Ardían en la pira ya algunos objetos. La noche era levemente
fresca y el viento venía cargado del perfume de algunos árboles en flor. Sobre
la tarima de los rituales se encontraba un manto blanco, ajado y aparentemente
sacro, y sobre él se encontraban esparcidas hojas y hierbas secas, fijas bajo elaboradas y geométricas runas
talladas en piedra.
Quien habría de ejecutar el ritual era un hombre algo entrado en canas,
de ojos desorbitados y respiración agitada. Si bien nadie lo retenía, se
comportaba preso de la ansiedad del recluso y todo su cuerpo lo manifestaba.
Una muchedumbre expectante se encontraba allí reunida hacía
ya algún tiempo y su comportamiento comenzaba a cambiar. Era evidente que había llegado la
hora.
El grave y rítmico impacto en un instrumento de percusión
marcaba el inicio, propiciando la atmósfera esperada. Las sombras se movían
nerviosas por doquier. El viento agitaba las llamas ubicadas en cada uno de los
puntos cardinales por fuera del radio en el cual se ubicaban todos. En el
centro, junto a la tarima, ardía la pira del Ritual.
La muchedumbre se apartó de un extremo y caminando
torpemente, sucia y algo atontada por el que seguramente habría sido un cruento
cautiverio preparatorio, apareció la criatura. El elegido para ejecutar el
ritual comenzó a sollozar. Sus ojos se cargaron de lágrimas. Expelía aire por
su boca pastosa y rebosante de mucosidad. Intentó verbalizar algo y sólo salió
un grito. Los primeros pasos fueron tímidos pero luego ganaron decisión. La
alzó en brazos y la abrazó contra su pecho como si quisiera meterla dentro de
él. Falló.
Observó a su alrededor espantado pero finalmente obedeció al
mandato y acercó a la criatura a la tarima, a la vez que la cubría de besos y
lágrimas. Dos o tres voluntarios la arrancaron de sus brazos y
la presentaron sobre la misma. Con especial cuidado ataron sus extremidades, las
piernas juntas y algo flexionadas, los brazos abiertos. Luego fijaron la cabeza
de costado, mirando hacia la derecha. Una mujer, cubierto su cuerpo con numerosos
ornamentos, todos ellos predominantemente oscuros, se acercó hasta el hombre con
los dos brazos extendidos, presentándole la faca.
Titubeó y miró rápidamente alrededor, en balde, lo sabía,
pues no habría de encontrar en esas caras lo que buscaba. Furioso, entonces,
tomó la faca desafiante con su mano sudorosa. Se acercó lentamente a la tarima
y sus ojos eran ahora manantiales de liquido hirviente, su pecho un estertor
tras otro.
-
¡Hazlo ya!
– gritó bienintencionado un amigo. – Hazlo
de una vez que es por el bien de todos.- No. No puedo. No puedo creer esto. Es más fuerte que yo... No puedo. – y su llama vital que parecía apagarse.
- ¡Hazlo de una vez! – gritó otro, más animosamente.
- ¡Cagón!
El murmullo, que se había reducido sustancialmente hacía
unos momentos, volvía ahora a adquirir la vitalidad y la profundidad que había
tenido el resto de la noche.
Los ojos de la muchedumbre decían muchas cosas. Algunos hablaban
de desaprobación, otros sentían empatía por su dolor pero le exigían coraje, también había quienes gozaban descaradamente con el espectáculo. Entre los rostros, también
estaban ellas, tanto o más expectantes que los demás.
- -
¡La puta
que los parió a todos, hijos de mil puta! – gritó afónica y desgarradamente
el hombre, acentuando la oclusión de cada P de forma tal que parecían explosiones
furibundas en el proceso de erupción del volcán más temible a través del cual la Tierra haya jamás
sangrado su magma.
Otra vez las caras de desaprobación. Otra vez el murmullo. Mas ahora, la lástima se hacía cara en cada uno de los presentes. La
lástima y la crispación.
- - Por favor,
macho, es hora de que te hagas hombre. Déjalo ir. Es lo mejor para todos.
