Twenty-something-me seguramente se mostraría algo defraudado respecto de la chatura intelectual de su sucesor. Bajo vuelo intelectual, poco ejercicio intelectualizante, un deliberado escape a las lecturas absolutistas y abstractas en exceso. Una mundanidad que me encuentra teniendo que volver a aprender las cosas que ya sabía, y haciéndolo con sorpresa. Sin embargo, consciente de todo lo denunciado y sin interés alguno en negar las acusaciones, lo cierto es que no siento verguenza alguna. No siento la necesidad de justificarme. No me siento un fracaso. Al menos no ante él, ante su visión de lo que yo debería ser. La distancia que pueda haber entre su visión de sí mismo y lo que hoy soy es a mis ojos, la distancia entre la ficción y la vida. Y no reniego de la vida. No reniego de mi.
Eterna Dialéctica
2.1.26
Que febril la mirada
Twenty-something-me seguramente se mostraría algo defraudado respecto de la chatura intelectual de su sucesor. Bajo vuelo intelectual, poco ejercicio intelectualizante, un deliberado escape a las lecturas absolutistas y abstractas en exceso. Una mundanidad que me encuentra teniendo que volver a aprender las cosas que ya sabía, y haciéndolo con sorpresa. Sin embargo, consciente de todo lo denunciado y sin interés alguno en negar las acusaciones, lo cierto es que no siento verguenza alguna. No siento la necesidad de justificarme. No me siento un fracaso. Al menos no ante él, ante su visión de lo que yo debería ser. La distancia que pueda haber entre su visión de sí mismo y lo que hoy soy es a mis ojos, la distancia entre la ficción y la vida. Y no reniego de la vida. No reniego de mi.
9.2.25
El juicio de Paris
Todo lo que los poetas e historiadores nos han dicho al respecto ha sido errado. Los libros de texto reproducen en forma de mito inapelable una versión de los hechos que se desvía sensiblemente de lo que efectivamente pasó.
Nos enseñaron que la manzana de la discordia fue arrojada sobre la mesa en aquella celebración con la inscripción “para la más bella”, y que ante el tumulto y la tensión crecientes, se dispuso que habría de ser un mortal el que escogiera entre Hera, Atenea y Afrodita.
Cada una de las diosas, tratando de influir en la decisión del pastor que había sido escogido para emitir veredicto y zanjar la disputa, le ofreció a éste distintas recompensas por su preferencia.
Hera le ofreció riqueza y poder. Sería un rey entre hombres. Atenea, por su parte, le ofreció ser el más formidable de los guerreros e inconmensurable sabiduría. Por último, Afrodita le prometió en recompensa el corazón de la más bella y sensual de las mortales.
Según leímos y nos contaron, de esta elección se desencadenarían luego los sucesos que dieron lugar a la sangrienta guerra de Troya, una vez Paris hubiera de elegir la oferta de Afrodita.
Falso.
Por lo menos parcialmente.
Valga este descargo como denuncia de una infame mentira.
Lo cierto es que hasta entonces, Paris había vivido una vida relativamente recluida, distante de los conflictos de los hombres y de los dioses. Su condición de pastor le confinaba a lugares remotos en los cuales sus rebaños pastoreaban. Una vida de algunos esfuerzos, sí, pero por lo general apacible. Sus días se sucedían en el marco de ciertas obligaciones, ciertas estructuras, ciertos horarios, pero contaba con la fortuna de poder apreciar diariamente la belleza de los campos, la sensualidad de las colinas y de los ríos serpenteantes, el amistoso refugio bajo las copas de los árboles, de la refrescante y sanadora generosidad de manantiales y arroyos. Salvo la ocasional amenaza de depredadores o vándalos, su vida diurna era telúrica, y estaba plagada de placeres sencillos. El sentido de sus días era explorar o volver a visitar paisajes que atesoraba y sentía sagrados, como templos. Pocas amistades, pero francas. Relaciones generalmente cordiales con peregrinos. Vastedad y silencio.
Por las noches, era turno de soñar despierto los enigmas del espíritu y lo etéreo. Una vez escogido el punto en el cual habría de transitar la nocturnidad, resignaba horas de sueño para contemplar agradecido y emocionado el firmamento. Dadivosos los cielos, le ofrecían la frondosidad de estrellas titilantes. Hacían de sus noches una celebración de los misterios más hermosos, aquellos que Apolo parecía querer ocultar tras un recurso en apariencia benévolo, su luz enceguecedora, el velo. La luz de la racionalidad, del cálculo utilitario, del pragmatismo.
Fue en el marco de estas noches de contemplación, reflexión, sensibilidad y misticismo, que desarrolló una profunda admiración por la luna y su plateada luminiscencia, la que desafiaba al oscuro vacío y dibujaba graciosas sombras por doquier. Se volvió estudioso de sus ciclos, de ese parcimonioso danzar que no le impedía hacerse visible incluso cuando el sol se izaba para acallar al resto de los astros en el cielo. No se doblega ante nadie, reflexionaba. Su generosidad es tal que se hace presente para velar por el sueño de todos nosotros. Atestigua desde su trono el paso del tiempo y permanece fiel a sí misma. Su arcana esencia parece secretamente regir los ciclos de la naturaleza. Su magnetismo es evidente y condiciona sutilmente nuestros humores.
Cuando a Paris le fue informado que debería elegir quién era la más bella, su inicial incredulidad fue sucedida por confusión. ¿Por qué debía recaer sobre él una evaluación de esas características, si seguramente era menos versado que muchos otros para emitir sentencia en el asunto?
Dicha confusión fue luego mutando en una vanidad incómoda. Toda forma de reconocimiento, por más fortuita que fuere, podía ser en principio percibida como un elogio, pero caído el embriagador acto reflejo narcisista, sintió el peso de una distinción que no había solicitado, para la que no se sentía calificado y que en paralelo le parecía un esfuerzo fatuo, inconducente. Si algo había aprendido al caminar senderos y platicar con extraños era que todos y cada uno disponían de inclinaciones distintas respecto de lo bello, lo deseable y lo justo.
¿Cómo habría él, tan distinto a los demás, de dictaminar de forma justa, categórica e inobjetable quién era merecedora del título a la más bella, mucho más aún si dicha elección estaba enmarcada en un condescendiente juego de extorsiones? Porque lo intuía. La elección no sería gratuita. La terna que se le presentaba ofreciéndole recompensas daría lugar al favor de una diosa pero también al rencor de dos.
Paris buscó excusarse, pero operó la coerción irresistible de los dioses. Debería emitir sentencia. Tendría hasta la aurora del día siguiente para emitir su juicio.
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Generalmente concebida como la Diosa de la Luna y hermana más o menos antagónica de Apolo, Artemisa reunía una serie de condiciones que la hacían distinta. Si había una característica que la hacía digna de admiración pero también de silenciosa censura por parte de los espacios de poder en el Olimpo, era su condición de soberana absoluta de sí misma. Era celebrada como diosa de la caza y la naturaleza, y también recibía reverencia por ser generosa benefactora de las mujeres jóvenes en edad reproductiva.
Su título de diosa virgen nos ha llegado tergiversado, ya sea por una mala interpretación de las palabras antiguas o por una asociación forzada con figuras de otros cultos. Para el mundo antiguo, la virginidad de una mujer, y en particular de Artemisa, no estaba dada por no haber transitado nunca el encuentro amoroso con un amante. Su virginidad no era una título o distinción que diera fe de su condición de inmaculada, de pureza.
Seguramente risible a los ojos de Artemisa misma: ¿cómo habría de manchar el honor o la valía de una mujer su capacidad de amar y conectar con un amante? No, su condición de virgen estaba dada por algo que era observado con admiración y terror prácticamente iguales.
Artemisa era virgen porque no pertenecía a nadie.
Porque no se había entregado en matrimonio a hombre o dios alguno.
Porque no era exclusiva a nadie, no era propiedad de nadie.
Era de ella.
Por ello correteaba sin culpa por los bosques de noche.
Por ello respondía a sus propios designios.
Por ello nadie la había propuesto para la terna junto a Hera, Atenea y Afrodita.
Porque para los dioses, que la más bella de todas fuera una mujer que no podía ser conquistada, poseída o reclamada, era un problema.
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Luego del ultimátum, llegó la noche y Paris sintió un peso indecible sobre sus hombros. No es que no fuera sensible a la oferta de las diosas. Podía ver el valor en la vida de comodidad y poder que ofrecía Hera, en la vida de aventuras y profundo conocimiento que ofrecía Atenea, y en la vida de placeres amorosos que ofrecía Afrodita. En definitiva, cada una a su manera, le ofrecían alguna distinción que de alguna u otra manera se traducían esencialmente en lo mismo: enarbolarlo como uno de los mortales más poderosos por la posesión de algo que otros deseaban para sí, ampliando su incidencia e importancia en los asuntos humanos, sacándolo del anonimato de sus praderas, colocándolo en un lugar de envidia y admiración por parte de otros.
Ahora, ¿era esto lo que él realmente quería?
Mirando al cielo para mirar dentro de sí, se debatía intensamente. La luna brillaba esplendorosa en el cielo nocturno. Tan bella como siempre. Aquella noche, Paris no había prendido fuego, y el vaivén de las siluetas de los árboles del bosque a la vera del cual se guarecía dejaban entrever claros en los cuales la luz argenta vestía todo de una luminosidad cautivante. Pasivamente absorto en el goce de los juegos de luces y sombras, no tan distante, fue que la vió. Se movía a brincos, como bailando, lúdica. Reía para sí misma, con la seriedad con la que lo hace una infante cuando se toma en serio sus propios juegos. Sus brazos y piernas le parecieron encantadores y agraciados. Vestía un ligero lienzo satinado, que con elegancia confería de mayor solemnidad y belleza a cada uno de sus movimientos.
Sin dudarlo, Paris se incorporó y la siguió. Lo hizo con prisa pero intentando acercarse sin hacer ruido alguno. Su condición de pastor no le excluía de ser excelente cazador y cada tanto se daba al gusto de propiciarse alimento a través de la caza.
Artemisa parecía inadvertida de su presencia, pero lo cierto es que nada se le escapaba a la diosa. Lo había visto ya muchas veces, y si bien no representaba para ella nada especial, lo valoraba por su mirada profunda y su condición apacible. No percibía en él amenaza alguna, como en casi nadie, y le pareció divertido ver la transformación en su semblante, minutos antes contrariada y con pesares, ahora curiosa y vistosamente cautivada.
Paris se acercaba sin emitir ruido alguno, dando pequeños y sutiles pasos, procurando no llevarse por delante el follage ni las ramas, pero cuando Artemisa se detuvo ante un pequeño arroyo, tropezó y cayó prácticamente frente a ella. Sintió que su corazón se detenía. Pasó de cazador a presa en un segundo. Sintió un agudo dolor en el pecho al pensar que ella se daría a la fuga, o se sentiría ofendida.
Primero se puso pálido. Casi inmediatamente se sonrojó y ella, divertida, le sonrió. Sus ojos titilantes y llenos de vida, su figura pequeña y esbelta, todo la hacía irresistible. Artemisa le ofreció un brazo y le ayudó a incorporarse.
¿Quién eres?, preguntó él.
Tú sabes quién soy, le contestó ella divertida.
No quise ser inoportuno ni invadir tu privacidad.
Y sin embargo es algo que haces, dijo ella. Puedes acompañarme, pero sólo mientras lo considere oportuno.
El aceptó la denuncia, la invitación y las condiciones. Lo hizo con solemnidad y agradecimiento.
Caminaron por horas, conversando de todo tipo de cuestiones. Lo hicieron respecto de las cosas que ambos gustaban hacer en tiempo libre primero. Lo hicieron respecto de la naturaleza del arte y del amor después. Pasaron las horas conversando y recorriendo el bosque. En un infantil y torpe ademán, Paris intentó tomarla de la mano, y ella, que hasta entonces se había mostrado cómoda y divertida, rechazó el intento.
Perdón, no quise incomodarte, dijo él apenado y con vergüenza.
No te sientas mal, no es algo que suela hacer, no en estas circunstancias, dijo ella a continuación, con una emoción imposible de descifrar.
Paris confesó lo innecesario. Se sentía amorosamente atraido a ella. Lo hizo con torpeza, pero también francamente y con respeto. Esto agradó a Artemisa, o eso pareció.
Siguieron caminando. Retomaron temas de conversación anteriores. Mientras lo hacían, Paris recordó que aún debía decidir a quién de las tres diosas debía entregarle la manzana. Conversó con Artemisa sobre muchas cosas, pero no sobre éste asunto. No entendía por qué debía escoger a una de aquellas tres, si para él la diosa de la luna las superaba en belleza, gracia y dignidad.
De repente, se detuvo. Quiero mostrarte algo, le dijo. Ante su titubeo, con una intención menos solemne y más juguetona y juvenil que la que él tuvo en su intento original, le tomó de la mano y lo guió. Cómo podía una mano tan pequeña resultar tan suave y firme, no lo podía comprender.
Se perdieron en la frondosidad de una sección espesa del bosque y ascendieron por una ladera inclinada. Las ramas de los árboles parecían ceder de un lado al otro para que ambos transitaran el ascenso sin mucho esfuerzo. Se preguntaba entonces si acaso ella comenzaba a sentir lo mismo que él. Poco después, habían llegado.
Este es mi lugar favorito de este bosque, dijo ella.
Ya veo por qué, dijo él. La vista es increíble. Digna de ti.
Frente a ellos, una pequeña cascada se vertía sobre una olla. Alta en el cielo, la luna parecía encender con una luminosidad especial al espejo de agua. El aire perfumado y húmedo era peculiar y placenteramente refrescante. Parecía un altar. Era un lugar sagrado, especial.
Sonriendo, inspiró profundamente y la miró con los ojos agradecidos, feliz.
Entonces la sorpresa. Ella lo besó, lo abrazó, se montó sobre él. Al principio, apenas se atrevió a tocarla, como si hacerlo significara una afrenta. Pero Artemisa no se apartó. En la penumbra, sus cuerpos se encontraron y comenzaron a danzar con gracia, inventando un lenguaje que les fue propio. Primero con suavidad, luego con la intensidad de una tormenta que se había anunciado y ya no podía ser contenida. De forma creciente, con cada caricia, con cada suspiro compartido, entendió que aquella unión no era solo deseo, sino una elección, una bendición, un momento de verdad sagrada. Yacieron allí, juntos, abrazados de todas las maneras concebibles, hasta poco antes del amanecer. Ella le había advertido que compartirían ese encuentro, pero que ella partiría.
Preso de un impulso, bajo sospecha de que tal decisión podría costarle el malestar o rencor de otros dioses, Paris la llamó y le ofreció una manzana dorada. Ella lo miró nuevamente divertida, tal y como lo había hecho cuando él se tropezó frente a ella.
Quiero dártela a tí.
¿Qué es? ¿Una manzana? No entiendo, no te pedí que me dieras nada. De cualquier manera, gracias. Eres muy tierno.
¿Nos volveremos a ver?
No lo sé, es probable que no, pero quién sabe. No dejes que eso te apene.
Sonrió. Y así como ella reemprendió su camino, él decidió regresar a su campamento, lugar en el que encontró a quienes esperaban conducirlo al lugar donde debería emitir su juicio.
Cuando el emisario del Olimpo, ante la ausencia de la manzana, preguntó a Paris qué había sucedido y comprendió la gravedad del asunto, hizo saber a Zeus la inoportuna decisión del jóven.
¡Pagarás muy caro por tu ofensa! dijo un colérico Zeus.
