4.5.24

La espera

Los duelos son embarazos que se gestan en la mente. Son procesos inabortables.

Prolijamente vestido, perfumado, con un saco abrigado en tonos marrones y beige, y una gorra escocesa, aguardaba en el umbral de la puerta luego de haber llamado con suave firmeza en la mañana otoñal. La calle se vestía de tonos aureos al atravesar el sol los árboles y sus copas doradas. El frescor de la mañana mordía su rostro y sus manos, pero esa generalmente era una sensación bienvenida. 

Se oyen pasos dentro, que se arriman a la puerta. Finalmente se abre.

- No.

Es lo que oye. Esas mismas palabras expresan un rostro contrariado.

- Hoy no es.

Un texto de Kafka que viene a la cabeza. La del hombre que aguardaba en la recepción frente a la puerta de "El Proceso". Esa puerta que nunca se abrió para él, quizás porque él nunca decidió abrirla, o quizás fue eso lo que le dijeran sobre el final para hacer más absurda la resignificación de toda su espera.

Una tras otras, puertas cerradas, expectativas, esperas en balde.

Una tras otras, instancias en las que se interpretan ridiculas ceremonias en las que se asiste a horario, con un aura de paciencia y buena predisposición, para nada y por error propio.

El proceso es el comienzo del duelo, aquel en el que el afán de jugar bien las propias cartas, interpretar con displicencia y elegancia el propio rol de individuo que aguarda el reconocimiento por parte de terceros de la dignidad que considera que objetivamente merece. Pero la dignidad es otra cosa. No es al algo que nace del reconocimiento de terceros.

Allende el absurdo, la farsa develada, no hay enojos, no hay reproches, no hay llanto por el tiempo perdido. Quizás sí, un poco, malestar por no haber aprendido la lección anteriormente. Por exponerse.

En fin. A cambiarse con prendas más cómodas y a salir a transitar las calles.

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