21.1.13

Raíz

Violencia es mentir

No sin sorpresa, identifico un elemento común, un paralelismo entre la ex pareja y el progenitor, en la ontología del vínculo que une. Un paralelismo algo forzado, quizás. Un paralelismo que responde a este momento en particular, quizás. Un paralelismo que se ve enraizado en traumas lejanos y deformados por los avatares de mi vida y que sirve de resorte a través del cual busco evadir responsabilidad, quizás. Y digo quizás, porque es probable que dicho paralelismo responda a la necesidad de externalizar culpas. Pero incluso si fuese así, es pertinente preguntarse hasta qué punto no hay coraje detrás de un estratagema semejante. Porque es verdad que el mismo intenta, con torpeza y no exento de cierta nobleza, ser un mecanismo de defensa, un artilugio ideado para sobrevivir, para hacer asible lo inasible, para que el espanto tome forma, se materialice y finalmente pueda ser atacado, enfrentado, comprendido, digerido.
El elemento común denunciado, aquel que se hace inteligible y más evidente a medida que lo pienso, es el abandono.
¿Cómo se quiere a sí mismo el sujeto abandonado? ¿A qué recursos hecha mano un ser humano para sobrevivir a la convivencia con el abandono? ¿A la soberbia, a la introspección, a la consecución de méritos que simbolicen la limosna de la aprobación o de la propia reivindicación? 
Probablemente a todos ellos, por lo menos en mi caso.

Mi autoestima está destrozada.

- Los pies sobre la tierra! Los pies sobre la tierra!
Y aparentemente desconectado, desvinculado, una incongruencia, o quizás no, el astronauta continúa:
- Eso ya se terminó!

Y a continuación, el reclamo, lícito:
- Hacete cargo, boludo, treinta años. Hacete cargo.

Los mazazos en la cabeza no vienen desprovistos de efectos que, en función del escenario y sólo a posteriori, pueden ser concebidos como beneficiosos. Es verdad que a los reclamos los intuía. Es verdad que para mí la farsa condescendiente venía preñada de un zumbido, de un rumor insoportable. Es verdad que en algún punto la sinceridad brutal me dignificó. Si me preguntasen ahora, afirmaría sin titubear que es preferible una verdad inmisericordiosa a la condescendencia que dificilmente se sostiene de sí y que en consecuencia es rica en dudas y miedos, ya que la misma, en definitiva, conlleva a una mayor alienación, a una mayor desconexión, a una sensación más definitiva de soledad.
Un mazazo en mi cabeza y estoy en shock.
Un mazazo en mi cabeza y no discuto su sentido de la oportunidad ni tampoco su necesidad. Quizás sirva mucho. Me encantaría que fuese así.

El dolor sigue siendo indecible. Pero por primera vez en algún tiempo me siento protegido, acá adentro, por algo. Siento que hay paredes que protegen.

Este texto quizás sea injusto. Es probable que me arrepienta de haberme desnudado hasta estas profundidades, las profundidades amorfas y caprichosas de lo evanescente, de lo incomprensible, de lo que de ninguna manera puede ser expresado en términos taxativos, los únicos que existen. Pero también es verdad que responde a la belleza poética del acto de justicia que acabo de exaltar, el acto digno de la verdad cruda y arrepentible.

Si me preguntan hoy, prefiero que me insulten genuinamente a que me ignoren, a que me abandonen. Hay más violencia en la mentira o en la falsa piedad que en el puente que se alza entre los dos sujetos que se agravian movidos por la sinceridad, ese acto de amor.

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