A diferencia de ésta, sin embargo, la casa se encontraba en la pampa húmeda, en las afueras de algún pequeño pueblito pampeano, y sus paredes no eran blancas sino en tonos rojizos y marrones, como si la construcción de la foto hubiese absorvido algunos de los colores que la rodeaban.
Caminaba con dirección a dicha casa sobre el suelo húmedo en el cual habían charcos aquí y allá. Era un día soleado de agradable temperatura. La mansión ocupaba una esquina y se alzaba sobre un terreno enorme, con árboles esparcidos caprichosamente, con jardines descuidados y unas precarias y viejas estructuras de madera y chapa que sorprendían en su contraste con la enorme y patricia casa. Parecía ser que las mismas servían de improvisado techo para las comidas al aire libre y para trabajar en exteriores. Sólo habían parches de cesped natural allí donde la actividad humana no hubiese erosionado el suelo.
Ingresé al terreno de la propiedad caminando hacia el fondo y a mi izquierda se encontraba una joven ocupada en algo. Mi interés sin embargo estaba centrado en una gran mesa de madera en el patio trasero, allí donde un hombre y una mujer de mediana edad conversaban, uno de cada lado de la misma pero en actitud confidente y ceremoniosa al mismo tiempo. Alcancé a entender por lo poco que pude escuchar que hablan de la casa y su valor patrimonial. Conversaban sobre las virtudes de sus características arquitectónicas y sobre como el abuelo del hombre la habría construído con sus propias manos, más en términos figurativos que literales seguramente. A continuación, ví un documento sobre la mesa que me pareció que era categórico y contundente respecto de quiénes eran los propietarios de dicha mansión: ¿¡Ariznabarreta!? me sorprendí y en simultáneo emití un "Ariznabarreta", más sopesado pero impostado que se proyectaba, por el contrario, muy natural, como acostumbrado a la idea.
Mi curiosidad me permitió sentirme legitimado a acercarme dos pasos más y ver mejor: Arrajabal Barreda. No me sorprendí ni me entristecio. Sin emoción alguna viví el desengaño.
Como aburrido y sin querer inoportunar, aproveché que no me habían hecho caso alguno y pegué la vuelta para regresar por donde había ingresado. Dí unos pasos y a medida que avanzaba me dí cuenta que me volvía a cruzar con la joven de la cual me había percatado anteriormente, sólo que ahora ella estaba de espaldas a mí, acurrucada con los brazos sobre la cabeza y ésta sobre sus rodillas. Lloraba la reciente muerte de sus padres. El hombre de mediana edad que había visto sentado en la mesa de atrás era su hermano mayor que en comparación con ella parecía muy ceremonioso y rápidamente acostumbrado a la idea de tener que gerenciar los negocios familiares. Creí que era probable que ella le indignara esa actitud y en consecuencia me permití odiarlo.
Dí dos o tres pasos más en la dirección que iba y me permití dudar. Hacía ya un tiempo que venía planteándome la necesidad de hacer lo que uno considera correcto independientemente de lo que puedan juzgar los cánones sociales, la nobleza que implica divorciarse de ellos. Lo dudé una vez dos veces tres veces bueno está bien. Me acerqué a ella, me senté sobre su derecha y muy suavemente, sin querer asustarla ni faltarle el respeto, apoyé mi mano izquierda sobre su espalda y le dije de la forma más apacible y agradable posible que todo iba a estar bien. Ella permitió al llanto florecer sin violencia, con elegancia, y a medida que lo hacía se va reclinando progresivamente hacia mi, primero a mi hombro, luego, ya sin necesidad ella tampoco de guardar la compostura ni las formas, a mi rodilla, como una niña.
Le acaricié la espalda y el cabello y traté de hablarle en tono poco patético, transmitiéndole algo de paz para que se componga, cosa que finalmente hizo.
