Nunca le di mucha bola al tema de los horóscopos, y en general, si bien siempre me pareció interesante en el sentido en que puede serlo un mito o una rara creencia popular sustentada en la tradición, nunca me interioricé mucho en el tema. Pero cada tanto, quizás porque significa para mí un vínculo con mi abuela materna, levanto la oreja y escucho algún comentario que se deja escuchar. Lo cierto es que éste año, justo antes de que se celebrase el año nuevo chino, alguien me comentó una vez acaecido el mismo, entraríamos en la fase del "perro", es decir, la mía, y que por lo tanto, sería un año muy beneficioso para mí.
Y así ha comenzado.
Pues comencé finalmente la licenciatura en Filosofía y me siento tan a gusto como nunca me sentí con respecto a nada. Claro, tanto entusiasmo quizás parezca natural cuando recién concluyo mi segunda semanita de los que serán mínimo cuatro años. Es natural pensar que hay mucha autosugestión, mucho anhelo e idealización que con el correr del tiempo y sin falta de decoro habrán de ir mermando, apagándose, atenuándose. No lo sabemos. Es más, suena a argumento convincente. Sin embargo cuando veo los sucesivos cerros y las mastodónticas montañas, entendiendo por estos a filósofos y disciplinas, hasta cuya cima debo intentar llegar, para luego descender en pos un nuevo y diferente desafío que superar, la excitación es tal que, considerando que habrá de avivarse cíclicamente, es difícil que no me encuentre siempre tan contento cursando una materia en Puán.
Esperaba que fuese sólo cuestión de un tiempo cursando para que en mí comenzaran revoluciones tales como la que me significaron leer algún texto de Sartre - allá un tiempo atrás - o Schopenhauer no hace mucho. Y en la voz de Graciela E. Marcos, a cargo de la cátedra de Historia de la Filosofía Antigua, Heráclito develó ante mis ojos una crisis - sí, una más - que en mí viene agudizándose pero a la cual aún no lograba ver con total claridad. «El señor de quién hay en Delfos el oráculo no dice ni oculta nada, sólo da signos». Entonces, el análisis: Héraclito abrigaba la idea de que para llegar a la verdad nos vemos ante la necesidad de una labor interpretativa y en su convicción se expresa mediante metáforas sin siquiera nombrar a Apolo por su nombre, para en lugar de ello tan solo sugerirlo. Y esto quizás porque Héraclito haya visto la necesidad de un lenguaje oracular para que el esfuerzo intelectual de quienes eligieran ser destinatarios de su mensaje sean conducidos así al verdadero conocimiento. Pero, ¡qué hipótesis tan interesante! Claro, sí, ya sé, toda la Pedagogía habla sobre cosas por el estilo, es algo que siempre tuve presente, algo que siempre supe y sin embargo, de alguna u otra manera, ahora a ese concepto lo encuentro algo así como redefinido y asociado con mayor profundidad a cosas que me movilizan. Redescubrirlo significó algo así como toparme con un catalizador que me llevó a tejer redes donde se relacionan distintas ideas.
Muchas veces las verdades más obvias pasan por en frente nuestro y no logramos aprehenderlas. O peor aún, ni siquiera lo intentamos, pues no logran despertarnos el mínimo interés. Al reflexionar sobre esto es casi imposible no pensar en la literatura y en cómo la misma puede ser la mejor manera de recibir un mensaje, de internalizarlo, de hacerlo propio. No sé si con años de terapia hubiese obtenido mejores resultados que los que obtuve tras leer y vivir El Túnel o Rojo y Negro. El ligamen a verdades de obras como Fausto o Crimen y Castigo que de ser expuestas en tres o cuatro oraciones - cosa posible - podrían antojársele a alguien triviales, difícilmente lo sean luego que a uno lo ha unido a la obra enormes minutos de empatía con sus personajes y las tensiones surgidas de diálogos profundos hasta el hartazgo.
La literatura en sus metáforas e hipertextualidades logra crear el vínculo entre el individuo y la verdad. Logra la atracción, logra la fijación, logra la correcta y rica asimilación. Tan sencillo como decir que uno aprende más sobre la naturaleza de las cosas leyendo literatura que en un diccionario enciclopédico.
Es aquí donde llegamos al punto que al cual quería arribar. Pues muchas veces parezco ir brincando feliz en contra de la senda que podría bien conducirme a lograr un mejor eco a mi mensaje. Contento - o preso - de mi racionalismo y fiel a una obsesiva necesidad de identificar la lógica detrás de los fenómenos, es decir, lograr interpretar los aspectos formales y universales de una cosa, y no necesariamente por esto sino por mi manera de exponer aquellas conclusiones a las que llego, me condeno al fracaso al utilizar un estilo poco atractivo, más bien formal o que en todo caso procura serlo y que por ello es algo frío e impersonal y, para colmo de males, no siempre está del todo logrado.
Quizás con tiempo y no sin mucho esfuerzo pueda decidir superar mi conservadora fidelidad a mis propias costumbres y adoptar un estilo más eficiente para comunicar cualquiera sea mi mensaje.
Y así ha comenzado.