No entiendo por qué debería de hacerlo. Hice exactamente lo que me encomendaron. Le entregué la manzana a la más bella de todas, y algo en tu semblante me hace sospechar que lo sabes. No entiendo cuales son las razones por las que restringieron mi decisión a esas tres diosas, pero sí sé que honré la consigna original y cumplí con lo que solicitaste. Si hay un crimen, nos tiene por cómplices. Yo no pedí que me dieran a emitir juicio alguno, ustedes me escogieron para ello. Y cuando lo hice, obré de buena fe.
Y es aquí donde la historia se pone confusa, en una maraña de versiones contrariadas.
Tenemos razones para sospechar que Zeus decidió reemplazarlo por otro hombre, quizás un homónimo, a quién le entregó una réplica de la manzana original y le pidió que emitiera juicio ante las diosas. Hay quienes sostienen en cambio que quién tomó la decisión fue Héctor, a quien se lo suele proponer como el héroe de Troya.
Lo cierto es que las versiones más confiables sostienen que Paris no escogió a ninguna de las tres diosas de la terna. Hay evidencias de que pasó el resto de sus noches contemplando a la luna, escribiéndole poemas, celebrando aquel encuentro e invitándole a hablar de amor.
Se dice que Zeus, en una sentencia ejemplificante pero no sin dejar de guardar cierta cuota de piedad ante el crimen compartido, lo condenó a vivir solo de por vida, recluido en una cueva. Las mismas fuentes sostienen que ocasionalmente, para su fortuna, el plateado efluvio de la luna besaba aquel rostro que jamás dejó de soñar despierto.
30.9.24
Interregno
"El verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes, sino en tener nuevos ojos. Pero a menudo, el viaje es una larga espera."
El sol se ponía una vez más.
Desconocía exactamente qué hora era, y los ecos del sonido de actividades puerta adentro eran cada vez menos recurrentes. En la calle, la gente volvía a sus hogares o realizaba las últimas tareas del día, como la compra de algún vituendo que permitiera resolver una cena o la busqueda de sus hijos al finalizar actividades extraescolares. Todos parecían resolutos, signados por un sentido. Algunos vivaces, otros taciturnos, pero todos en tránsito franco hacia un objetivo. Algunos iban acompañados y se los escuchaba platicar entre ellos. Otros, por cuenta propia, pero ni así parecían prestarle atención al desgarbado hombrecito que como tantos días antes había permanecido espectante, obediente, en el umbral de esa casa de piedra de persianas cerradas.
Algunos vecinos habían presenciado su llegada aquel día, corriendo detrás de ella pero llegando demasiado tarde, para sólo ser primer testigo del portazo elegante y sordo con el que dió por terminada la persecución. En aquel momento, Ernesto la llamó insistentemente por su nombre. Golpeó animosamente la puerta. Se tomó la cabeza, giró sobre sí con la mirada ciega y ansiosa, como buscando en su mente la mejor estrategia o tratando de sopesar lo ocurrido y sus consecuencias. Los minutos pasaron, el ocaso llegó como una sombra, y después nada. Silencio y espera.
Los primeros meses, ante la novedad, los vecinos lo miraban y conversaban entre sí, especulando las razones de su ruptura o de su obstinada intención de aguardar ante la puerta a que ella abriera y saliera a hacer las pases, o insultarlo, o siquiera a echarlo. Pero nada. La vieja casa de piedra con molduras y ribetes de madera permaneció cerrada, casi como abandonada, aunque bien se adivinaba actividad dentro de la misma. Si hay alguien que podía dar fe de ello era él mismo, que escuchaba pasos, murmullos y eventualmente sollozos y hasta risas. Al principio, aguardaba estoico. Unas pocas veces no pudo contenerse y detrás de dichos sonidos en el interior golpeaba con énfasis la puerta y volvía a llamarla, infructuosamente. Y cada vez que lo hacía, transeuntes y vecinos lo observaban, algunos con una mueca de desaprobación, otros con cierta desazón o peor aún, con atisbos de lástima. Eso bastaba para que él, entre avergonzado y ofendido, cesara en sus intentos y volviera a optar por el silencio y la espera.