Cuando se incorporó no eramos conocidos pero tampoco eramos extraños. Para alegrarla, no sé cómo ni por qué saqué de algún lugar un regalo para ella: se trataba de una varilla con la textura de una rama seca pero demasiado ergonómica para haber sido un producto espontáneo de la naturaleza. Ella la reconoció inmediatamente y su rostro se iluminó. "La varita de mamá" gritó sorprendida y me preguntó cómo la encontré sin molestarse en esperar respuesta alguna. La punta de la varita se encendió, chispeó y entonces ella se incorporó y corrió al interior de la mansión que había tenido siempre las puertas abiertas, hecho del cual no me había percatado hasta entonces. Sin sentido de la ubicación alguna, corrí tras ella para entender qué pasaba. Ingresamos por una puerta lateral, cercana al living y lindante con la cocina. Nos topamos con mucha gente adentro. La joven gritó algo ahogada "tenías razón mamá" y dobló a la derecha a una habitación, saliéndo de mi vista. Es entonces cuando me doy cuenta de que estaban velando los cuerpos de sus padres allí. Lo deduzco por la gente que se encontraba en el interior, por la penumbra en los rostros y por el revuelo que había generado el ingreso a la carrera de la joven. No me atreví a dar un paso más ya que ahora sí era evidente que hubiese sido imperdonablemente desubicado e incauto. Observé sin embargo como se montaba de inmediato un operativo para censurar a la joven, no por ingresar a la carrera sino por haberlo hecho con una varita. Quienes corrieron trás ella, todos familiares y/o amigos de la familia, lo hicieron con el semblante duro, sin compasión, con crueldad. Dudo aún si la escuché hablar a la madre o no, sucedió todo tan rápido que no puedo ordenar lo que sucedió en mi cabeza, pero algo en mi me pide que crea el difuso recuerdo de como la difunta madre, en medio de todos los gritos y las corridas que se escucharon, le había hablado a su hija.
El estanto, los gritos y llantos aumentaron como obra de una explosión. Ordené un poco lo que escuchaba y las luces y relampagos que veía y comprendí que una vez acorralada ella hizo uso de la magia con total ferocidad. Si las intenciones de ellos para con ella no eran pías, las de ella en consecuencia lo fueron menos. "La ley del más fuerte es más justa cuando es justa" me dije a mi mismo, pero también podría haber afirmado, a un nivel más profundo de sinceridad o con mayor licencia poética, "la justicia es más justicia cuando es violenta".
Cuando me desperté lo hice de un sobresalto. Yacía yo recostado en el suelo y su mano se encontraba en mi hombro, lugar del que ella me había tomado para sacudirme gentilmente. Me dijo que ya todo había pasado y en su rostro ocultaba una emoción que no lograba descifrar.
Traté de calmarme y pensar por qué razón me encontraba tan agitado. De a poco recordé que ella, a través de un hechizo con el cual me honró, me había colocado en el aire, me había hecho volar invulnerable por sobre los cuerpos espantados en el gran y alto living de la casona. La sensación había sido tan agradable y apacible que ya no pude centrar mi atención en otra cosa. Había gozado ajeno de todo salvo de un par de miradas sorprendidas y envidiosas que se posaron sobre mí en algún momento pero sin poder evitar regresar al concentrado goce de estar suspendido en el aire como entre algodones.
Aún elevado y onírico me permití sorprenderme sobre lo que acontecía y preguntarme sobre los resortes que posibilitaban tan augusta experiencia... Entonces, como si se rasgara un velo y a consecuencia cambiaran la iluminación sobre los objetos, sus colores y finalmente ellos mismos, así se me mostró como encandilado por un relampago todo a mi alrededor. Independientemente de la violencia de la revelación pude apreciar con nitidez que aquello que me elevaba por sobre el suelo y me mantenía invulnerable en los aires eran horripilantes y groseros demonios. Me espanté profundamente. Me sentí ultrajado y en grave peligro, asqueado con ellos y conmigo mismo. La experiencia etérea que estaba viviendo resultó ser menos pura de lo que pensaba.
Luego debo de haber perdido el conocimiento porque allí estaba con la joven de quién aún no sabía el nombre y que ahora se mostraba muy distinta a como era unos minutos atrás, no sólo anímicamente, sino también en sus vestiduras y en su andar. Casi casi como si hubiesen pasado para ella muchos años entre el momento en que me acerqué para intentar consolarla o al menos acompañarla, diez o quince minutos atrás, y este ahora que nos encontraba a los dos saliendo de su casa: a mí tomándome de la cabeza y ansioso, buscando una buena excusa para sentirme legitimado ante ella a huir espantado de allí; a ella interesada en mí y algo pretenciosa, como pesquizándome para saber hasta qué punto podía ser yo una amenaza el día de mañana.
Ella me seguía y no permitía que nos uniera el silencio. Me hablaba y me preguntaba cosas, no me daba tiempo a pensar ni a ordenar mis ideas. Tuve que esconder mi miedo. No tuve otro remedio. Sentía que de dejarlo en evidencia las preguntas se conducirían hacia ese tópico y eso me parecía extremadamente amenazante.
