendo proyectarle esa imagen a los crédulos cuando en realidad... cuando en realidad sólo es de un niño asustado con miedo a sufrir una vez más.
"(Yo creo que) el mundo es tal cosa y en consecuencia esto es lo correcto". Y así se justifican guerras santas. Se viola en nombre del respeto. Se castiga en nombre del amor y se destruye en nombre del progreso.
Nietzsche, uno de mis personajes ficcionales preferidos, quién me hubiese escupido e injuriado tan pronto como le llamase "preferido" pero quizás también me hubiese perdonado en función de haberlo llamado personaje ficcional, se mostró abiertamente hostil en contra del idealismo y de los idealistas. Los denunciaba de ambaucadores, de enfermos incurables. Seguramente porque los conocía perfectamente. Quizás porque él había "nacido" siendo uno de ellos y su vida y su obra no fueron otros que el relato de su épico intento por librarse de su condición. Ergo su relativismo, su existencialismo, su llamado a poner los huevos sobre la mesa y bancarsela, a ser más que el otro y cortarla con el llanto.
Pero me estoy yendo. No quería hablar de Nietzsche. Mucho menos sugerir que yo, que lo tengo por referente, he transitado caminos en algún punto analógicos. Ni en pedo. No hay falsa modestia o un grito narcisista encubierto tras cosmético. Esta vez no. Lo juro.
Por el contrario, lo que me impulsó a sentarme a escribir nuevamente no fue el rechazo de lo que fui. Para nada. Fue más bien la sorpresa que me significó no sentirme violentado al releer textos viejos en los que veo soberbia e impostura, es decir, artilugios infantiles y narcisistas, artilugios que rompen incluso con cualquier idealización que propios o extraños pudieren ser proclives a realizar. Enhorabuena.
En otro momento de mi vida ello hubiese significado una gran vergüenza, me hubiese conducido a autoflagelarme a través de rabiosos insultos, me hubiese significado el esfuerzo de reprimir el impulso de borrar o corregir dichos textos o de salir corriendo a tratar de convencer a quienes me interesa que la idealización que proyectaba no era idealización sino realidad. Los músculos de mi cuello se hubieses contraído, hubiese sufrido.
Hoy, por el contrario, me río de mí mismo. Y no me avergüenzo. Y me genera auténtica alegría sentirme un poco más libre, beneficiario de un poco de paz que granjeé para mí y mejor preparado para encargarme de una vez por todas ya no de mis problemas conmigo mismo sino de mis problemas con el mundo.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario