5.5.24

El silencio y la autocontemplación

Silencio en la calle. 
Finalmente. 
Parece absurdo que los vehiculos transiten la noche como bestias que estruendosas y apuradas buscan embestir a un enemigo allí abajo y que sólo ahora, al salir el sol, en la penumbra preñada de neblina, sea cuando la calle está en silencio. 
La pava de aluminio anuncia a través de su sutil silvido que ya es momento. La yerba es vertida sobre el mate y el agua caliente ingresa en el termo. Balcón. Inspiración profunda mirando al horizonte y a las copas difusas tras el velo de neblina, allende los techos y tejados y los pocos edificios. Linda mañana.
Es curioso que el silencio y la compañía de nadie sino de uno mismo signifique cosas tan distintas dependiendo de las circunstancias. A veces un tesoro, apreciado. Otras, una carga pesada y asfixiante, como un tesoro, sí, pero presionando sobre el pecho cansado. 
¿Será cuestión de tiempo? 
El sentido. El para qué. El por qué hago lo que hago, por qué transito lo que transito. Esa clave que condiciona la interpretación y significación de lo que transitamos. La soledad, fugaz o como estado, pasible de ser vivida de tantas maneras. Y la clave es siempre uno mismo. El sentido que nos atraviesa, el horizonte que perseguimos, el lugar en que nos percibimos parados dentro de un relato que nos tiene ora por héroes, villanos, personajes de reparto, o estrategia literaria para dar lugar a desarrollos que poco o nada tienen que ver con nosotros.

- Tercer mate. - Sacale una foto. - El agua quedó un toque tibia.

El enriedo en reflexiones metafísicas, existencialistas. ¿Es el cerebro que se despereza, como cuando bostezamos y extendemos los brazos hacia arriba al estirar el torso? ¿Tiene sentido caer en el vicio olvidado de la construcción de estos abstractos castillos de arena en la propia mente? 

Me imagino a mi mismo como uno de esos personajes en las pantallas de carga, perfectamente definidos y de espalda flotando en la nada, pero incapaces de ver donde están situados, y en consecuencia, de entender perfectamente quiénes son, qué es lo que tienen que hacer, en qué mundo se encuentran situados, cuál es el argumento de su historia. Porque no hay identidad ni ética ni sentido sin pasado, presente y futuro, sin entorno, sin contexto, sin interlocutores. Y nuestras cabecitas, adaptativamente diseñadas para comprender la vida sólo desde la causalidad, desde el "si esto, entonces esto", construyen su relato desde un presente que se teje con dos agujas, una llamada pasado, otra llamada futuro. Pero también construye el pasado desde el presente y el futuro, como construye el futuro desde el pasado y el presente.
- Vengo de allí y voy para allá, por tanto soy este
- Soy este y voy para allá, por tanto mi pasado fue aquél
- Vengo de allí y soy este, por tanto voy para allá
Como un escalador que ancla piernas y un brazo en distintos puntos, para desde allí definir el próximo paso. Porque no hay cómo saber cuál será próximo punto de agarre sino desde la definición previa de esos tres puntos de apoyo, que no es otra cosa que significado y valoración.

Es en la contemplación en silencio con uno mismo que este proceso de reescritura de nuestra propia historia puede darse con mayor facilidad. Es en esa pausa que podemos resignificar las piezas. O no. Depende de si hay un sentido fuerte y definido que nos atraviesa, o si por el contrario, nos sentimos incómodos o inciertos.

Una recurrente cita de Kierkegaard sentencia que la vida sólo puede ser vivida hacia adelante pero también sólo puede ser entendida hacia atrás. Esto es cierto. Pero no agota el fenómeno. Porque si bien es cierto que somos esencialmente sujetos que entienden su entorno y su propia vida desde la construcción de narrativas, de historias, el futuro y el presente son también claves para entender el pasado, para elegir una versión del pasado que nos permite arribar a cierta consistencia literaria.

Lo sugerido es que somos eso, sujetos literarios, hermeneutas en busca de sentido. Y la soledad es la oportunidad que tenemos de resignificar las hojas escritas en tinta cambiante, echando mano a los fragmentos dispersos en distintas hojas, algunos olvidados, otros dificilmente legibles o hasta absurdos y por ello mismo descartados.
¡Cuánto poder en la posibilidad de cambiar el pasado, el presente y el futuro! Genera vértigo saber que la comedia puede convertirse en drama tan fácil como el drama puede convertirse en comedia. Quien entendíamos por héroe puede pasar a convertirse en villano o en un error, un intrascendente actor de reparto, tan fácil como escogemos distintas piezas con los cuales armar nuestro rompecabezas, piezas asimétricas y de diversos tamaños, que sólo adoptan color y tono cuando las miramos en conjunto, condicionadas por nuestra intención, todo hay que decirlo.
Hay otras variables que introducen caos en el relato, y quizás de mayor peso sean las condicionadas por la mirada del otro, de los otros, de los propios afectos, de nuestros referentes, de aquellos de quienes queremos distanciarnos. La validación de nuestra propia historia por otros sujetos puede pesarnos más o menos, dependiendo de nuestro humor, nuestras seguridades, nuestro interés. Pero es su condición de narradores, tal y como lo somos nosotros, la que les confiere un peso dificilmente omitible y peligrosamente condicionante.
¡Si tan sólo lograramos dominar el arte de asignar sentido, de constuir los relatos que queremos transitar, de ponernos como personajes de la historia que queremos vivir! 

Por supuesto que no simpre podemos darnos el lujo de resignificar el relato, de resignificarnos. Es agotador. Poco eficiente. Es en las crisis en que esto ocurre con mayor vehemencia. Y si bien somos en parte una sucesión de crisis que vamos resolviendo como podemos, creo que en mayor medida aspiramos a vivir vidas llenas de sentido, cargadas de dignidad, gloria, para nosotros y para los demás, en un marco de continuidad. Si Spinoza tenía razón y la alegría es la constatación de que somos más poderosos, de que estamos más cerca de lograr nuestras metas, no basta con tomar las riendas del sueño que transitamos y redefinir sus condiciones... El sueño hay que transitarlo, hay que perseguirlo, hay que disfrutarlo.


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