Caminaba con dirección a dicha casa sobre el suelo húmedo en el cual habían charcos aquí y allá. Era un día soleado de agradable temperatura. La mansión ocupaba una esquina y se alzaba sobre un terreno enorme, con árboles esparcidos caprichosamente, con jardines descuidados y unas precarias y viejas estructuras de madera y chapa que sorprendían en su contraste con la enorme y patricia casa. Parecía ser que las mismas servían de improvisado techo para las comidas al aire libre y para trabajar en exteriores. Sólo habían parches de cesped natural allí donde la actividad humana no hubiese erosionado el suelo.
Ingresé al terreno de la propiedad caminando hacia el fondo y a mi izquierda se encontraba una joven ocupada en algo. Mi interés sin embargo estaba centrado en una gran mesa de madera en el patio trasero, allí donde un hombre y una mujer de mediana edad conversaban, uno de cada lado de la misma pero en actitud confidente y ceremoniosa al mismo tiempo. Alcancé a entender por lo poco que pude escuchar que hablan de la casa y su valor patrimonial. Conversaban sobre las virtudes de sus características arquitectónicas y sobre como el abuelo del hombre la habría construído con sus propias manos, más en términos figurativos que literales seguramente. A continuación, ví un documento sobre la mesa que me pareció que era categórico y contundente respecto de quiénes eran los propietarios de dicha mansión: ¿¡Ariznabarreta!? me sorprendí y en simultáneo emití un "Ariznabarreta", más sopesado pero impostado que se proyectaba, por el contrario, muy natural, como acostumbrado a la idea.
Mi curiosidad me permitió sentirme legitimado a acercarme dos pasos más y ver mejor: Arrajabal Barreda. No me sorprendí ni me entristecio. Sin emoción alguna viví el desengaño.
Como aburrido y sin querer inoportunar, aproveché que no me habían hecho caso alguno y pegué la vuelta para regresar por donde había ingresado. Dí unos pasos y a medida que avanzaba me dí cuenta que me volvía a cruzar con la joven de la cual me había percatado anteriormente, sólo que ahora ella estaba de espaldas a mí, acurrucada con los brazos sobre la cabeza y ésta sobre sus rodillas. Lloraba la reciente muerte de sus padres. El hombre de mediana edad que había visto sentado en la mesa de atrás era su hermano mayor que en comparación con ella parecía muy ceremonioso y rápidamente acostumbrado a la idea de tener que gerenciar los negocios familiares. Creí que era probable que ella le indignara esa actitud y en consecuencia me permití odiarlo.
Dí dos o tres pasos más en la dirección que iba y me permití dudar. Hacía ya un tiempo que venía planteándome la necesidad de hacer lo que uno considera correcto independientemente de lo que puedan juzgar los cánones sociales, la nobleza que implica divorciarse de ellos. Lo dudé una vez dos veces tres veces bueno está bien. Me acerqué a ella, me senté sobre su derecha y muy suavemente, sin querer asustarla ni faltarle el respeto, apoyé mi mano izquierda sobre su espalda y le dije de la forma más apacible y agradable posible que todo iba a estar bien. Ella permitió al llanto florecer sin violencia, con elegancia, y a medida que lo hacía se va reclinando progresivamente hacia mi, primero a mi hombro, luego, ya sin necesidad ella tampoco de guardar la compostura ni las formas, a mi rodilla, como una niña.
Le acaricié la espalda y el cabello y traté de hablarle en tono poco patético, transmitiéndole algo de paz para que se componga, cosa que finalmente hizo.
