Desconfío del silencio interno. Me hace bien,
me es placentero, me genera sosiego y finalmente puedo suspirar en paz. Pero
luego de tanto dolor, luego de transitar durante tantos meses el infierno, con
muchos duelos aún por delante, con la certeza de que el mismo tan sólo ha
comenzado, pero además, con esa predisposición tan mía a la nostalgia, ese
apego a las idealizaciones y, sí, mi romanticismo autoindulgente por
estandarte, siento que cuento con los atributos de personalidad que van a
condicionar la regurgitación de las pequeñas muertes y agonías. En función de
todo ello, el silencio interno podría ser, francamente, tan solo un recurso
literario al que ha hechado mano el autor del guión, para generar atmósfera, para
propiciar la emergencia de la tensión que exaspera a quién atestigua y a quién
viste, por el gozo de quién dispone a voluntad de los elementos que habrán de
dar lugar al momentum, aquel en el que el dolor se recicla y aparece maduro,
como una flor sombría y bella, irresistible, como una caprichosa manifestación
de la vida que se yergue orgullosa y perfecta sobre las agonías pretéritas de las cuales se
nutre. ¡Cuántas muertes debieron ser soportadas
para que esta hermosa flor sea!, podría decir cualquier testigo imparcial al
embelezado observarla. Y qué importa que
la misma se alce al cielo a costa de dolor, muerte y descomposición. Poco
importa que insectos ciegos y viscosos, lo mismo que el amargo moho, sean
condición necesaria de su existencia. Sólo sé que esta flor es un milagro. Y el
mérito de su belleza bien vale cualquier precio, cualquier sufrimiento.
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Comienza el nuevo día.
El
sol asciende impostergable y su halo áureo todo lo ilumina; el manto
oscuro, furtivo, retrocede y se encienden los colores, se despereza la
vida. El húmedo y frío rocío, a cuenta del calor, lentamente se disipa y en onduladas olas
ascendentes se da a la fuga.
De
pie, orgulloso y vulnerable, enciendo un cigarrillo de cara a
Amateratsu. Le ofrendo el primer te amo del día. Inspiro profundamente y
observo con placer el tono dorado de las nubes más difusas ubicadas en naciente. Expiro vigorosamente y me mentalizo por hacer de este también
otro día menos, otro paso más.
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¿Qué sentido regresar el tiempo cuando aún
nos queda el mañana? ¿Cuán astuto desenmarañar el pasado si no al servicio de
la alegría por venir? ¿Quién quisiera anclarse al pasado y despreciar a los
vientos y a la mar y refrenar al ímpetu viajero, privándole de sensualidad,
despreciando la oportunidad, la del encuentro, la del afecto, la de los besos,
cuando es claro que la tormenta y la tiesa bóveda celeste no son sino una y la
misma cosa, variables impuestas y veleidosas que el espíritu alegre habrá
siempre de saber amar?
¿Qué sentido llorar un llanto si no se llora
con afán telúrico, si no se lo llora para regar el cuerpo que se aferra a la
esperanza, aceptando con templanza, comprendiendo que el esfuerzo no es en
balde, no es estéril, no es un transe penitente? Por el contrario, resulta
evidente que se trata de una chance, de un umbral, de tan solo un estadio más
para que germinen nuevos frutos, nuevas flores, para transitar nuevos aprendizajes, para agradecer
por lo vivido, para reconocer lo por vivir. El llanto es oportunidad, es fertilizante, es
lechosidad que brota y que alimenta al corazón, que si lo digiere, si lo
acepta, habrá de crecer fuerte, habrá de latir macho, habrá de amar aún más.
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