Con el tiempo, la falta de novedad y el acostumbramiento llevaron a que cada vez menos gente le prestara atención. Hubo dos o tres instancias en las que alguna vecina se acercara a ofrecerle algo para tomar o le hablara del clima, o cualquier otro tema, pero las acartonadas interacciones ahogaron rapidamente a dichos gestos.
Llegaba la noche limpia, con muchas estrellas y una luna que si bien aún no era llena se mostraba radiante e intensa. En un juego sin sentido aparente, recorría con las yemas de sus dedos ribetes, cortes e irregularidades de la puerta al tiempo que balbuceaba para sí cosas ininteligibles. Como si se tratara de un paleógrafo leyendo jeroglíficos, o un curandero leyendo una mano. Era un proceso hipnótico, casi un desvarío.
Absorto en el proceso, la presión de su mano ejerció un leve movimiento en la puerta, y con él, un también leve sonido al ceder la presión. Pasos fuertes y decididos se escucharon desde dentro en dirección a la puerta. Y la misma se abrió, de par en par. No lo recibió nadie, por lo menos nadie tangible. Pero sí sintió su presencia, distinta a como la recordaba, pero su presencia de cualquier manera. Rapidamente metió un pie en el umbral, como para evitar que la misma se cierre, pero se sorprendió sin poder ingresar. Dubitó unos segundos, sin entender si había allí adentro alguien esperándolo. Por las dudas dijo "hola", y ante el silencio, ahora sí primero al apoyar el brazo en la puerta abierta, después con el restro del cuerpo, ingresó.
La casa olía rara.Una fragancia a flores flotaba en el polvo en suspensión. Parecía haber alguien en living. Arrimó la puerta con delicadeza, y decidió ingresar con movimientos predecibles. Confundido, no tenía muy en claro qué es lo que iba a decir. Había pasado tanto tiempo y todo esto parecía tan ridiculo. No dejaba de sentir que de alguna manera su presencia era un atrevimiento, una acción ilegítima. Nadie le había invitado a ingresar, nadie lo había recibido. De cualquier manera, avanzó hacia el living y constató que había allí al menos una persona, sentada en un sillón, con la mirada perdida, haciendo caso omiso a su presencia.
Se acercó un poco más y dijo nuevamente "hola", en un tono respetuoso y un poco más decidido. Nada. Quien se hallaba sentado no parecía verlo ni oirlo. Parecía en un transe autista, perdido en su propia cabeza.
Un poco más cerca en el penumbroso salón y entonces pudo confirmar, no sin pavor, lo que había intuido milésimas de segundo antes sin dar crédito a sus sentidos. Sentado sobre ese sillón, mascullando broncas, con la mirada furiosa clavada en la nada, se vió a si mismo. Su otra versión parecía perdido en una emoción sin objeto, una emoción doliente que le ofendía, con los ojos encendidos y los dedos crispados.
Hola dijo nuevamente, mientras sentía a su propio corazón palpitar con golpes anormales que parecían secos y lentos martillazos. Y la garganta que se le cerraba. Pero a esto, el Ernesto en el sillón no habría de registrarlo.
Se quedó parado allí un par de minutos, observándolo, esperando que eventualmente le respondiera o hiciera algún tipo de mueca, pero nada. Y era tanto el miedo y el sentido de confusión que tenía, que no podía decidir su próximo movimiento. Qué clase de pesadilla es ésta, finalmente se atrevió a preguntarse.
Portazo a sus espaldas. Leve carrera y portazo a sus espaldas. La puerta que daba a la calle. ¿Habrá sido ella? Corrió angustiado, para gritarle algo y al menos verla otra vez, así sea de espaldas y huyendo, esta vez no para esconderse dentro de la vieja casona, sino hacia la calle, con destino incierto. Pero en el fondo ya sabía lo que iba a suceder. Al intentar abrir la puerta no pudo hacerlo. La misma no cedía. Hizo fuerza. Luego más fuerza. Finalmente se colgó y empujó con una pierna contra la pared para hacer palanca mientras jalaba con todas sus fuerzas. Nada.