Cuando se incorporó no eramos conocidos pero tampoco eramos extraños. Para alegrarla, no sé cómo ni por qué saqué de algún lugar un regalo para ella: se trataba de una varilla con la textura de una rama seca pero demasiado ergonómica para haber sido un producto espontáneo de la naturaleza. Ella la reconoció inmediatamente y su rostro se iluminó. "La varita de mamá" gritó sorprendida y me preguntó cómo la encontré sin molestarse en esperar respuesta alguna. La punta de la varita se encendió, chispeó y entonces ella se incorporó y corrió al interior de la mansión que había tenido siempre las puertas abiertas, hecho del cual no me había percatado hasta entonces. Sin sentido de la ubicación alguna, corrí tras ella para entender qué pasaba. Ingresamos por una puerta lateral, cercana al living y lindante con la cocina. Nos topamos con mucha gente adentro. La joven gritó algo ahogada "tenías razón mamá" y dobló a la derecha a una habitación, saliéndo de mi vista. Es entonces cuando me doy cuenta de que estaban velando los cuerpos de sus padres allí. Lo deduzco por la gente que se encontraba en el interior, por la penumbra en los rostros y por el revuelo que había generado el ingreso a la carrera de la joven. No me atreví a dar un paso más ya que ahora sí era evidente que hubiese sido imperdonablemente desubicado e incauto. Observé sin embargo como se montaba de inmediato un operativo para censurar a la joven, no por ingresar a la carrera sino por haberlo hecho con una varita. Quienes corrieron trás ella, todos familiares y/o amigos de la familia, lo hicieron con el semblante duro, sin compasión, con crueldad. Dudo aún si la escuché hablar a la madre o no, sucedió todo tan rápido que no puedo ordenar lo que sucedió en mi cabeza, pero algo en mi me pide que crea el difuso recuerdo de como la difunta madre, en medio de todos los gritos y las corridas que se escucharon, le había hablado a su hija.
El estanto, los gritos y llantos aumentaron como obra de una explosión. Ordené un poco lo que escuchaba y las luces y relampagos que veía y comprendí que una vez acorralada ella hizo uso de la magia con total ferocidad. Si las intenciones de ellos para con ella no eran pías, las de ella en consecuencia lo fueron menos. "La ley del más fuerte es más justa cuando es justa" me dije a mi mismo, pero también podría haber afirmado, a un nivel más profundo de sinceridad o con mayor licencia poética, "la justicia es más justicia cuando es violenta".
Cuando me desperté lo hice de un sobresalto. Yacía yo recostado en el suelo y su mano se encontraba en mi hombro, lugar del que ella me había tomado para sacudirme gentilmente. Me dijo que ya todo había pasado y en su rostro ocultaba una emoción que no lograba descifrar.
Traté de calmarme y pensar por qué razón me encontraba tan agitado. De a poco recordé que ella, a través de un hechizo con el cual me honró, me había colocado en el aire, me había hecho volar invulnerable por sobre los cuerpos espantados en el gran y alto living de la casona. La sensación había sido tan agradable y apacible que ya no pude centrar mi atención en otra cosa. Había gozado ajeno de todo salvo de un par de miradas sorprendidas y envidiosas que se posaron sobre mí en algún momento pero sin poder evitar regresar al concentrado goce de estar suspendido en el aire como entre algodones.
Aún elevado y onírico me permití sorprenderme sobre lo que acontecía y preguntarme sobre los resortes que posibilitaban tan augusta experiencia... Entonces, como si se rasgara un velo y a consecuencia cambiaran la iluminación sobre los objetos, sus colores y finalmente ellos mismos, así se me mostró como encandilado por un relampago todo a mi alrededor. Independientemente de la violencia de la revelación pude apreciar con nitidez que aquello que me elevaba por sobre el suelo y me mantenía invulnerable en los aires eran horripilantes y groseros demonios. Me espanté profundamente. Me sentí ultrajado y en grave peligro, asqueado con ellos y conmigo mismo. La experiencia etérea que estaba viviendo resultó ser menos pura de lo que pensaba.
Luego debo de haber perdido el conocimiento porque allí estaba con la joven de quién aún no sabía el nombre y que ahora se mostraba muy distinta a como era unos minutos atrás, no sólo anímicamente, sino también en sus vestiduras y en su andar. Casi casi como si hubiesen pasado para ella muchos años entre el momento en que me acerqué para intentar consolarla o al menos acompañarla, diez o quince minutos atrás, y este ahora que nos encontraba a los dos saliendo de su casa: a mí tomándome de la cabeza y ansioso, buscando una buena excusa para sentirme legitimado ante ella a huir espantado de allí; a ella interesada en mí y algo pretenciosa, como pesquizándome para saber hasta qué punto podía ser yo una amenaza el día de mañana.
Ella me seguía y no permitía que nos uniera el silencio. Me hablaba y me preguntaba cosas, no me daba tiempo a pensar ni a ordenar mis ideas. Tuve que esconder mi miedo. No tuve otro remedio. Sentía que de dejarlo en evidencia las preguntas se conducirían hacia ese tópico y eso me parecía extremadamente amenazante.

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