Si bien el jardín era lo suficientemente grande y la fiesta estaba lo suficientemente concurrida como para que no tuvieren que cruzarse más que para decir hola y sonreir cordialmente un par de veces, y si bien había pasado ya un tiempo prudencial como para que cada uno aceptara su parte y pudiere seguir adelante sin más que un vago sentimiento de nostalgia y el recuerdo difuso de un fracaso y de un cariño, Mauro decidió afrontar momentaneamente el tumulto interno y ausentarse a un lugar apartado. La luna llena brillaba serena en un profundo, limpio y azulado cielo. Complices se agrupaban cientas o miles de estrellas, mucho más intensas y vívidas en aquel lugar, apartado de los asentamientos urbanos y su contaminación lumínica. Se dirigió a un punto cercano al arroyo, a aquella pendiente donde imperaban los sauces llorones y el canto amatorio de una cantidad indecible de insectos, allí donde la magia de la luna preñaba todo de un regio argento.
Con las manos en los bolsillos del pantalón y la cabeza levemente alzada, observaba a la luna y pensaba en Endimión, aquel mortal, nieto de Eólo, que enamorado de Selene dormía durante el día para amarla furtivamente, de noche, como un ladrón. O por lo menos así eligió recordarlo.
Se resistió a renegar de su suerte. Era natural y hasta necesario que se cruzaran en fiestas como esa. Era natural y necesario que enfrentara su frustración y que volviera a urgar en su propio corazón. La sanación solo sería posible y fructífera a base de enfrentar esas situaciones, con madurez, con integridad, con aplomo y valentía.
Era una hermosa noche de Febrero. El calor intenso del día había cedido y ahora se estaba a gusto. El aire en el campo siempre había sido de su agrado y esa noche aún más. Inspiraba profundamente y sus pensamientos parecían deslizarse como si respondieran a una nostálgica canción, la balada del amor que no fue pero que aún es.
En un momento se sintió observado desde atrás y se puso tenso. Marina había dudado largamente si acercarse a hablar con él o respetar su momento. También había considerado que esa irrupción podía llegar a confundirlo. Peor aún, podría dar que hablar al resto de los invitados y a quienes la acompañaban. Finalmente había respondido al llamado, con una osadía no propia de ella, no en este tipo de circunstancias. Hacía ya un tiempo que se sentía dueña de sí y hacía gala de su valentía. Antes de que él se diera vuelta, con un tono que buscaba ser tranquilo y amistoso, objetivos que logró exitosamente al punto que Mauro hubiese jurado que tras ella Eólo suspiraba tiernamente una bocanada cargada de sedosos pétalos, Marina le dijo Hola.
Mauro viró sin mover sus piernas para devolver el saludo e inmediatamente volvió sobre sí, sus ojos guarecidos en el tibio resplandor de la luna. Ella estaba hermosa, con el pelo parcialmente suelto que caía ondulado sobre sus hombros, vistiendo un hermoso y holgado vestido que permitía gozar de la desnudez de sus hombros. Trató de contener el estrimecimiento que le generaba su belleza, indivorciable hoy de la prohibición de la caricia, del abrazo amoroso. ¿Cómo andás? le preguntó él, anticipadamente, tratando de tener algo de control o procurando evitar dejar en evidencia cuánto le había perturbado que se hubiese acercado, algo que de alguna manera no se había atrevido a desear más por cobardía y por voluntad de autopreservación que por no hacerlo con cuerpo y alma.
Ella se acercó y se puso a su lado, de cara a la luna y su reflejo en el arroyo. Encendió un cigarrillo y cruzó su brazo izquierdo sobre su pecho, de forma tal que con él sostenía su codo derecho para que dicho brazo permaneciera erguido, alto en el cielo, sosteniendo una estrella roja y humeante. Mauro acababa de apagar uno pero decidió encender otro. Un poco porque seguramente disfrutaría más de este, el compartido, con ella. Otro poco para esconderse tras él.
Conversaron un par de minutos, sobre cuestiones triviales, sobre las familias y los afectos de uno y otro lado, sobre lo concurrida que estaba la fiesta y cuán ideal era la noche para una celebración de esas características. Eventualmente comenzaron a conversar sobre el duelo, sobre los propios proyectos, sobre las dificultades que uno y otro tenían. Mauro confesó extrañarla. Y lo confesó tanto para ella como para sí. Ella no supo que responder. Tan solo sonrió.
Sus ojos se humedecieron y comenzaron a brillar como dos voluminosas y tiritantes estrellas en el firmamento. Ella se acercó y le acarició el rostro, limpiando maternalmente sus lagrimas tan pronto desbordaron. Tomó una de sus manos y le sonrió. Le dijo algo. Palabras de aliento, una pequeña humorada de la cual rieron los dos, descomprimiendo la seriedad propia de la congoja. Luego de un hermoso silencio compartido que duró sólo unos segundos pero que fue más intenso que los últimos cinco o seis meses vividos ella dijo Me tengo que ir.
Entiendo, dijo él, concediendo. Andá, agregó.
Marina tomó ahora también su otra mano y acercó ambas a su rostro. Las besó tiernamente y sin soltarlas aún lo miró a los ojos. Te amo, le dijo. Luego las soltó y sonrió, más bella que nunca, como Artemisa. A continuación, viró y comenzó el ascenso, el camino de regreso. Él, suspiró. Lo sé, pensó. Como también sabía que el amor que uno y otro se profesaban era de naturalezas absolutamente disímiles. Volvió a introducir sus manos en sus bolsillos, volvió a guarecerse en la platinada y vívida luna, sus ojos se cargaron de candente humedad otra vez. Y a viva voz, en un tono profundo y sincero, dijo finalmente Yo también te amo, bebé.
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