Se dió vuelta con prisa, con el objetivo de encontrar una ventana o alguna salida alternativa. Pero todas las ventanas estaban cerradas tras vencidas y pesadas persianas de madera. Ninguna parecía ceder, y la penumbra parecía ahora todavía más espesa. Pero no sólo eso. Sorpresa. Donde segundos antes se hubiese visto sentado a si mismo, masticando emociones negativas, ahora no había nadie. Un sudor frío le empapaba la frente y la nuca. El silencio se convirtió en un silvido hiriente y luego se apagó. Estaba encerrado. Estaba encerrado y solo allí dentro.
Primero buscó dentro de la casa para ver si efectivamente se encontraba solo, cosa que confirmó. Luego intentó encontrar la forma de salir. Llaves, algo para hacer palanca, patadas a la puerta, todo infructuoso.
Eventualmente el cansancio y el dolor de cabeza le vencieron.
Decidió sentarse, recuperar la compostura, pensar mejor. Se acercó al sillón donde anteriormente se había visto a sí mismo. Le pareció ligeramente cínico ocupar el mismo lugar en el que poco tiempo antes había visto a esa versión de sí que tanto disgusto y repulsión le había generado. Pero también sintió que ese cinismo podía ser entendido como un guiño, como una oportunidad, y decidió jugar su papel.
Se sentó lenta y pesadamente. Afuera de la casa escuchaba a alguien golpear y llamar. ¿Era su propia voz? Quizás. ¿Llamaban al nombre de ella o al suyo propio? Cómo saberlo.
Estaba abatido. No podía ni quería levantarse. Lentamente se apoderaba de él una emoción profunda e irresistible. Era tristeza. Era desesperanza. Y su mirada comenzó a perderse en dichas emociones, empantanándose en una piscina negra e infinita. Su energía vital lo abandonaba y su cuerpo vencido se anquilaba sobre dicho sillón.
En un último momento de lucidez lo comprendió.
No había cambiado nada. Otra vez le tocaba esperar.
8.5.24
La inteligencia que siente
Nuestra más profunda inteligencia no piensa. Siente.
No por primitiva es menos noble, sagaz, valiosa o certera.
La inteligencia que siente es ciega a condicionamientos sociales, a nuestra opinión de nosotros mismos, a escenificaciones, cosméticas y fines utilitaristas. Es nuestra racionalidad y nuestra condición de seres racionales la causa por la que caemos en tantas trampas. La causa por la que nos perdemos, nos confundimos. Lejos de obrar como una luz que todo lo aclara y hace evidente, como rezaban el iluminismo, el rescindirlo o el positivismo, la razón tiende a confundirnos, enredarnos, hacernos obrar con vehemencia en contra de nuestros verderos intereses, en contra de la verdad.
Paradojalmente, hemos convenido en acusar a las pasiones y sus pulsiones, caracterizadas como "irracionales", de ser responsables de nuestros desvaríos y sinsentidos. Una cobardía y un error de comprensión total. Las pasiones son inclinaciones que surgen del procesamiento racional (aunque no consciente) que hacemos de información que recibimos de estimulos externos e internos. Las pasiones no son estrictamente irracionales. Y poco tienen que ver con la inteligencia que siente.
La inteligencia que siente no es práctica. Es meramente contemplativa. Es el vehículo más perfecto a la verdad. Verdad que es simplificada y vaciada de contenido cada vez que tratamos de convertirla en algo maleable, transaccionable, moral y positivo, a través del lenguaje, la ciencia y sus decálogos.
La inteligencia que siente es metahumana. Es inaprehensible como tal. Sólo podemos sentir su calor. Sólo podemos intuirla a fogonazos. La inteligencia que siente no es un mérito nuestro como individuos. Nos trasciende. Es universal. Es divina. Su calor y su constatación subjetiva quizás sea el indicio más concreto y más perfecto de que hay una fuerza innombrable que nos une con el todo, de la que poco podemos saber y entender, porque sería como querer sentirle el sabor o el color a un sonido.
