3.5.07

Ascenso desde la caverna

I seize the moment to hear a story no one's telling anymore
The worlds forgotten, the words forbidden


Salgo tomándome del cuello justo donde duele e inclino la cabeza a un lado y luego al otro. Camino unos pasos y llevo el cigarrillo a la boca, inclinándome hacia el encendedor a la vez que hago un innecesario reparo con la mano izquierda. Enciendo el cigarrillo e inspiro cinematográficamente. Luego de una pausa expiro y observo espantado al humo confundirse con los gases mucho más oscuros del colectivo. Vuelvo a inspirar y me sonrió al sentir nuevamente cuan fresco y puro resulta el aire en el bosque. Empiezo a meditar sobre las razones de las puntadas que en afán crónico palpitan en mi cabeza y reparo en el sistémico sonar de la alarma de la cochera anunciando a los peatones la salida de algún vehículo cuando me sorprende el murmullo de las hojas que dan cuenta de la brisa que como olas serpenteantes las hace ir y venir. Se tornan difusos los cortes agudos de los paneles de blindex que cubren el edificio de enfrente y en su lugar veo ahora alzarse una serie de árboles sobre la superficie irregular abundante en flores silvestres, pastos y rocas parcialmente cubiertas por simpático musgo. Los cielos violáceos a través de los cuales navegan nubes de un oscurísimo azul sirven de imponente manto y capturan en su hermosura mi total atención. Los tonos purpúreos y lila enriquecen el acuarela y a lo lejos, sobre mi izquierda, puede divisarse una tormenta torrentosa que da lugar a algún que otro tímido relampago. Tiempo después llega rezagado y en tono grave y profundo el trueno que solemne informa mas sin pecar de prepotencia.

Camino a través de un sendero improvisado pues lo último que quiero es enfermarme, cosa que sería inevitable de alcanzarme la lluvia. Las hojas de los árboles detentan un bellísimo verde azulado y se ven radiantes, aterciopeladas. Teñidas del color del cielo me inspiran un goce tan intenso que siento que no me puedo albergar tanto placer solo y quisiera compartirlo. Intento avanzar decidido, pues como ya expuse, no quiero enfermarme; pero resulta inevitable no romper con la prisa y detenerme cada tanto a contemplar embriagado. Por momentos la brisa, sin llegar a ser violenta, se intensifica. Un escalofrío recorre mi cuerpo y río nervioso. Mis pasos en el suelo también me ofrecen goce, pues el crujir de las ramitas que se quiebran, la acolchonada resistencia de los pastos, el zumbido vaivén que resulta del roce que provoco en los arbustos, todo me conmueve. Mas luego siento repentinamente ansiedad. Quizás sea producto del viento, pero percibo, sin verlas, sombras que se deslizan de un lado a otro que como espíritus corretean impunes, siempre a punto de ser descubiertas, pero sólo a punto. Esa situación me lleva a apurar mi paso, especialmente cuanto la vegetación se torna más frondosa.
No pasan muchos minutos hasta que recobro la tranquilidad. Frente a mí se abre un precioso valle. Tras él puedo observar un pequeño morro y allende algunas casitas de Río Turbio. Sé que no estoy lejos. Tan sólo debo descender con cuidado por las piedras, atravesar el valle de pastizales y tras el morro que viste de margaritas seré recibido por mi abuela Elena y sus té con leche, tortas y mimos. Afortunadamente la tormenta se va perdiendo en dirección norte y se encuentra ahora lejos. Es por esta razón que puedo sentarme sobre una roca a observar cómo los áureos rayos que penetran el manto de nubes bañan el valle, preñando de esplendor la etérea neblina que a la distancia se observa.
¡Cuánta belleza cabe en un paisaje! Que vergüenza no ser el mejor pintor, que lastimoso no ser inspirado poeta. La perfección estética de este instante se desvanecerá y es difícil que a uno no le invada una inquietante cuanto placentera nostalgia por ello. No que la naturaleza sea mezquina en este tipo de prodigiosidades, pero, sin embargo...

Me apresa rápidamente una fría convicción. Hay alguien detrás mío. Mis músculos se tensan mas no solo me mantengo rígidamente inmóvil, sentado sobre la piedra, sino que tampoco viro para observar; mis sentidos, no obstante, están todos enfocados a confirmar lo intuido. Un brazo se cruza detrás mío, desde mi izquierda hacia mi hombro, y una mano se posa suavemente sobre mi pecho. La presencia desconocida irradia una calidez familiar.

- Que hermoso valle, hijito. Realmente impactante.

