20.3.14

Amor propio

A ver. Está claro que no es fácil. Está claro que si las cosas fuesen como uno quisiera los dolores serían menores (como cosquillas), que las angustias serían ridículas y el desaliento se reduciría a una emoción extraña, prácticamente desconocida. Pero también está claro que la vida es maravillosa y que siempre hay revancha, que siempre hay motivos para pelear, que el amor sigue siendo un objetivo hermoso, un combustible incansable. ¿Realmente es tan difícil aceptar que bien vale las penas atravezadas sentirte un sujeto más pleno, cada vez? Pleno desde la aceptación de lo que no sos y te falta, pero también desde la celebración de lo que sí sos y tenés para dar. Ser padre, poeta, fanático, sensible, pasional, idealista... ¿Te parece poco? Y no me mires con esa cara. No reniegues de tu egolatría, de los destellos ocasionales de narcisismo. Los necesitás. Y no está mal que suenen tus alarmas, no está mal que con cautela comprendas que son indicios de un amor propio conflictuado y torpe. Pero es que justamente es ahí donde estás parado, ¿entendés?. Te debés a la tarea de erguirte y difícilmente puedas hacerlo de otra manera. Dejalo ser. 

Sabés lo importante. Durante años renegaste de la angustia de no encontrar sentido. Querías encontrar un sentido que atravesara tu vida y la confiriere de epicidad. Querías ser el héroe de una historia imposible y significativa, de una historia que estuviere signada por la pétrea imposibilidad y los obstáculos por un lado, y el más obstinado afán de trascendencia y de entrega por otro. Querías ser héroe. Querías ser príncipe. Querías ser padre. Querías que tu presencia no fuese vacía, que tu aporte a este mundo fuese celebrado, imprescindible, necesario, que arrojara como saldo justicia, belleza y dignidad. Lo rogabas. Rogabas esa posibilidad. Y te sentías miserable al entender que sentido y sentido del deber no son lo mismo. Que el primero atraviesa todo impulsado por el amor, que el segundo es tan sólo un gesto mecánico y poco osado que persigue una idealización, que no un ideal. Te sentías miserable porque te reconocías como un soldado con sentido del deber, pero un rōnin, una suerte de mercenario, un cuerpo sin alma. Ahora, decime... ¿te sentís así hoy? ¿No sentís que te sobran los motivos? Y no me refiero tan sólo a la deuda moral contraída por lo que has recibido en una vida que desde el principio te tuvo por beneficiario del amor de unos padres gigantes y mucha gente hermosa. Me refiero además por el hecho de haber hecho piel el derecho a un futuro pleno y feliz, a un camino digno y vibrante. 

Querido, no me mires así. Lo sé. Te falta un montón. Seguís rebelándote al mandato de categorías arraigadas, esas que te condicionan a cuestionar ciertas alegrías como si se trataran de premios consuelo y fueres la decadencia que trata de contentarse con lo que le toca, por el simple afán de sobrevivir. Pero no le aflojes. Creeme que no venís mal. Creeme que es cuestión de que te liberes de una vez por todas de la culpa, la propia y la ajena. Que dejes de castigarte por haber elegido la vida. Que logres perdonarte ser humano, loco y delirante. Que te permitas celebrar con plenitud tus alegrías, más allá de la mirada y el juicio de terceros. Que te salgas del mandato de ser modelo de nada que no sea de vos mismo, del genuino y sencillo hombre que sueña en grande, sí, pero que no es esclavo de esos sueños. Que logres ser el hombre que no vive al amor como una cruz sino aquel que vive porque ama. 

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