La inteligencia que siente se lleva mejor con el arte que con la ciencia. Se lleva mejor con la parábola y la metáfora que con la teoría y los axiomas.
La inteligencia que siente es un vehículo y una fuerza ciega. Tiene un hambre insaciable. Tiene hambre de verdad.
Sólo hace poco tomé verdadera dimensión de lo que si antes era una idea celebrada, es ahora para mí un mantra:
Nos merecemos la verdad.
Todo lo demás es accesorio y complementario. Y si nos negamos la verdad, o nos extraviamos, o erramos el rumbo, la verdad nos atrae con su fuerza irresistible. Porque resistirla es resistir lo irresistible. Un acto inútil, un desencuentro.
5.5.24
El silencio y la autocontemplación
4.5.24
La espera
Los duelos son embarazos que se gestan en la mente. Son procesos inabortables.
Prolijamente vestido, perfumado, con un saco abrigado en tonos marrones y beige, y una gorra escocesa, aguardaba en el umbral de la puerta luego de haber llamado con suave firmeza en la mañana otoñal. La calle se vestía de tonos aureos al atravesar el sol los árboles y sus copas doradas. El frescor de la mañana mordía su rostro y sus manos, pero esa generalmente era una sensación bienvenida.
Se oyen pasos dentro, que se arriman a la puerta. Finalmente se abre.
- No.
Es lo que oye. Esas mismas palabras expresan un rostro contrariado.
- Hoy no es.
Un texto de Kafka que viene a la cabeza. La del hombre que aguardaba en la recepción frente a la puerta de "El Proceso". Esa puerta que nunca se abrió para él, quizás porque él nunca decidió abrirla, o quizás fue eso lo que le dijeran sobre el final para hacer más absurda la resignificación de toda su espera.
Una tras otras, puertas cerradas, expectativas, esperas en balde.
Una tras otras, instancias en las que se interpretan ridiculas ceremonias en las que se asiste a horario, con un aura de paciencia y buena predisposición, para nada y por error propio.
El proceso es el comienzo del duelo, aquel en el que el afán de jugar bien las propias cartas, interpretar con displicencia y elegancia el propio rol de individuo que aguarda el reconocimiento por parte de terceros de la dignidad que considera que objetivamente merece. Pero la dignidad es otra cosa. No es al algo que nace del reconocimiento de terceros.
Allende el absurdo, la farsa develada, no hay enojos, no hay reproches, no hay llanto por el tiempo perdido. Quizás sí, un poco, malestar por no haber aprendido la lección anteriormente. Por exponerse.
En fin. A cambiarse con prendas más cómodas y a salir a transitar las calles.
6.4.24
Intuiciones puras
Las fugaces intuiciones que nos permiten ver aquello que existe de verdad, nos hablan del amor, de los vínculos, de nuestros afectos. Ellos no perecen nunca. Ellos existieron siempre, incluso antes de que el tiempo y la circunstancia nos hayan permitido “reconocerlos”. Ellos seguirán ardiendo como un fuego divino que abriga, ilumina e inspira, incluso cuando las órbitas que parecieran alejarnos a los unos de otros en este transitar lineal de nuestra experiencia humana pongan una distancia insalvable entre nosotros. Porque ojo, no hay eterno retorno. Lo que hay es un eterno existir y un muy lineal, terrenal y engañosamente superficial discurrir. Basta mirar con el corazón para darse cuenta.
Que febril la mirada
Twenty-something-me, luego de la sorpresa y la incredulidad, encontraría sociego en la idea de que la apertura que he vivido los últimos año...
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"...siempre las flores vigilaron la muerte, porque siempre los hombres incomprensiblemente supimos que su existir dormido y gracioso es...
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La falta de entendimiento se denomina en sentido estricto estupidez y equivale a la torpeza al aplicar la ley de causalidad , la ineptitud ...
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Seguramente hay tantas formas de amar como individuos. Por otro lado, teorizar sobre las relaciones de pareja, sobre relaciones que (en teor...