Sonreí aliviado y con sorpresa no disimulada. Inmediatamente y efusivo grité.

- ¡Viejito! ¡No te vi! No sabía que estabas acá.
- Vasquito, siempre estoy y estaré donde sea que estés.

Sonreí como uno hace ante una obviedad que a uno le recuerdan y que le avergüenza haber pasado por alto, es decir, con un tenue resoplido. Los pájaros se muestran ahora activos y revolotean por todas partes. Tomo con mi mano derecha la mano del viejo, todavía sobre mi pecho, próxima a mi cuello, y la beso.

- Hola vasquito. ¿Cómo andás hijito? ¿Tus cosas?
- Bien Pá, bien. Todo tranquilo. Disfrutando del paisaje.
- Estos valles son hermosos. Me parece bien que te empaches de ellos
.

Mira con una sonrisa de satisfacción alrededor y luego a mis ojos. Su rostro muestra perturbación por un momento. Me sonríe y me pregunta como al pasar.

- ¿Y a qué se debe la melancolía de esos ojos, Pablito? ¿Por qué está triste mi hijo?

Por un lado me gustaría sacarme toda esta mierda de adentro, sin embargo también siento que no es el contexto. Peor aún, me encuentro seguro de que no produce nada positivo y a la vez me deja extenuado, cargado por la cólera a la que da lugar la desazón en cuanto lo permito. Sin embargo y no sé muy bién por qué, me decido.

- Nada viejo, lo de siempre. Sé que no soluciono nada con esto porque soy yo quién elije de última dentro de la medida de mis posibilidades pero realmente estoy harto de Buenos Aires. Harto de ir esquivando mierda de perro y pegajosos meos por las veredas de los barrios "bien". Podrido de viajar como el orto todos los días y de responsabilizar con mi odio a la gente que prepotente te pasa por encima o se enoja y te trata horriblemente por no hacer lo mismo que ellos y estorbarles el camino. Si supieras la cantidad de mujeres de avanzada edad que me han puteado por no pisotear a la gente amontonada para abrirme paso y con ello también a estas. Me gustaría saber que opinaría Sarmiento de ver que los vehículos cargados de ganado que viajaban diariamente al puerto o los mataderos en el bárbaro Buenos Aires del XIX aún lo siguen haciendo, solo que ahora con los inmigrantes e hijos de inmigrantes que el soñó como agentes civilizadores por ganado. Me da asco aferrarme a las barandas sudadas y pastosas en la hora pico. Me irritan las estúpidas bocinas de la gente que transita alienada, con prisa y multitudinariamente las calles de la ciudad. Me molestan sus hábitos. Me duele la gente que mendiga el pan o lo obtiene al revolver entre la basura ante la mirada despreocupada de quienes pasean riendo con su familia o amigos. Me duele ser uno de ellos. Odio reconocerme una y otra vez como uno de ellos. Cuesta tanto nadar contra la corriente viejo. Me molesta la gente loca y monstruosa... pero mía. Salgo por Arenales, lo de siempre en la calle, por dios. Me privaron del cielo, viejo, un horror. La humedad me sabe a aire expelido sobre mi rostro por una boca cuyos dientes se pudren y todo me resulta detestable y me tensiono intentando disfrutar, que motivos no me faltan, pero ni así. Me robaron el tiempo y ahora soy un payaso en una carrera de obstáculos. Me robaron el cielo esos edificios que parecieran a punto de caerse sobre uno si no se sostuvieran inclinados, los unos hacia los otros, justo sobre tu cabeza. Se yerguen por doquier y no queda más remedio que mendigar aire en una plaza improvisada en el punto de confluencia de pistas de carreras y autopistas. Repudio a Buenos Aires, viejo, y tan feliz que estaba el día que llegué a vivir acá hace ya 5 años. Y no deja de angustiarme saber que lo que siento, desde cierta perspectiva, no es su responsabilidad, sino mía. Sin embargo estoy como preso. Porque no sólo me han robado a la naturaleza y con ella mi salud sino además también mis sueños de autonomía. Porque, ¿dónde puedo realizar mi vida? ¿Dónde conciliar el estudio de aquello que amo con cierta autonomía económica - y no mera subsistencia - sin que ésta implique la renuncia de lo primero? ¿Cuáles son las herramientas de las cuales esta experiencia me ha proveído? Me convenzo de que es cuestión de tiempo, tan sólo para no deprimirme ante las actuales expectativas. Me aferro a la idea de que la esperanza debe ser considerada como una gran virtud pero más logra prenderse a mí la certeza de que mis ambiciones eran superlativas y sin ningún tipo de basamento en realidad alguna... Estoy podrido viejo. Pero bueno, que sé yo, calculo que ya lograré resolverlo.

