Nuestra más profunda inteligencia no piensa. Siente.
No por primitiva es menos noble, sagaz, valiosa o certera.
La inteligencia que siente es ciega a condicionamientos sociales, a nuestra opinión de nosotros mismos, a escenificaciones, cosméticas y fines utilitaristas. Es nuestra racionalidad y nuestra condición de seres racionales la causa por la que caemos en tantas trampas. La causa por la que nos perdemos, nos confundimos. Lejos de obrar como una luz que todo lo aclara y hace evidente, como rezaban el iluminismo, el rescindirlo o el positivismo, la razón tiende a confundirnos, enredarnos, hacernos obrar con vehemencia en contra de nuestros verderos intereses, en contra de la verdad.
Paradojalmente, hemos convenido en acusar a las pasiones y sus pulsiones, caracterizadas como "irracionales", de ser responsables de nuestros desvaríos y sinsentidos. Una cobardía y un error de comprensión total. Las pasiones son inclinaciones que surgen del procesamiento racional (aunque no consciente) que hacemos de información que recibimos de estimulos externos e internos. Las pasiones no son estrictamente irracionales. Y poco tienen que ver con la inteligencia que siente.
La inteligencia que siente no es práctica. Es meramente contemplativa. Es el vehículo más perfecto a la verdad. Verdad que es simplificada y vaciada de contenido cada vez que tratamos de convertirla en algo maleable, transaccionable, moral y positivo, a través del lenguaje, la ciencia y sus decálogos.
La inteligencia que siente es metahumana. Es inaprehensible como tal. Sólo podemos sentir su calor. Sólo podemos intuirla a fogonazos. La inteligencia que siente no es un mérito nuestro como individuos. Nos trasciende. Es universal. Es divina. Su calor y su constatación subjetiva quizás sea el indicio más concreto y más perfecto de que hay una fuerza innombrable que nos une con el todo, de la que poco podemos saber y entender, porque sería como querer sentirle el sabor o el color a un sonido.
La inteligencia que siente se lleva mejor con el arte que con la ciencia. Se lleva mejor con la parábola y la metáfora que con la teoría y los axiomas.
La inteligencia que siente es un vehículo y una fuerza ciega. Tiene un hambre insaciable. Tiene hambre de verdad.
Sólo hace poco tomé verdadera dimensión de lo que si antes era una idea celebrada, es ahora para mí un mantra:
Nos merecemos la verdad.
Todo lo demás es accesorio y complementario. Y si nos negamos la verdad, o nos extraviamos, o erramos el rumbo, la verdad nos atrae con su fuerza irresistible. Porque resistirla es resistir lo irresistible. Un acto inútil, un desencuentro.
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