Es sólo una cuestión de perspectiva histórica, que reduce y simplifica lo complejo para hacerlo entendible en el marco de nuestra naturalmente limitada condición de animales racionales. Somos simultáneamente ese cometa que ora es un bebé lactante, ora un rumiador con la mirada puesta hacia atrás, trabajando en el balance y la reconstrucción de una narrativa que se nutre de las varias décadas transitadas y sus frutos. Somos y hemos sido infinidad de sujetos sucesivos. Pequeñas variaciones. Una sucesión de fotogramas que emiten destellos, fogonazos, chispazos, y con ello, dan lugar a nuevos y distintas versiones de nosotros mismos. Todos convencidos y empecinados en sostener el necesario axioma epistemológico: “Pienso, siento, deseo, y en consecuencia existo. Todo lo que me antecede ha sido montado, por mí o por un ente superior, para que hoy decida, sienta, disfrute, o transite las pasiones que me tocan y que elijo.”.
Sin embargo, detrás de todo el espectáculo montado y tejido en la maraña caprichosa del entramado del tiempo y el espacio, intuimos lo que existe y no perece, no se corrompe, no deja de existir nunca.
Las fugaces intuiciones que nos permiten ver aquello que existe de verdad, nos hablan del amor, de los vínculos, de nuestros afectos. Ellos no perecen nunca. Ellos existieron siempre, incluso antes de que el tiempo y la circunstancia nos hayan permitido “reconocerlos”. Ellos seguirán ardiendo como un fuego divino que abriga, ilumina e inspira, incluso cuando las órbitas que parecieran alejarnos a los unos de otros en este transitar lineal de nuestra experiencia humana pongan una distancia insalvable entre nosotros. Porque ojo, no hay eterno retorno. Lo que hay es un eterno existir y un muy lineal, terrenal y engañosamente superficial discurrir. Basta mirar con el corazón para darse cuenta.
Las fugaces intuiciones que nos permiten ver aquello que existe de verdad, nos hablan del amor, de los vínculos, de nuestros afectos. Ellos no perecen nunca. Ellos existieron siempre, incluso antes de que el tiempo y la circunstancia nos hayan permitido “reconocerlos”. Ellos seguirán ardiendo como un fuego divino que abriga, ilumina e inspira, incluso cuando las órbitas que parecieran alejarnos a los unos de otros en este transitar lineal de nuestra experiencia humana pongan una distancia insalvable entre nosotros. Porque ojo, no hay eterno retorno. Lo que hay es un eterno existir y un muy lineal, terrenal y engañosamente superficial discurrir. Basta mirar con el corazón para darse cuenta.
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