Mi viejo me miró todo el tiempo a los ojos y sé que no dejó escapar un sólo gesto. Tampoco dejó de reparar en el tono de mi voz que más temblaba cuanto mejor exteriorizaba la angustia retenida. Hizo un breve silencio. Acarició mi cabeza y le dio ocasión al viento para que secara disimuladamente mis ojos.

- Buenos Aires es una ciudad magnífica hijo, pero a gente como nosotros nos devora. Es tan atractiva como nociva y quienes en ella habitan desde siempre, pobrecitos, no conocen otra realidad. Viven amontonados y se son hostiles los unos a los otros. Disponen de la libertad propia del solitario, del agente anónimo. No hay respeto por nadie, es la ley de la selva. Pero la culpa no es de ellos. Ya te digo, a mi me deslumbró, me idiotizó. En algún punto creo que no estaría mal compararla con las sirenas que tu astuto y prudente Ulises conoció en el viaje de regreso a casa. Buenos Aires es una sirena, bella y hambrienta. Es normal lo que vivís hijito.
- Pero por otro lado no me quiero ir viejo. No sé a donde. No tengo a qué. Estoy muy contento con lo que hago, ¿me entendés? A la vez, también es verdad, condiciona mucho la forma en que veo todo mi ansiedad. El año pasado fue muy duro. Los últimos años fueron muy duros, pero el pasado en particular. Tengo miedo de fallarme, de sentir que me fallo. Eso es muy cierto también.

- ¿Miedo vasquito? ¿Miedo...? ¿a fallarte? Hijo... Vos y los sinvergüenzas de tus hermanitos se ríen cada vez que el viejo repite una y otra vez lo mismo. Pero pecaré nuevamente. Recordá que como decía la inscripción en el anillo del Rey Salomón "esto también va a pasar". Es muy importante la aceptación en la vida de aquellas cosas que no dependen de uno, hijo. Uno debe siempre hacer lo mejor que puede, por quienes quiere y por agradecimiento a lo que la vida le da. La aceptación no se contradice con esta actitud hacia la vida, más bien la implica, pues en caso contrario no hablaríamos de aceptación sino de resignación. Ahora, es natural que uno se tropiece o que la suerte a veces nos sonría y otras nos muestre el culo. Pero no hay que tener miedo hijo. No hay día en el que no le agradezca a Dios por la suerte que he tenido por haberme acariciado así al poner en mi camino a mamá, a vos y tus hermanitos. A veces siento que ha sido demasiado bueno. Sin embargo me gustaría que entiendas que el exitismo es otra sirena Pablo. El verdadero éxito, lo mejor que nos puede tocar en suerte y que podemos ayudar a construir está vinculado con el amor, con el respeto y con el cariño. Si uno a consecuencia de lo que recibe encuentra la fuerza para dar siempre lo mejor de sí ya no puede pedir más nada. Tampoco lo necesita. Y lógicamente entonces uno no debe tener miedos que por otra parte son totalmente gratuitos e infundados. No hay que tener miedo de decidir, de pelearla, de caerse, ni siquiera de ser vulnerable. Y no te pongas mal por confundirte, Pablo. Son momentos necesarios. Pero no dudo de que tenés todo para sentirte pleno. No dejes que vanas ansiedades te consuman.

El sol se pone y ya pueden observarse, junto a la luna, algunas estrellas.

- El amor es el capital más valioso que uno puede acaudalar, si cabe el término. Pero por el contrario, los miedos son en cierto sentido ridículos e innecesarios. Los mismos deprimen nuestra potencia de actuar, nos paralizan ante la alegría frente a nosotros. Un tipo como vos, que ha recibido y recibe tantas muestras de afecto no tiene más que sentirse muy afortunado y en cierto punto permitirse devolver lo que le es dado, o mejor dicho, compartirlo. Es inútil preocuparse por la fortuna. En algún sentido, la fortuna ya está de tu lado y aquello que venga te recibe muy preparado. No existen posibilidades de que te equivoques porque no se espera nada de vos más que seas quien sos y como sos. Poco importan las contingencias de la vida. No me mal interpretes hijito: Ojalá todas tus empresas sean fructíferas pero más aún, quiera Dios que no pierdas de vista que lo importante ya los has recibido, tanto como lo has sembrado, tanto como lo cosechás en el día a día. Por ello mismo es una lástima que te cohíban los miedos pues estos no hacen, como te decía recién, sino amenguar tu potencia, tus posibilidades, pero más importante aún, lo hacen de forma gratuita, innecesaria e injustificada.