Pues comencé finalmente la licenciatura en Filosofía y me siento tan a gusto como nunca me sentí con respecto a nada. Claro, tanto entusiasmo quizás parezca natural cuando recién concluyo mi segunda semanita de los que serán mínimo cuatro años. Es natural pensar que hay mucha autosugestión, mucho anhelo e idealización que con el correr del tiempo y sin falta de decoro habrán de ir mermando, apagándose, atenuándose. No lo sabemos. Es más, suena a argumento convincente. Sin embargo cuando veo los sucesivos cerros y las mastodónticas montañas, entendiendo por estos a filósofos y disciplinas, hasta cuya cima debo intentar llegar, para luego descender en pos un nuevo y diferente desafío que superar, la excitación es tal que, considerando que habrá de avivarse cíclicamente, es difícil que no me encuentre siempre tan contento cursando una materia en Puán.
Esperaba que fuese sólo cuestión de un tiempo cursando para que en mí comenzaran revoluciones tales como la que me significaron leer algún texto de Sartre - allá un tiempo atrás - o Schopenhauer no hace mucho. Y en la voz de Graciela E. Marcos, a cargo de la cátedra de Historia de la Filosofía Antigua, Heráclito develó ante mis ojos una crisis - sí, una más - que en mí viene agudizándose pero a la cual aún no lograba ver con total claridad. «El señor de quién hay en Delfos el oráculo no dice ni oculta nada, sólo da signos». Entonces, el análisis: Héraclito abrigaba la idea de que para llegar a la verdad nos vemos ante la necesidad de una labor interpretativa y en su convicción se expresa mediante metáforas sin siquiera nombrar a Apolo por su nombre, para en lugar de ello tan solo sugerirlo. Y esto quizás porque Héraclito haya visto la necesidad de un lenguaje oracular para que el esfuerzo intelectual de quienes eligieran ser destinatarios de su mensaje sean conducidos así al verdadero conocimiento. Pero, ¡qué hipótesis tan interesante! Claro, sí, ya sé, toda la Pedagogía habla sobre cosas por el estilo, es algo que siempre tuve presente, algo que siempre supe y sin embargo, de alguna u otra manera, ahora a ese concepto lo encuentro algo así como redefinido y asociado con mayor profundidad a cosas que me movilizan. Redescubrirlo significó algo así como toparme con un catalizador que me llevó a tejer redes donde se relacionan distintas ideas.
Muchas veces las verdades más obvias pasan por en frente nuestro y no logramos aprehenderlas. O peor aún, ni siquiera lo intentamos, pues no logran despertarnos el mínimo interés. Al reflexionar sobre esto es casi imposible no pensar en la literatura y en cómo la misma puede ser la mejor manera de recibir un mensaje, de internalizarlo, de hacerlo propio. No sé si con años de terapia hubiese obtenido mejores resultados que los que obtuve tras leer y vivir El Túnel o Rojo y Negro. El ligamen a verdades de obras como Fausto o Crimen y Castigo que de ser expuestas en tres o cuatro oraciones - cosa posible - podrían antojársele a alguien triviales, difícilmente lo sean luego que a uno lo ha unido a la obra enormes minutos de empatía con sus personajes y las tensiones surgidas de diálogos profundos hasta el hartazgo.
La literatura en sus metáforas e hipertextualidades logra crear el vínculo entre el individuo y la verdad. Logra la atracción, logra la fijación, logra la correcta y rica asimilación. Tan sencillo como decir que uno aprende más sobre la naturaleza de las cosas leyendo literatura que en un diccionario enciclopédico.
Es aquí donde llegamos al punto que al cual quería arribar. Pues muchas veces parezco ir brincando feliz en contra de la senda que podría bien conducirme a lograr un mejor eco a mi mensaje. Contento - o preso - de mi racionalismo y fiel a una obsesiva necesidad de identificar la lógica detrás de los fenómenos, es decir, lograr interpretar los aspectos formales y universales de una cosa, y no necesariamente por esto sino por mi manera de exponer aquellas conclusiones a las que llego, me condeno al fracaso al utilizar un estilo poco atractivo, más bien formal o que en todo caso procura serlo y que por ello es algo frío e impersonal y, para colmo de males, no siempre está del todo logrado.
Quizás con tiempo y no sin mucho esfuerzo pueda decidir superar mi conservadora fidelidad a mis propias costumbres y adoptar un estilo más eficiente para comunicar cualquiera sea mi mensaje.
2 comentarios:
Uhy, bueno...bastanta para leer, pero esta ves con tiempo y sobre todo muchas ganas. Muchas cosas de las que planteas me parecen super alegrantes (si existe esa palabra, si no it doesn`t matter). Lo de la facu...eso es buenisimo y creo que me sentiria bastante parecido en tu lugar, estudiar Filosofia debe ser un place. Es...yo lo hago aunque desde una sola materia, y me encanta. Te abre tanto! Bueno y despues me causo gracia lo de "aprehender" con H, porque ultimamente vengo oyendo mucho eso...-gracias a una insoportable compañera que la dice en todas las clases, haciendo la acotacion de que va con H!!!-
Entonces segui disfrutando, mucho, todo...si.
Beso!
Jen: ¡si supieras los problemas de retención que tengo! Por eso mismo me es importantísimo de alguna manera lograr apreHender esos conocimientos.
Publicar un comentario