La criatura sollozaba, asustada y aún más atontada que antes. Las
drogas suministradas no eran lo suficientemente fuertes como para que estuviere inconsciente al momento del sacrificio, pero a los ojos de los entendidos cumplían su función
satisfactoriamente.
El hombre gritaba y
vituperaba. Los maldecía a todos y a sí mismo. Sentía que sus piernas cederían
en cualquier momento y que terminaría en el piso, o acuchillando a alguno de
los presentes, o así mismo, no lo sabía.
-
¡Hazlo, hazlo ya, necio, hazlo de una vez!
En un nuevo grito, aún más gutural y tensionado que los
anteriores, el hombre tomó por un hombro a la criatura y con su otro brazo atravesó el torso de una estocada impiadosa, sucia y violenta. Aún sujetándola, tiró con la hoja de la faca hacia
afuera, desgarrando la carne, quebrando huesos, destrozando su anatomía.
La muchedumbre se dividió entre el júbilo de quienes veían
finalmente alcanzado el clímax de la ceremonia y el espanto de quienes
esperaban mayor elegancia y más dominio de la situación por parte del ejecutor, la mayoría entre estos últimos, por cierto.
Él se indignó.
-
¿Están contentos ahora, hijos de puta? ¿Están
contentos?
Su efusividad cedió, y con él la fortaleza de sus piernas.
Su cuerpo estaba cubierto de sangre. El manto blanco veía avanzar decidida una
fiebre roja, que se convertía en salpicaduras tibias al concluir su derrotero e
impactar en el suelo.
Se acercó un amigo a levantarlo, tomándolo del brazo. En un
nuevo arrebato de cólera, quien tuviere que ejecutar el rito se abalanzó sobre
él y le propinó dos o tres golpes, sucios también, pero lo suficientemente duros como
para que quienes intentaran separarlos se aseguraran antes de contar con la superioridad numérica necesaria como para anularlo.
- Todos a sus casas, que en breve comienza el día y con él las labores cotidianas. – gritó el líder de la comunidad a la muchedumbre y todos obedecieron.
- Todos a sus casas, que en breve comienza el día y con él las labores cotidianas. – gritó el líder de la comunidad a la muchedumbre y todos obedecieron.
Los mismos individuos que habían atado a la criatura a la
tarima para fijarla antes ahora la encajaban como podían a una pica. Esa pica
estaría clavada por tiempo indeterminado frente a la casa del ejecutor, no
sólo para alimentar a los cuervos, también para formar carácter en él y
obligarlo a avanzar.
El amigo que había sido golpeado, se volvió a acercar, esta
vez sin cometer el error de entablar contacto físico coercitivo alguno.
-
Perdoname. – le dijo.- Perdoname vos a mí. – respondió.
Caminaron un par de pasos más, alejándose de la muchedumbre.
-
¿Cómo hacer de ahora en más para no ver el
rostro de la criatura en cada una de ellas?
- ¿Quién dijo que no tenías que verlo?
- ¿Cómo hago?
- No sabría decirte, la verdad es que no sé si puede. Tampoco sé si no es necesario que así sea.
- ¿Quién dijo que no tenías que verlo?
- ¿Cómo hago?
- No sabría decirte, la verdad es que no sé si puede. Tampoco sé si no es necesario que así sea.
Caminaron un par de pasos más y detuvieron la marcha. Luego
se abrazaron y lloraron.
Iba a llover y ello
no era necesariamente malo. El agua lavaría la sangre que nutriría la tierra
que germinaría las semillas que se convertirían en árboles que cargarían los vientos
de primavera de dulce perfume.
-
Las tragedias no tienen existencia propia, son sólo subjetivas. Basta con
salir de tu aquí y tu ahora para poder reírte con total franqueza de esta gran
comedia, de tu rol en ella, de los gestos serios y afectados, los propios y los ajenos. No dejes de intentarlo y vas a ver que en algo te
reconforta. No dejes de hacerlo y vas a ver que nada es tan grave y que la vida
sigue. Vas a estar bien. Tenete fe.
1 comentario:
wow, volviste...
voy a necesitar algo de tiempo para ponerme al día!
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