Alguna vez mi viejo dijo de Agustín que era una montaña de ternura. Creo que bien le vale también a él esa categoría. Su bella sensibilidad ha sido la causa culpable de que me criara convencido de la pertinencia del intelectualismo socrático: no existe la maldad en el mundo, en el peor de los casos sólo la ignorancia.
Dí la última pitada y arrojé la colilla haciendo palanca con los dedos mayor y pulgar de mi mano derecha. Sonreí orgulloso como siempre lo hago por mi habilidad para hacer esa estupidez. Caminé suavemente hacia la puerta de la oficina y viré sobre mí para despedirme:

- Gracias viejito. Gracias por recordarme cosas tan importantes. Muchas veces temo haberlas olvidado o que, peor aún, hayan caducado y no sean sino otras concepciones naives propias de la cosmovisión de la infancia. También sucede que me angustio en momentos de reflexión al desconocerme. Por eso, en serio viejo, muchas gracias.
- Vasquito...
- Muchas veces, tanto a vos como a gente linda que me ha honrado con bellos momentos de diálogo, los tengo por interlocutores, allí donde esté, sin importar ningún tipo de distancia. Cada vez me convenzo más de que lo más valioso que uno puede recibir de alguien es diálogo cargado de cuotas importantes de raciocinio crítico y mucho amor. Y vos me has dado en cuotas incancelables mucho dialogo rico en ambos elementos a lo largo de mi vida. Y no hay dudas de que lo seguirás haciendo...
- Claro que sí hijito.

Los ojos emocionados del viejo pueden decir lo inexpresable.

- Chau viejito. Te quiero mucho.
- Yo también a vos hijito.

Cuando daba media vuelta agregó.

- No haga macanas, eh... ¡Pícaro sinvergüenza!

Él se ríe cómplice. Yo, río y sonrío. ¡Que maravilloso que alguien pueda provocarnos una sonrisa de ésta naturaleza que tanto nos hace sentir como niños! En momentos como éste uno siente realmente que la vida es un milagro bello y maravilloso, digno de ser vivido.


2 comentarios:

Anónimo dijo...

Que haces pibe?. Antes que nada felicitaciones por este texto. No solo por las visiones y percepciones que tenes de ver la vida y lo cotidiano, con esa mescla de racionalidad sentimental (buscando siempre ser objetivo), sino tambien, porque a diferencia de otros textos en este te noto mucho mas maduro al narrar... o tal vez sea que el desenlace final me hace verlo asi, ya que encontraste una respuesta a la tormenta interna que te genera esta ciudad.
Me sorprendio muchisimo tambien los dialogos y cuanto conoces al viejo, parecen palabras textuales salidas de su boca. Estoy seguro que el viejo al leerlo se va a sorprender no solo por el contenido emocional del texto sino tambien por eso que te menciono.
Bueno pibe, realmente muy bueno...
Un abrazo grande y nos estamos viendo... =P

Aye dijo...

ya ni sé cómo llegue a este post, querido Pablo, creo que pensando en el comentario que me dejaste hace unos días y que sigo sin poder devolverte como yo quisiera. Puede que tampoco leas esto hasta que te diga, yo que sé; pero lo que me importa decirte ahora es otra cosa.
Primero de todo, este post es bellísimo. Haya sido de verdad o producto de tu imaginación, es bellísimo y tan circular que incluso se escapa a sí mismo al final, para no cerrar el círculo por unos milímetros y dejar que uno siga dibujando círculos con lo que leyó...
A leer tus quejas pude encontrarme asintiendo a cada rato, pero si hay algo que quisiera decir al respecto es Gracias a las palabras del viejo; sean tuyas o de tu viejo, ya no importa tanto de quién, sino que vienen cargadísimas de sentido, y también de amor, creo que de tanto amor que hasta pudieron llegar a mí y hacerme largar unas cuantas lágrimas inesperadas.

No hubiera podido leer esto cuando lo posteaste, pero lo leí ahora y quedé inmensamente feliz de encontrarme ahí donde te encontrás vos; Como me dijiste hace unos días: "sensibilidades similares".
Me hace tan feliz reencontrarlas.. =)

Espero reencontrarte pronto, amigo, ahora caigo en la cuenta lo mucho que extrañaba estas charlas, esos diálogos de los que hablas en el post, son tan necesarios... =)


Te dejo un beso grande y espero poder hablar con vos pronto
=)

Que febril la mirada

Twenty-something-me, luego de la sorpresa y la incredulidad, encontraría sociego en la idea de que la apertura que he vivido los últimos año...